El Señor nos propone en el Evangelio de la Misa de este domingo la parábola del trigo y la cizaña.
 
El mismo Jesucristo explicó la parábola, diciendo que Él era el sembrador, cuyo oficio es sembrar en el campo del mundo la buena semilla, esto es, toda suerte de virtudes y de santidad por medio de la palabra divina y de las inspiraciones de su gracia; pero el enemigo, que es el demonio, en medio de la buena semilla sembró cizaña, o sea toda, clase de vicios y errores.
 
La cizaña es una planta que se en medio de los cereales y crece al mismo tiempo que éstos. Es tan parecida al trigo que antes de que se forme la espiga es difícil distinguirla de él. No sólo es estéril sino que después, mezclada con la harina buena, contamina el pan y es perjudicial para el hombre. En la cizaña vemos una imagen de la mala doctrina, del error, del pecado.
 
1. Los malos y pecadores están en esta vida mezclados con los justos, como la cizaña con el trigo. El enemigo de Dios y de las almas utiliza todos los medios posibles.

Pensemos, por poner un ejemplo, en los medios de comunicación: se deforman unas noticias, se silencian otras, cómo se propagan ideas demoledoras sobre el matrimonio y la familia, se ridiculiza la pureza, se defiende el divorcio, el aborto o la eliminación de los ancianos, se siembra la desconfianza ante la Iglesia… Quien dejara que su mentalidad estuviera dominada por estos criterios no podría, al mismo tiempo, mantener su condición de cristiano.

La abundancia de cizaña sólo puede contrarrestarse con abundancia de bien. No basta lamentarse ante los errores y ante sus medios tan poderosos sino que hay que poner, frente a ellos, todos los medios a nuestro alcance.

2. Pero esta situación no se prolongará indefinidamente. Cristo nos asegura que hasta el fin del mundo, que es el tiempo de la siega, siempre habrá trigo y cizaña, buenos y malos mezclados entre sí. Dios tolera el mal en aras de un bien mayor.

Llegará el tiempo de la siega: particularmente al fin de la vida de cada uno y al fin de los tiempos. Entonces el que sea cizaña será segado y arrancado de la vida para el fuego del infierno y el que sea trigo puro y limpio será segado y cogido para el cielo.

Por eso, la parábola de la cizaña no es una invitación al irenismo ni a la transigencia cómoda con los que propagan la mentira y el pecado. La indulgencia misericordiosa de Dios será un día juicio irrevocable para los que se obstinaron en el mal.

Entretanto los ciudadanos del Reino son invitados a imitar la misericordia del Padre, conscientes de las dificultades que se derivan de la convivencia con los malos, tratándolos con prudencia para evitar ser confundidos por sus falsos criterios pero también con la esperanza de que respondan a la gracia de Dios y cambien de conducta.

Hagamos el propósito de arrancar de nuestro corazón cualquier mala semilla y de hacer crecer todo lo bueno que en nuestra alma ha puesto el sembrador divino, Cristo-Jesús.