Yo soy el Buen Pastor, yo doy mi vida por las ovejas –dice el Señor (Jn 10,11.15).
[Como las antífonas de la Solemnidad de la Santísima Trinidad ya fueron comentadas (entrada y comunión), aprovecho para hacerlo con una de las de comunión del decimosegundo formulario del tiempo ordinario]
 
La imagen del pastor era usual en la antigüedad para referirse al rey y a lo que sería el ideal del mismo; así nos la encontramos en el Antiguo Testamento. En los evangelios, la imagen se refiere a Jesús, en quien se unen el verdadero Rey, que es Dios, y el rey perteneciente a la dinastía de David. El mismo Dios rige a su pueblo y lo hace como un brote del tronco de Jesé.
 
Un pastor conduce, guía al rebaño. Dios, a través del desierto, guio a Israel hacia la tierra prometida. Jesús es el Buen Pastor que lleva a su rebaño desde la lejanía de Dios a la vida divina, es el que sale en busca de esa oveja perdida, que es hijo pródigo, y la lleva en sus hombros a la casa del Padre.
 
¿Pero cómo ejerce su soberanía? Su reino no es de este mundo, no lo es al modo de los poderosos de la historia de los hombres. Satanás lo tentó ofreciéndole la gloria de todos los reinos de la tierra a cambio de adorarlo. Pero sólo Dios es digno de adoración. A Jesús se le ha dado pleno poder en el cielo y la tierra (cf. Mt 28,18), no solamente sobre la tierra, tras su muerte y resurrección, tras cumplir la voluntad del Padre.
 
En las parábolas sobre el Reino de los Cielos, nos habla de cómo ejerce Dios su soberanía. La pequeñez, la debilidad, la cruz,... están en ellas presentes. La paradoja de la debilidad y el poder se nos muestra en los Cristos románicos, la Cruz gloriosa es el trono de su realeza, desde el misterio Pacual, Jesús, entronizado a la derecha del Padre, rige el Universo.
 
El Rey, el Buen Pastor, ha extendido sus brazos en la Cruz para cargar con las ovejas perdidas, débiles, enfermas,... muertas lejos de Dios y llevarlas consigo a donde Él está.
 
En la comunión del memorial del Misterio Pascual, el Buen Pastor nos lleva a buenos pastos en nuestro peregrinar. Se nos da.