Veamos como narran los implicados el suceso.
 
 
El día de Corpus Christi, pasamos el día en la huerta, mi esposo, algunos de mis hijos y un amigo nuestro que se llama Marcos; a última hora se marcharon los pequeños quedando sólo mi esposo, mi hijo Pedro, Marcos y yo. Como eran ya cerca de las 11 de la noche y este día todavía no habíamos rezado el santo Rosario, nos pusimos a rezarlo.
 
 
En el primer misterio mi esposo, se fijó en la pradera que cae enfrente de la huerta, pues había un fuerte resplandor. Miramos todos y vimos que la luna estaba en el suelo iluminando todo de un color anaranjado y amarillo, pero de pronto se formó en el centro del resplandor una enorme Cruz.
 
 
Seguimos mirando y vimos que en lugar de la Cruz se ponía un conjunto de muchas velas elevándose unas sobre otras y en lo más alto había una muy gruesa que iluminaba mucho, en el lado izquierdo de las velas vimos la forma de una persona con una túnica blanca pero sin cuerpo. Todo esto permaneció mientras rezamos el santo Rosario, cuando terminamos todo esto desapareció.
 
 
Eso ocurrirá un 18 de junio de 1981 y las imágenes permanecerán en lo oculto sin llegar a alcanzar su sentido hasta que sean explicadas el día siguiente.


De nuevo la protagonista: "Estaba yo trabajando cuando hizo su presencia el Arcángel San Gabriel y me explicó el significado de esta visión.
 
La Cruz significa: Que todos los cristianos permanezcan unidos y no escuchen doctrinas que no sean la Católica.
 
Las luces significan: El aviso que habrá en el Cielo antes de mandar el Señor el castigo que tiene preparado, para todos los que no han querido hacer caso a todos los avisos del Cielo.
 
La luna en el suelo significa: Que se estrellarán los astros contra la Tierra.
 
La iluminación de la pradera significa: Que se iluminará la Tierra en todo el mundo y los que no estén con el Señor no podrán resistir ese resplandor inmenso y morirán.
 
Las velas y la túnica blanca significan: Que Jesús estará en ese instante resplandeciente con todos los que estén llenos de Dios y de su santísima Madre, esto será la segunda venida de Jesucristo a la Tierra."
 
 
Estamos en los primeros días de las apariciones en El Escorial y con esta simple visión se condensa todo el desarrollo posterior que llegará hasta el año 2002.
 
 
Desconcierta. Y más en esos años. El contenido, profundamente escatológico, apocalíptico, no gusta. Y si nunca ha gustado, menos en aquella época en la que España quiere decirse a sí misma que está despertando de un oscuro letargo dictatorial. No puede ser malo lo que produzcan los años siguientes, ¿a qué este exceso de tribulación? Pero no es un caso único, Medjugorje verá sucesos similares días después. Y en Ruanda sucederá otro tanto. O en Damasco, con Myrna Nazzour. Es una constante, hasta el punto de que harán decir al Prefecto para la doctrina de la Fe, Cardenal Ratzinger, que las apariciones son un signo de los tiempos.
 
 
Hay algo significativo en todo ello, se producen en plena guerra fría, pero a las puertas del derrumbe del comunismo soviético. ¿Y no era Rusia el azote predicho en Fátima con el que se castigaría al mundo? Pues a pesar de la caída del muro y de la Rusia comunista, las apariciones continúan sucediéndose sin rebajar la seriedad de los tiempos. Algo había desconcertante. El mundo empezaba un periodo de esperanza política pero las apariciones ponían en guardia sobre los tiempos venideros. Y tanto optimismo tendría que chocar tarde o temprano con los agoreros de desgracias. Amparo Cuevas será testigo de ello.
 
 
26 de mayo de 1983, tres encapuchados asaltan a Amparo cuando se encuentra sola en el Prado, rezando. La desnudan, la apalean y poniéndole una piedra en la boca para que no chille, allí la dejan, inconsciente.
 
 
Pero hay una extraña similitud con un hecho anterior en el tiempo, en este caso con lo ocurrido un 11 de agosto de 1917. En este caso se tratará del administrador del concelho de Vila Nova de Ourem, masón y reputado miembro local del partido Republicano Portugués, Arturo de Oliveira Santos. En este caso el choque es nítidamente anticristiano. Y le llevará a detener ilegalmente a los tres niños de Fátima, sometiéndolos a brutales técnicas de tortura psicológica. Los diarios nacionales habían empezado a hacerse eco de las apariciones en Fátima y es de suponer la presión de los miembros de las logias y del Partido para poner fin a tales fanatismos atávicos. Es de suponer, pero los testimonios recogidos dan una pista más significativa. Al administrador lo primero y único que le interesaba era el secreto. Lo contará el padre de Jacinta y Francisco, que en los días anteriores a la aparición de agosto, el 11 según él, fue llamado a presencia del administrador.
 
“Después de darme una buena reprimenda por no haber llevado a mis hijos, comenzó a interrogar a Lucia, tratando de arrancarle el secreto. Pero ella, como siempre ante esas preguntas, no decía ni una palabra.”

 
Apenas ha pasado un mes desde la aparición del 13 de julio y el secreto ya moviliza a las fuerzas públicas. Poco más bastó que la ligera indiscreción de Jacinta para que la curiosidad se extendiera como una onda expansiva hasta el punto de que pasados unos días de ese 13 de julio el secreto ya no es sólo vox populi, sino materia de interés político de alto nivel. El administrador lo evidenciará con el secuestro de los videntes y la presión a la que los somete, no con el fin de que se retracten, sino con el fin de conocer el secreto.  

 
En El Escorial, Amparo será golpeada, perseguida y despreciada simplemente porque esos “mensajes” no pueden ser. Hay que retractarla a la fuerza. Debe desdecirse.

 
La similitud se hace evidente en cuanto el secreto y lo profetizado acaban convergiendo en lo mismo: sin conversión es de esperar un sufrimiento atroz. No hay medianías ni en el mensaje ni en lo profético. Y eso no gusta, porque equivale a decir que sin Dios, nada se sostiene.

 
Pero en Prado Nuevo surge una esperanza superior, a pesar de la crudeza. Vendrá un triunfo. Y así como Fátima sólo otorgaba la promesa en el triunfo futuro de María, El Escorial desconcierta por cómo se narran los hitos. Y trae recuerdos, reminiscencias de otros sitios, de otras revelaciones: Aviso, Castigo, Milagro. Parecería cosa desconcertante, poco católica, pero santa Faustina ya hablará de extraños signos y san Luis María Grignon de Monfort de extraños triunfos. ¿Son estos los tiempos predichos? ¿No desconcierta para una historia de la Iglesia en que todo ha transcurrido, entre crudezas y triunfos, pero de un modo comprensiblemente humano? Cierto, se habla ahora de categorías nunca vistas, de globalidad de la intervención de lo divino en el mundo, de una intromisión desconcertante del Cielo en la vida del hombre, de un triunfo sorprendente. Sí, puede desconcertar, pero lo que no se puede negar es que hoy, estos tiempos, están viendo una construcción global de un mundo sin Dios. Y tal atrevimiento nos pone de nuevo ante otro símbolo, Babel.


Y Babel vio como el Señor de los Cielos puso su mano para impedir el endiosamiento del hombre, derribando con la locura de los mismos hombres, las obras de sus manos.
 



 
x     cesaruribarri@gmail.com