Siguiendo la pedagogía, con la que San Pablo, el apóstol de los gentiles, fue capaz de redactar cada una de sus cartas a las primeras comunidades cristianas, sabemos que la Iglesia Católica, como obra de Cristo, es un sólo cuerpo, formado por diferentes órganos, los cuales, a su vez, desempeñan una función en particular, ayudándose mutuamente. Algunos deciden casarse, mientras que otros ingresan a la vida religiosa o sacerdotal, porque cada camino vocacional tiene sus propias características, aunque comparten un mismo objetivo: Llegar a la meta de la salvación.Cada bautizado, por lo tanto, tiene una misión en particular, según su vocación.
 
El problema surge, cuando uno de los órganos, invade las funciones de los otros, generando una situación confusa y, por ende, caótica. Lo anterior, nos sirve para poder ejemplificar, lo que sucede, cuando una madre de familia, quiere hacerse pasar por monja, imitando hasta su forma de vestir o, en su caso, cuando un sacerdote, pretende acaparar las funciones del laico, inscribiéndose como candidato en un partido político. Todas las vocaciones son importantes y, por lo tanto, trascendentes, sin embargo, es urgente que cada quien actúe según el camino que le corresponde, pues de otra manera la Iglesia no puede seguir adelante. El que opta por el sacerdocio, no puede entrar en un partido político, mientras que la madre de familia, no puede vivir en un convento de clausura. Cada vocación tiene su propio radio de acción.
 
El Concilio Vaticano II, a partir del espíritu que animó a los padres conciliares, abogó por la presencia del laico en la Iglesia, estableciendo cuál es su papel en la vivencia del sacerdocio bautismal. Por lo tanto, ni los laicos deben invadir las funciones de los sacerdotes, ni los sacerdotes deben invadir las funciones de los laicos, pues todo parte de un cuerpo equilibrado y, a su vez, animado por la acción del Espíritu Santo. La Iglesia, como parte integral de su ser y quehacer en el mundo, cuenta con un gran número de vocaciones y carismas, unificados en la persona de Cristo, sin embargo, han de vivirse y desarrollarse, a partir del equilibrio y de la claridad de funciones.