El número de víctimas martirizadas durante la persecución religiosa que, desde 1931, asoló España y que sobre todo, coincidió en el espacio temporal con los días aciagos de la Guerra Civil Española de 1936 a 1939, ascendía a 6.832. Según el estudio de investigación histórica de Antonio Montero Moreno, arzobispo emérito de Mérida-Badajoz, publicado en 1960, de los 6.832 mártires, 4.184 pertenecían al clero secular: doce eran obispos, había un administrador apostólico y una treintena de seminaristas; 2.365 son religiosos y 283 son religiosas.



Con motivo de la celebración del Jubileo del Año 2000, el papa Juan Pablo II solicitó la preparación de un catálogo de los mártires cristianos del siglo XX. También España colaboró con la reelaboración de los catálogos que las diferentes diócesis entregaron para la celebración ecuménica que tendría lugar en el Coliseo romano en el mes de marzo de ese año 2000. Pero ya entonces, Mons. Vicente Cárcel Ortí, sacerdote y afamado historiador, comenzó a hablar de una cifra superior a los 10.000 mártires españoles asesinados en dicho período. Los datos se desglosan así: doce obispos, un administrador apostólico, cerca de siete mil sacerdotes, religiosos y religiosas, y en torno a tres mil seglares, la mayoría de ellos pertenecientes a la Acción Católica. El trabajo en las diócesis sigue reconstruyéndose minuciosamente para afinar lo más posible en dichas cifras.

El 29 de marzo de 1987 fue una jornada realmente histórica en la trayectoria de las Causas de Canonización españolas: el papa Juan Pablo II elevaba al honor de los altares a tres religiosas y a dos sacerdotes, testigos los cinco de la fe y de la santidad que ha florecido siempre en tierras españolas. Eran las diez de la mañana cuando el Romano Pontífice, en su cátedra bajo el impresionante baldaquino de Bernini, sobre la tumba de San Pedro, pronunció los nombres de los cinco Siervos de Dios: María del Pilar de San Francisco de Borja, Teresa del Niño Jesús y de San Juan de la Cruz, María de los Ángeles de San José, Marcelo Spínola y Maestre y Manuel Domingo y Sol, declarando que en adelante se les llamase Beatos y autorizando su culto en los lugares y del modo establecido por la ley eclesiástica. Las tres religiosas del Carmelo de San José de Guadalajara se convertían en las primeras beatificadas del inmenso grupo de mártires españoles de la persecución religiosa de 19311939.

El otro hito lo marcarían los mártires de Turón, ocho hermanos de La Salle y un pasionista, asesinados en esa localidad asturiana el 9 de octubre de 1934. A este grupo se sumaría un ilerdense, que también era hermano de La Salle, Jaime Hilario Barbal, fusilado en Tarragona el 18 de enero de 1937. Los diez habían sido beatificados el 29 de abril de 1990 y fueron canonizados el 21 de noviembre de 1999. Fueron los primeros santos de tan amargo y cruel episodio de la historia de España. Finalmente, a ellos se unía Pedro Poveda Castroverde, fusilado en la mañana del 28 de julio de 1936. El P. Poveda fue beatificado el 10 de octubre de 1993 y canonizado en España el 4 de mayo de 2003, en la última visita que Juan Pablo II hizo a nuestra nación.

Cumplidos ya 75 años del estallido de aquella guerra, nuestros mártires siguen hablándonos. Y fue el Venerable Juan Pablo II quien les dio voz para que la Iglesia conociese su testimonio. La voz que en tantas homilías -en las diferentes beatificaciones que él mismo realizó durante su pontificado- no dejó de insistir en que el martirio cristiano es semilla de reconciliación, nunca de odios ni rencores.