Cuando Elisabeth Kübler-Ross empezó a hablar de las cinco fases del enfermo a la hora de encarar su muerte, estaba describiendo una realidad que no sólo afectaba a la psique humana, sino a la psique social. El hombre, conocedor de la sentencia médica sin derecho a apelación, evolucionará en su interior atravesando cinco etapas por el camino del sufrimiento psíquico: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Hoy las sociedades permanecen ancladas en la fase de la negación si bien en algunos lugares empieza a encenderse la mecha de la ira. ¿Es esta, entonces, una civilización moribunda? Indudablemente. O cuanto menos se percibe su dificultad sistémica para perpetuar un modelo cuya exigencia primera es el permanente crecimiento, pero crecimiento sólo económico, de productividad, de ingresos.
 
 
Lo que estamos viendo estos días en el norte de África o en los países europeos que conformamos el reino animal de los cerdos (esos PIIGS que bien dicen los medios económicos: Portugal, Irlanda, Islandia, Grecia y España –Spain-) no parece ser una mera anécdota, sino constatación de dificultades que afectan al mismo “sistema” y a su paradigma de crecimiento perpetuo. No es posible el crecimiento perpetuo y no es posible porque lo que sustenta ese crecimiento es finito: finitos son los recursos luego finito será el crecimiento. Y algo tan obvio ha tenido que ser la propia realidad del fracaso la que lo recuerde. Y aún así sigue sin ser puesto en solfa el mismo paradigma que alimenta estos tiempos: todo progreso es crecimiento sin límite. Pero es esa psique humana, social, la que parece negarlo. Es la fase de negación de una civilización que empieza a enfrentar la falta de esperanza al percibir, por primera vez, la desconfianza permanente en el mañana. El presente podría ser oscuro, pero se arraigaba la confianza en que el futuro vería despuntar un nuevo día más fácil y positivo. Estos tiempos, cosa nueva, por primera vez reflejan la desesperanza sistémica: un dato, nuestros jóvenes ya son conscientes de que su futuro será más pobre que el de sus padres y que su presente puede ser un perpetuo agujero sin salida. Se perciben las dificultades, pero se niega el alcance del problema: que es el mismo sistema el inviable y que ésto no son sino estertores obligados previos al colapso.
 
 
¿Qué se está negando? La quiebra del sistema, la muerte de un modelo de civilización basado en el consumo, en el poseer, en el tener. La técnica crecía en proporción inversa al desarrollo espiritual del hombre. Y un mundo sofisticado meta de si mismo, sin el baluarte de lo moral, abre el campo de la arbitrariedad y el horror para perpetuarse a costa de lo que sea. Entonces, la negación social viene bien a la hora de poder llevar a cabo políticas tendentes a la supervivencia del sistema a costa del mismo hombre.
 
 
En román paladino, dado que no se encuentran soluciones reales a la escasez de recursos compatible con el crecimiento perpetuo del sistema y el desarrollo de todos los hombres, hay que optar por los hombres que son dignos de gozar de ese sistema y dejar de lado a los que no lo sean. ¿Quién no se sorprendió de las declaraciones del diplomático de la Santa Sede ante las Naciones Unidas cuando confirmó que existen políticas definidas y claras para extender la homosexualidad en el planeta? ¿Quién no se sorprendió de las campañas de acoso de las Naciones Unidas a las naciones rebeldes a extender el aborto como método de control de la natalidad y como derecho de la mujer? ¿Quién no se sorprendió del acoso de las naciones desarrolladas –ese primer mundo- a los padres que quieren ser dueños del destino moral de sus hijos, al margen del Estado-impositor, de la formación obligatoria en pansexualismo curiosamente siempre desligado del amor y la fecundación? ¿Quién no se sorprendió con las decisiones “ecológicas” de promoción de los biocombustibles a costa de un encarecimiento de las materias alimentarias que están llevando al hambre a personas que antes “podían” destinar recursos escasos a la compra de alimentos? Todo esto tiene un nexo de unión: no hijos, no más crecimiento de la población. Y es que aquí está el punto que explica cuanto pasa. A mayor homosexualidad menor tasa de crecimiento de la población; a mayor aborto, mayor pansexualización de la vida afectiva y menor tasa de natalidad. Son las propias sociedades quienes “voluntariamente” se entregan a la no-vida, al no crecimiento. Es el proyecto de control de la población en unos “números” aptos para mantener el sistema: ya que son pocos los recursos, y finitos, habrá que tender a tantos habitantes como capacidades tenga el sistema para mantenerles en esos estándares de calidad.
 
 
Ahí se yergue, en Georgia, un monumento a tan atroz realidad. Son los diez mandamientos, el decálogo del buen carnicero, que decide sobre la vida y la muerte de los demás, escrito sobre piedra en los idiomas más hablados. Quizá antes no era más que eso: un monumento al sueño del control de la población mundial. Pero sueño que la actualidad permanente va revelando como guía eficaz. A medida que las dificultades para mantener el sistema en pie constaten su fracaso, será más violenta la aplicación de las políticas en esta dirección: control y aniquilación de las poblaciones. Puede sonar a novela oscura, pero el gobierno de España parece discípulo aventajado de esas políticas. Sus leyes de igualdad de trato y la próxima ley de eutanasia roturan el suelo social en tal línea: persecución a la moral católica como baluarte de toda vida y diseño sanitario y social favorecedor de la extinción del anciano o el enfermo. Es una eugenesia en toda regla.
 
 
¿Porqué todo esto? Muy posiblemente porque el miedo se ha convertido en el acompañante de quienes diseñan el mañana. Miedo a la incapacidad de mantener un sistema del bienestar con unos recursos que amenazan colapso. Y el tema es cada vez tan evidente que las revueltas del norte de África parecen encerrar de fondo un simple cambio de padrinos: es decir, un control directo en los recursos petrolíferos. La clave será Arabia Saudí, cuyo subsuelo posee el 25% de los yacimientos del petróleo en explotación y cuyas reservas diversas fuentes dan como en retroceso. No extrañan, entonces, las declaraciones que para Reuters hizo Yafar Al Taie, importante hombre de negocios saudí: "mi país es una bomba de relojería”.
 
 
¿Y tras esto, tras el control de los yacimientos petrolíferos? Esa es la clave. Cuando las políticas de control de natalidad no sean suficientes para detener el crecimiento poblacional; cuando tales políticas generen flujos migratorios que convulsionen los países desarrollados y envejecidos; cuando los campos destinen sus frutos a las poblaciones con recursos –bien para alimentos, bien para biocombustibles- y las aparten de las poblaciones más pobres, generando nuevas convulsiones; entonces, cuando sea evidente el punto de no retorno…. Entonces, el decálogo de Georgia seguirá marcando pistas:


1. Mantener la humanidad por debajo de 500.000.000 en perpetuo equilibrio con la naturaleza.

2. Guiar sabiamente la reproducción, mejorando la condición física y la diversidad.

3. Unir la humanidad con un nuevo lenguaje viviente.
4. Gobernar la pasión, la fe, la tradición y todas las cosas con una templada razón.

5. Proteger a las personas y a las naciones con leyes justas y tribunales imparciales.

6. Permitir que todas las naciones gobiernen internamente resolviendo sus disputas externas en una corte mundial.

7. Evitar las leyes mezquinas y los funcionarios inútiles.

8. Equilibrar los derechos personales con las obligaciones sociales.

9. Premiar la verdad, la belleza y el amor, buscando la armonía con el infinito.

10. No ser un cáncer para la tierra. Dejar espacio para la naturaleza, dejar espacio para la naturaleza.
 
 
No es difícil entender tal revelación porque las Naciones Unidas, y los gobiernos perversos ya nos lo muestran ley a ley: Serán ellos los que decidan quienes son cáncer y qué sea esa templada razón capaz de decidir sobre la vida y la muerte de los demás, y sobre sus creencias.
 
 
 
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