Mucho es lo que se ha dicho y escrito sobre el celibato de Jesús, tratando de encontrar en los textos evangélicos los más extemporáneos argumentos para justificar lo que en ningún lado de los evangelios está escrito. La verdad es que una lectura sana, sosegada, rigurosa y llana de los evangelios no puede conducir a otra conclusión que la del celibato de Jesús, o dicho de otra manera, de la inexistencia de ninguna mujer al lado de Jesús.
 
            Lo más íntimamente cerca que Jesús se halla de una mujer en cualquiera de los cuatro evangelios es, sin duda, la que relata Juan en el episodio en el que al poco de resucitar, es hallado por la Magdalena, la mujer más veces nombrada en los textos evangélicos después de María, y cuando, presa de un ataque fácilmente visualizable para el lector evangélico, la buena mujer se va a abalanzar sobre Jesús, y éste le responde: “noli me tangere”, “no me toques, que aún no he subido al Padre” (Jn. 20, 17).
 
            Jesús no tiene ninguna aversión hacia el sexo femenino. Lo demuestran tantos episodios salpicados por todo el Evangelio en los que se le ve departiendo con mujeres con toda naturalidad: el perdón a la prostituta, la samaritana varias veces casada, Marta y María..., incluso aquélla anónima que le grita :”¡dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!” (Lc. 11, 27). Lo demuestra sobre todo, el episodio sublime, uno de los más bellos de todo el Evangelio en el que salva a la adúltera de una muerte segura por lapidación:
 
            Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?» Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra. Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra.» E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?» Ella respondió: «Nadie, Señor.» Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más.»” (Jn, 8, 311).
 
            Trate Vd. de visualizar la escena. Más aún, trate Vd. de ponerse en el lugar de Jesús y protagonizarla. Intente sentir todas las sensaciones y emociones que pudo sentir un hombre en su pellejo mientras esperaba, rodilla en tierra, a ver que efecto tenían sus palabras en sus compatriotas: un efecto que, según conocemos porque Juan ya nos ha relatado su final, fue el de que no voló por los aires una sola piedra. Pero que mirado desde el momento anterior a la escena, seguramente tenía un desenlace mucho más probable, cual es el de que la primera piedra se la hubiera llevado el propio Jesús en la cabeza. Un Jesús que no les miraba, que sólo “escribía en la tierra”, y que no tenía porque haberse complicado su ya de por si atribulada existencia con la defensa de la más deleznable de las criaturas en la sociedad en la que él vivía: una adúltera.
 
            Pues bien, con todo lo dicho y aún así, la opción que realiza Jesús por el celibato es clara, evidente, rotunda, no deja lugar a dudas. Se lo dice a Pedro:
 
            “Yo os aseguro que nadie que haya dejado casa, mujer, hermanos, padres o hijos por el reino de Dios, quedará sin recibir mucho más al presente, y en el mundo venidero, vida eterna” (Lc. 18, 29-30).
 
            De quien alguien podría argumentar: sí, decide dejar a las mujeres, pero eso justamente, significa que la tenía, que no siempre fue célibe en definitiva, aunque lo fuera en el momento en el que realiza la afirmación. ¿Qué decir entonces de esta otra declaración, en la que Jesús se rebaja a la especie de uno de los apestados de la sociedad para escenificar su opción?:
 
            “Hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos hechos por los hombres, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el reino de los cielos. Quien pueda entender que entienda” (Mt. 19, 12).
 
            Lo cierto, sin embargo, es que la opción celibataria en tiempos de Jesús es una opción difícil de justificar, porque como hemos tenido ocasión de ver ya en otros capítulos de esta misma serie, el celibato no es en modo alguno una opción contemplable en la idiosincrasia judía de la época de Jesús. Salvo en un medio, ojo. Porque efectivamente, en tiempos de Jesús, sí había un grupo humano que efectivamente practicaba el celibato: se trata de los esenios, de los que nos dice Flavio Josefo en su libro de las Antigüedades:
 
            “Y ni toman esposas ni practican la posesión de esclavos” (Ant. 18, 21)
 
            Una más de los argumentos, no el único, por cierto, que abonan un posible contacto de Jesús con un grupo humano tan curioso como marginal dentro del judaísmo.
 
            La pregunta llegados a este punto es: ¿existe alguna fuente, por extracanónica que sea, que abone la tesis de un contacto más allá de la meramente existente entre el maestro y la discípula, entre Jesús y la Magdalena? Existir, sí, existen. Pero como por hoy ya le he fatigado bastante, dejaremos, amigo lector, si Vd. me lo permite, la cuestión para un próximo y pronto artículo, con el que daremos por terminada la serie que hemos dedicado al celibato en los textos cristianos.
 
 
 
 
 
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