Una de las cualidades de Benedicto XVI es que sabe explicar de modo sencillo lo complejo y, no pocas veces también, de modo breve. En la catequesis del miércoles 9 de marzo de 2011 hizo una estupenda disquisición sobre el significado del ayuno, la abstinencia y la oración. Suponen una síntesis rica y original del Papa, y además son oportunas.
 
¿Qué dijo? Recordó significaciones habituales que se les suele dar a estas tres prácticas habituales de la Cuaresma y les añadió una ulterior profundización que, en definitiva, venía a recordar que son mucho más que lo que a veces se supone.
 
Sobre el ayuno dijo que «significa la abstinencia de la comida pero comprende otras formas de privación en aras de una vida más sobria. Todo esto no constituye todavía la realidad plena del ayuno: es el signo externo de una realidad interior, de nuestro compromiso, con la ayuda de Dios, de abstenernos del mal y de vivir el Evangelio. No ayuna de verdad quien no sabe nutrirse de la Palabra de Dios».
 
Luego ligo esta práctica con la limosna, citando a san León Magno: «“Cuanto todo cristiano hace siempre, tiene ahora que practicarlo con mayor dedicación y devoción, para cumplir la norma apostólica del ayuno cuaresmal consistente en la abstinencia no sólo de la comida, sino que sobre todo abstinencia de los pecados. A este obligado y santo ayuno, no se le puede añadir obra más útil que la limosna, la que bajo el nombre único de ´misericordia´ comprende muchas obras buenas. Inmenso es el campo de las obras de misericordia. No sólo los ricos y pudientes pueden beneficiar a otros con la limosna, también los de modesta o pobre condición. De esta manera, aunque desiguales en los bienes, todos pueden ser iguales en los sentimientos de piedad del alma” (Discurso 6 sobre la Cuaresma, 2: PL 54, 286). San Gregorio Magno recordaba en su Regla Pastoral, que el ayuno es santo por las virtudes que lo acompañan, sobre todo por la caridad, por cada gesto de generosidad que da a los pobres y necesitados el fruto de nuestra privación (cfr 19,1011)».
 
Refiriéndose a la última práctica cuaresmal, subrayó que «el ayuno y la limosna son “las dos alas de la oración”, que le permiten alcanzar mayor impulso y llegar a Dios. […] Con las alas de estas virtudes nuestra oración vuela segura y es llevada con más seguridad hasta el cielo, donde Cristo, nuestra paz, nos ha precedido”. La Iglesia sabe que, por nuestra debilidad, es muy fatigoso hacer silencio para ponerse delante de Dios, y tomar conciencia de nuestra condición de criaturas que dependen de Él y de pecadores necesitados de su amor; por esto en Cuaresma, nos invita a una oración más fiel e intensa y a una meditación prolongada sobre la Palabra de Dios».


Una vez más el Papa nos ofrece reflexiones iluminadoras, originales y que invitan no sólo a la meditación sino también y, sobre todo, a la puesta en práctica.
 
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