Dentro del espíritu de que “el papel que corresponde a los partidos es el de hablar, el de hacer reaccionar a los franceses” y según informa Le Figaro el pasado martes, el Presidente de la República Francesa, Nicolas Sarkozy quiere que en el seno de la UMP, su partido, se abra un debate sobre el multiculturalismo y el lugar que corresponde a las religiones –el islam notablemente- en la sociedad francesa, dirigido entre otras cosas a forzar a la izquierda a pronunciarse sobre el tema. El debate viene precedido por las claras declaraciones realizadas por Sarkozy al respecto, tanto cuando dice que no desea “minaretes, ni llamadas a la oración en el espacio público ni oraciones en la calle” como cuando cinco días antes en televisión había declarado: “el multiculturalismo es un fracaso”, matizado después con estas palabras:
 
            “Nuestros compatriotas musulmanes deben poder practicar su religión como cualquier otro de nuestros compatriotas judío, protestante, católico, pero no se puede tratar sino de un islam “de” Francia, no un islam “en” Francia”.
 
            El problema del multiculturalismo, y creo que de las palabras de Sarkozy no se puede extraer otra cosa, es que no es algo con lo que se pueda estar de acuerdo o en desacuerdo, como se puede estar o dejar de estarlo sobre el hecho, pongo por caso, de que unos seamos hombres y otros mujeres, o unos altos y otros bajitos. El multiculturalismo es un supuesto de hecho, presente en las sociedades en que lo está, de manera irreversible. ¿O acaso espera alguien que se expulse de España al millón de musulmanes que conviven con nosotros, o a los doscientos mil chinos que residen en nuestro país, por no hablar de ecuatorianos, peruanos, rumanos, etc.? ¿O acaso espera alguien que los franceses se desembaracen de los ocho millones de musulmanes que conviven en su geografía, un alto porcentaje de los cuales, por cierto, de nacionalidad francesa?
 
            De hacerse así, el remedio sería peor que la enfermedad, o por mejor decir, el remedio sería, exactamente, “la” enfermedad. ¿Sabe alguien lo que supone desplazar a ocho millones de personas de su lugar de residencia y de sus afectos, del lugar cuya lengua hablan y donde trabajan? Y por cierto, no sólo para los que se van, que para ellos los que más, sino también para los que se quedan.
 
            Puestos a hacerlo, además, podríamos seguir con los turcos que residen y trabajan en Alemania, los hindúes y paquistaníes que residen en Gran Bretaña, o los tunecinos que residen en Italia... hasta completar los cien millones de desplazados que se consiguieron de una tacada a mediados del pasado s. XX... Sólo que tal cifra no se pudo lograr sin mediar una guerra mundial que dejó, además, cincuenta millones de muertos. ¿Es algo así lo que desean los que se declaran contrarios al multiculturalismo?
 
            Dicho todo lo cual, la cuestión no es si el multiculturalismo es posible o no lo es, porque lo es y de hecho está vigente en la gran mayoría de las sociedades europeas, no digamos en las sociedades del medio oriente o africanas. La cuestión es cuales son las reglas para que funcione adecuadamente, en el caso europeo según queremos la mayoría de los europeos que funcione. Y tal y no otro es, en mi opinión, el debate, que por cierto, muy sensatamente, desea abrir el Presidente francés. Un debate tan necesario, por otro lado, como inútil el que pretenda imponer o prohibir un multiculturalismo que es un hecho de partida insoslayable.
 
            A los experimentos de multiculturalismo les ha pasado lo que a cualquier otro fenómeno histórico. Que según desde la perspectiva que los observemos, parecen un éxito o un fracaso. Sólo a modo de ejemplo, contemplamos hoy una facilísima convivencia entre cristianos y judíos en los muchos países en los que se da, cuando tal relación tiene no siglos, sino enteros milenios de desencuentro. O en sentido contrario, a tantos políticos regionales españoles invocando unas diferencias supuestamente culturales para separar y enemistar a quienes llevamos siglos unidos a plena satisfacción de todos.
 
            Europa tiene derecho a marcar las normas. Por supuesto que lo tiene. De tal principio parte Sarkozy. Es más, tiene el deber de hacerlo. Y las normas no pueden ser otras que las de la democracia, con exclusión y hasta persecución de todo fundamentalismo, y el respeto a todas las leyes aprobadas por la mayoría. Que Sarkozy declare para los titulares de prensa que “el multiculturalismo es un fracaso” no quiere decir que haya que promover y conseguir sociedades uniformes que profesen la misma religión y tengan la misma cultura, removiendo de ellas a quienes no lo hagan. ¿O acaso se cree alguien, también con un ejemplo, que si mandáramos a todos los musulmanes europeos al Medio Oriente y nos trajéramos a Europa a todos los cristianos del Medio Oriente, la convivencia iba a ser mucho mejor de lo que lo es ahora? Quiere decir que todos aquéllos que conviven en un mismo suelo, por diferentes que sea su religión o sus culturas, han de aceptar todos los lugares de encuentro que vienen impuestos por la democracia y por la ley justa y que, en la medida que no lo hagan, el experimento será un fracaso, pero sólo en esa medida.
 
 
 
 
 
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