Fue en septiembre de 2010 cuando el periódico británico The Times adelantó un extracto del libro «The Grand Design», del conocido astrofísico –y ateo– Stephen Hawking. El titular del periódico londinense no podía ser menos llamativo: «Hawking: Dios no creó el universo».
 
La parte polémica de «The Grand Design» era, sobre todo, la siguiente: «Dado que existe una ley como la de la gravedad, el Universo pudo y se creó de la nada. La creación espontánea es la razón de que haya algo en lugar de nada, es la razón por la que existe el Universo, de que existamos. La creación espontánea es la razón de que exista algo, de que exista el Universo, de que nosotros existamos. No es necesario invocar a Dios».
 
Recordé todo esto a raíz de la que dio Benedicto XVI el 6 de enero de 2010 –Solemnidad de la Epifanía del Señor– en la basílica de san Pedro.
 
El Papa desarrolla la homilía en tres encuentros de los «magos» con 1) Herodes, 2) «los estudiosos, los teólogos, los expertos que lo saben todo sobre las Sagradas Escrituras» y 3) la estrella. Y es aquí, en este tercer momento, donde algunos han querido ver una respuesta del Santo Padre a Hawking (por ejemplo el ).
 
Desde luego que no lo es, pero sí ofrece una reflexión profunda y corta que además da pie para la reflexión personal. Dijo el Papa:
 
«Debemos volver al hecho de que esos hombres buscaban las huellas de Dios; buscaban leer su “firma” en la creación; sabían que “los cielos narran la gloria de Dios” (Sal 19,2); estaban seguros, de que Dios puede vislumbrarse en lo creado. Pero, como hombres sabios, sabían sin embargo que no es con un telescopio cualquiera, sino con los ojos profundos de la razón en búsqueda del sentido último de la realidad y con el deseo de Dios movido por la fe, como es posible encontrarlo, incluso se hace posible que Dios se acerque a nosotros. El universo no es el resultado de la casualidad, como algunos quieren hacernos creer. Contemplándolo, estamos invitados a leer en él algo profundo: la sabiduría del Creador, la inagotable fantasía de Dios, su infinito amor por nosotros. No debemos dejarnos limitar la mente por teorías que llegan siempre sólo hasta un cierto punto y que -si miramos bien- no están de hecho en contradicción con la fe, pero no logran explicar el sentido último de la realidad. En la belleza del mundo, en su misterio, en su grandeza y en su racionalidad no podemos dejar de leer la racionalidad eterna, y no podemos menos que dejarnos guiar por ella hasta el único Dios, creador del cielo y de la tierra».
 
La homilía no termina ahí; quizá apenas comienza pues nos abre los horizontes al recordarnos que hoy sigue brillando la estrella de Belén: «la Palabra de Dios [es] la verdadera estrella, que, en la incertidumbre de los discursos humanos, nos ofrece el inmenso esplendor de la verdad divina».
 
Que durante el año también nosotros, como dice el Papa, sepamos ser estrellas para los demás; así mostraremos a tantos «hawkins» que hay por el mundo quién está detrás del universo, detrás de nuestra vida, detrás de todo.