Hoy 7 de enero, algunos cristianos del mundo, y no precisamente pocos, estarán celebrando la Navidad, del mismo modo en el que la gran mayoría lo hizo el 25 de diciembre y que la Iglesia armenia, según vimos ya, lo hizo el 6 de enero.
 
            La razón por la que estas iglesias de las que hablamos celebran la Navidad el 7 de enero tiene poco de teológica, como podríamos, por el contrario, afirmar de la Iglesia armenia cuando lo hace el 6 de enero, y está más relacionada con una cuestión mucho más prosaica y mundana, que es de la que vamos a hablar hoy.
 
            Todo empieza con el gran emperador romano Julio César, una de cuyas principales aportaciones a la Humanidad será precisamente la de su calendario, conocido en su honor como “juliano” e instaurado el año 46 a.C.. El calendario juliano, “inventado” por el alejandrino Sosígenes, parte de la premisa de que el año, definido como el período de tiempo que tarda la tierra en darle la vuelta al sol, dura 365,25 días, esto es, 365 días y la cuarta parte de otro. Por lo que ya en el calendario juliano, era preciso realizar un año bisiesto por cada cuatro para ajustar el año solar.
 
            Dieciséis siglos más tarde, los astrónomos del Papa Gregorio XIII, y notablemente el calabrés Aloysius Lilius (n.1510-m.1576) y el bávaro Cristóbal Clavius (n.1538-m.1612), jesuítas los dos, afinan mejor la duración del período y establecen que, en realidad, el año dura 365,242189 días. No hablamos, como se ve, ni de una cienmilesima de diferencia con lo establecido por Sosígenes, una cienmilésima que, sin embargo, había producido en los dieciséis siglos que había estado en vigor el calendario juliano, un adelanto del año en nada menos que diez días.
 
            Identificado el error, se procede a subsanarlo. El día 4 de octubre de 1582 lo hacen los primeros reinos cristianos, entre los cuales España, todos los de Italia y Portugal, -sometidos a la corona española-, y Polonia. De modo y manera que a dicho 4 de octubre no seguirá, como habría sido de esperar, el 5, sino el 15. En otras palabras, en los países indicados, el 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 13 y 14 de octubre de 1582 no existieron, nada sucedió en ellos.
 
            Las iglesias ortodoxas, aunque no puedan negar que el nuevo calendario sea mucho más preciso, rechazan una vez más plegarse a Roma, y se aferran al calendario juliano. Sólo en pleno s. XX, los gobiernos de los países pertenecientes al bloque ortodoxo sienten la necesidad de ir adaptando sus calendarios a los criterios gregorianos, cosa que se lleva a efecto el 31 de marzo de 1916 en Bulgaria, el 14 de febrero de 1918 en Rusia y Estonia, el 31 de marzo de 1919 en Rumania, y el 15 de febrero de 1923 en Grecia. En todos los casos, será necesario saltar catorce días, tres más que en el caso de España, la primera en adoptar el calendario gregoriano, pues el desfase había seguido creciendo a razón de tres días cada cuatro siglos.
 
            La adaptación de la vida política y civil al nuevo calendario gregoriano no representará siempre, sin embargo, la acomodación también de la vida religiosa. De hecho, la Iglesia ortodoxa rusa, aunque sí lo haga el Gobierno de la nación, nunca aceptará el nuevo calendario, por lo que a efectos de festividades religiosas, la Navidad rusa continuará celebrándose el 25 de diciembre juliano, equivalente, hoy, al 7 de enero gregoriano.
 
            Pero la posición rusa no será la común de todas las iglesias ortodoxas, unas iglesias con un nivel de desconocimiento mutuo y de autonomía muy superior a aquélla de la que gozan las iglesias católicas. Y así, mientras la iglesia rusa no aceptaba el cambio producido en el ámbito civil, las iglesias ortodoxas búlgara, griega o rumana sí lo hacían, unificando la fecha de la Navidad a la fecha civil, y por esta vía indirecta, también a aquélla en la que la celebran las iglesias católicas. Lo que en estos países ocurrirá entonces será un profundo movimiento de contestación, culminado con verdaderas escisiones de lo que se darán en llamar iglesias veterocalendaristas (de vetero=viejo, y calendario) que, aunque minoritarias, eso sí, preferían y prefieren seguir celebrando las festividades religiosas de acuerdo con el calendario juliano.
 
            Como quiera que sea, son varios cientos de millones de cristianos los que celebrarán hoy la Navidad, una Navidad que hasta 1582 celebraban en comunión con las iglesias occidentales, pero que a partir de dicha fecha, y por razones en modo alguno religiosas, dejaron de hacerlo. Lo que no es óbice para que desde esta página, y como ya hicimos el 25 de diciembre, les deseemos también a estos cristianos “diferentes”, una muy feliz Navidad 2010.
 
 
 
 
 
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