Dice un lector de mi web sobre el malhadado tema de los preservativos y las recientes declaraciones del Papa Benedicto en su libro Luz del Mundo:

Me parece que el centro de la cuestión es simple: dado un acto que es malo (y eso Su Santidad, lo deja claro, por más que cierto periodismo deforme), nada impide que pueda ser mejor o peor (accidentalmente). Si es así es mejor que se dé en la forma menos mala que en la peor. Y esto es doctrina cierta y antigua, mucho anterior a cualquier elaboración escolástica, renacentista, conciliar, etc. ¿Hay quién pueda contradecir esto?

Finalmente, además de enseñar ex cathedra (que es excepcional, y sobre temas acotados) el Papa, como Obispo que es, tiene la función ¡el deber! de predicar: que lo haga a través de discursos, libros, blogs o señales de humo, está bien, siempre y cuando lo haga bien. ¡En todo caridad! ¿se acuerdan? In unitas, in dubiis libertas, in omnibus charitas.

Eduardo


El tema tiene entidad suficiente como para ensayar un comentario.

Primera cuestión que parece olvidada por muchos y Eduardo recuerda al pasar, a saber, el papa es Doctor Universal de la Iglesia. Es decir, la máxima instancia del Magisterio, incluso por encima de un concilio ecuménico, porque ningún concilio sería lícito si no fuese convocado y refrendado por el papa.

Es decir, una de sus funciones (munus docendi) es enseñar, desde la instancia más alta, la que define y confirma en la Fe. “Pero yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca, y una vez convertido, confirma a tus hermanos”. (Lc. 22-32) Estas palabras de Cristo son dirigidas al príncipe de los apóstoles después de su triple negación.

De este texto evangélico surgen claramente dos verdades. Pedro tiene que estar “convertido” y su función es la de “confirmar en la Fe”. Es decir, ser la última y suprema instancia del Magisterio.

La primera referencia, “una vez convertido” alude a la flaqueza humana de la triple negación. Pedro, por cobardía, o por muchos otros motivos, puede fallar en su deber. No vienen al caso otros ejemplos, diremos solamente que allí donde más falible puede ser Pedro es precisamente, cuando habla en forma privada, no como Papa, sino como doctor privado. Cuando no enseña con la autoridad de la Iglesia, sino con la propia de hombre docto. Cuando opina.

Por eso, cuando se define el tan poco comprendido dogma de la Infalibilidad pontificia, dice la Iglesia.

"...con la aprobación del Sagrado Concilio, enseñamos y definimos ser dogma divinamente revelado que el Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra, esto es, cuando, ejerciendo su cargo de Pastor y Doctor de todos los cristianos, en virtud de su Suprema Autoridad Apostólica, define una doctrina de Fe o Costumbres y enseña que debe ser sostenida por toda la Iglesia, posee, por la asistencia divina que le fue prometida en el bienaventurado Pedro, aquella infalibilidad de la que el divino Redentor quiso que gozara su Iglesia en la definición de la doctrina de fe y costumbres. Por lo mismo, las definiciones del Obispo de Roma son irreformables por sí mismas y no por razón del consentimiento de la Iglesia. De esta manera, si alguno tuviere la temeridad, lo cual Dios no permita, de contradecir ésta, nuestra definición, sea anatema."

Pero previamente aclara:

“Así el Espíritu Santo fue prometido a los sucesores de Pedro, no de manera que ellos pudieran, por revelación suya, dar a conocer alguna nueva doctrina, sino que, por asistencia suya, ellos pudieran guardar santamente y exponer fielmente la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la fe”. (Constitución Dogmática, Pastor Aeternus, Cap. 4).

Obviamente, el deber esencial del Papa (además de regir y santificar) es enseñar desde la Cátedra más alta, incuestionable, infalible, que es la del Vicario de Cristo, custodiando lo que Cristo mismo ha revelado. No puede el papa (ni nadie) dar a conocer una “nueva doctrina” lícitamente y mucho menos gozar del privilegio de la infalibilidad en tal intento.

Volviendo al caso, cuando un papa se expresa no por medio de documentos formales de diversa solemnidad (encíclicas, discursos, alocuciones, etc.) sino por declaraciones periodísticas, no goza del carisma de la infalibilidad. Es más, aún cuando lo haga por medio de dichos documentos formales y solemnes, las condiciones de infalibilidad, muy bien establecidas, solo se aplican en un número restringido de casos.

Obviamente, tratamos aquí de lo que no ha sido definido aun, porque lo ya definido cualquiera lo puede repetir con precisión y tenerlo por infalible. Yo puedo decir que la Santísima Trinidad son Tres Personas y un solo Dios con absoluta certeza, no en virtud de mi autoridad sino en la de la Iglesia, es decir, en la de la Revelación custodiada y atesorada por el Magisterio de la Iglesia.

Así pues, la primera cuestión, formulada en sus lineamientos básicos (no podemos aquí hablar del magisterio ordinario, del asentimiento debido, en todos sus detalles, etc. porque nos llevaría lejos) queda expresada.

En síntesis: el Papa habla como Doctor Universal, con la garantía de la Iglesia o, por el contrario, habla como Doctor Privado sin la garantía de la Iglesia.

La segunda cuestión es la que ilustra el título de esta nota: si el papa debe opinar.

Evidentemente puede, por la misma distinción que acabamos de recordar. ¿Pero, debe?

Entiendo que en esta materia, los usos tradicionales obligan a los pontífices, (no solo los Sumos Pontífices, porque vale también, con matices, para los obispos y sacerdotes) a una cierta circunspección. Dado que hablan con una autoridad que no todos pueden distinguir en sus matices, hablar poco y opinar menos ayuda a evitar confusiones.

De modo que cuando se hace uso de la palabra sacerdotal, episcopal y más aún, pontificia, sea esta proferida con gravedad y se dirija a lo esencial. La Fe, la moral y temas concurrentes. Es el sacrificio del Papa, que renuncia a su opinión para asumir, totalmente consagrado, la voz de la Iglesia, desde Cristo, pasando por Pedro, hasta la actualidad.

La cuestión que motiva esta nota es un claro ejemplo de los resultados que produce la comunicación en lugar de la docencia, por medios no tradicionales.

Cuando el papa escribe un libro, ¿debemos leerlo como Magisterio o como obra privada? La respuesta es evidente: es una obra de doctor privado. Y aunque pueda ser maravillosamente ortodoxa y didáctica, no tiene la asistencia garantizada del Espíritu Santo, sino que obra el autor al modo humano (humano more). Por lo tanto puede contener errores e inclusive aún sin contenerlos, dada la libertad mayor que permiten estas formas expresivas, se corre el riesgo de confundir.

El caso citado por el Papa, un poco truculento y rebuscado, aunque moralmente correcto en el planteo pontificio, como señala Eduardo, ha tenido como consecuencia inevitable la distorsión de la prensa y ha servido para que las corrientes heterodoxas se apoyen en ella para sostener sus errores.

No en sí mismo lo que el Papa dijo, sino por decirlo en una charla periodística, quizás motivado por la intención de dar una impresión de comprensión y espíritu misericordioso, y usando un ejemplo poco feliz, ha hecho mucho daño. El bueno de Benedicto, un corazón sensible, no quiere que la doctrina de la Iglesia parezca dura al hombre moderno y le busca una forma de mostrarla “comprensiva”. No se sale de la ortodoxia, pero presenta un caso demasiado rebuscado. La consecuencia es tan obvia como predecible. Sirve al enemigo sin quererlo. Ni los medios ni el lector común pueden evitar caer en la confusión, digamos asumiendo una buena intención que no todos han tenido. Más grave es el caso de los predicadores del adminículo fornicatorio, atentos siempre a una fisura en la doctrina por donde colarse.

Los pontificados farragosos hacen más mal que bien. Si hacemos una estadística de la cantidad de documentos que emitió cada pontífice en los últimos 150 años, veremos un crecimiento exponencial. Los papas cada vez hablan más, y no solo en documentos, como hasta Paulo VI, que ya empezó con sus mensajes en la ONU, etc. sino inclusive bajo el reinado de Pío XII.

El Papa Pacelli, nos legó un enorme cuerpo de discursos, alocuciones, de inmenso valor, porque era un hombre rigurosísimo en la preparación de sus documentos. Pero sus sucesores, sin atender tanto a lo doctrinal como a lo comunicacional, elevaron este número a cifras abismales, agregando viajes, declaraciones diarias prácticamente, libros, entrevistas periodísticas…

La confusión entre lo protocolar, lo doctrinal privado y lo magisterial es inevitable. Me abstengo aquí de analizar otros aspectos importantísimos de carácter hermenéutico, para simplemente quedarme en un aspecto externo, pero no menos importante de esta locuacidad pontificia.

A lo dicho por Eduardo sobre el deber de “predicar” del Santo Padre, opongo estas cuestiones analizadas arriba, que en definitiva apuntan a la eficacia de esa predicación.

Por favor, que los sumos pontífices, los obispos y los sacerdotes en general hablen menos, mantengan circunspección, gravedad y se atengan a la doctrina por vía de documentos formales, homilías bien preparadas, pocos, sólidos, inobjetables, sin cuestiones polémicas que quedan para el claustro universitario.

Definan, o repitan lo definido, no charlen.