La pandemia de COVID’19 ha vuelto del revés nuestra vida, no te voy a descubrir la pólvora. Ha cambiado la forma de trabajar (para quien aún tiene trabajo), de hacer la compra, de pasar el tiempo libre, de andar por la calle, de ir en autobús o Metro, hasta de ir al colegio.

Hoy es 10 de septiembre de 2020. Hace pocos días empezó el curso escolar en mi casa: primero mi marido, que es profesor, el día 1; después mi hija de Bachillerato el 9, mi hijo de ESO hoy con clases online y la semana que viene mi hijo de Primaria el 17. Cada uno un día y con un horario distinto, incluso uno de ellos irá al colegio en días distintos, ¡un circo!

Yo soy Generación EGB y todos los niños empezábamos el curso el mismo día en toda España y era sencillísimo para los padres dejar a todos sus hijos en el colegio el mismo día a la misma hora y no tener que hacer un Tretris entre horarios y parientes para cuidar de los que empezaban más tarde o ir recogiendo a los que salían a horas distintas. Vamos, igualito que ahora.

También ha cambiado nuestra forma de hablar. Nos ha caído encima un aluvión de palabras nuevas, expresiones extrañas, palabras incorrectas que pasan por correctas, transformaciones y nuevos usos de palabras o expresiones de toda la vida que constituyen auténticas patadas al diccionario.

En febrero ninguno hablábamos de PCRs, curvas de contagios, confinamientos ni desescaladas y ahora estos palabros fluyen con naturalidad en todas las conversaciones, incluso en la mesa con nuestros hijos aunque estén en Primaria.

¿Qué ha pasado? ¿Cómo han llegado estas palabras al cuarto de estar de nuestra casa? Pues como todo, las empezaron a usar los representantes del gobierno, las oímos o leímos en los medios de comunicación y las hemos adoptado, hemos sustituido palabras de uso cotidiano y frecuente por estas expresiones.

Mi opinión es que se las inventan para distraernos de la realidad. Esas palabras nuevas se nos meten dentro sin darnos cuenta, les damos vueltas, nos gusta cómo suenan y acabamos haciéndolas  nuestras hasta que dejan de resultarnos extrañas y nos parece que han estado ahí toda la vida, como el Cola-Cao.

Hemos dejado de hablar de médicos, enfermeras y auxiliares para decir personal sanitario; ya no decimos Policía ni Guardia Civil sino fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado; no estuvimos encerrados en casa sino confinados; dejamos de trabajar desde casa para teletrabajar; los guantes y la mascarilla no son guantes y mascarilla sino un kit de protección; nadie se pone el termómetro sino que nos tomamos la temperatura; ya no tenemos dolor de cabeza o de garganta, tos, mocos o sensación de que nos falta el aire, qué va, eso es demasiado corriente… Ahora tenemos síntomas, dolencias, secreción nasal o insuficiencia respiratoria, somos positivos, negativos o asintomáticos.

Hay montones de palabras y expresiones nuevas que han nacido a la sombra de la pandemia y que me siguen dando repelús: distanciamiento social, gel hidroalcohólico, curva de contagios, pico de la curva y las que más daño me hacen en los oídos: desescalada y nueva normalidad, que me chirría más que ninguna.

Pensando en esto y buscando en internet he dado con la Fundéu, la Fundación del Español Urgente. Es una institución sin ánimo de lucro  que tiene como objetivo principal impulsar el buen uso del Español en los medios de comunicación, está asesorada por la Real Academia Española y está formada por periodistas, lingüistas, lexicógrafos, ortotipógrafos, correctores y traductores, personas que dominan la lengua española del derecho, del revés y en diagonal y saben de lo que hablan. Por eso me ha encantado esto que dice Javier Lascuaín, el Director General de la Fundéu, acerca de la expresión “nueva normalidad”: “para algunos es una expresión contradictoria en sí misma y para otros un invento salido de las maléficas cocinas de la neolengua para enmascarar la realidad.”

Para mí es las 2 cosas a la vez. Estoy harta de la palabrería del Gobierno, de las grandes parrafadas que nos sueltan llenas de vacío, de las palabras y expresiones que se inventan para distraernos de la realidad. ¿Tú no?

Me encantan las palabras, lo bueno y bonito que se puede hacer con ellas: literatura, canciones, poemas, diálogos memorables de cine, discursos alentadores, frases motivacionales, hasta frases de anuncios que son históricas.

Para mí inventarse o tergiversar las palabras para enmascarar la realidad es un crimen, es mentir y engañar. Por eso me vienen con frecuencia a la cabeza las palabras: “que vuestro sí sea sí y vuestro no sea no.”

Como no conozco la Biblia a fondo he tenido que buscarlas y he visto que las escriben Mateo y Santiago:

Mateo 5, 37: “Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno.”

Santiago 5, 12: “que vuestro sí sea sí, y vuestro no, no, para que no caigáis bajo condena.”

Llámame ingenua si quieres, no me afecta lo más mínimo, pero estoy convencida de que toda esta palabrería rimbombante y vacía viene del demonio que ¡cómo no!, tiene muchos nombres: Satanás, Lucifer, Belial, Samael, Luzbel, antigua serpiente, gran dragón, el dios negro, el dios de este siglo, el príncipe de este mundo, el mentiroso y padre de la mentira.

Este último nombre se lo puso el mismo Jesús, está escrito en Juan 8, 44: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Él era homicida desde el principio y no se mantuvo en la verdad porque no hay verdad en él. Cuando dice la mentira, habla de lo suyo porque es mentiroso y padre de la mentira.”

El castellano es riquísimo y hay palabras que en sí mismas llevan una muestra de su significado y de la intención de quien las utiliza. Así pues yo creo que  el exceso de palabras, la ampulosidad, profusión, estridencia, pomposidad y exuberancia de las palabras y expresiones pseudo técnicas nacidas a la sombra del coronavirus, los términos en otros idiomas que usamos tal cual porque debe parecernos que así somos muy modernos, el envolver y envolver en palabras y  más palabras como en una telaraña, todo esto es una nube de humo, una maniobra de distracción porque mientras estamos traduciéndolas o interpretándolas no estamos mirando a donde hay que mirar.

Utilizar muchas palabras es señal de orgullo, de que nos complace escucharnos y oír nuestra propia voz. Pero lo más probable es que acabemos enredándonos en ellas y no sabiendo lo que hemos dicho y lo que no, que nos contradigamos y terminemos cayendo en falsedad.

Por el contrario el sencillo utiliza pocas palabras y que se entiendan bien. Y por eso me gusta tanto lo de Santiago 5, 12: “que vuestro sí sea sí, y vuestro no, no”.

Soy la primera que tiene que aplicárselo, empiezo a escribir y no termino. Y eso que tú sólo me lees pero pregunta a mi familia o a mis amigas y verás lo que te dicen sobre cuánto hablo…

Mi deseo es que las personas de bien, cristianos y no cristianos, creyentes, agnósticos, ateos y mediopensionistas diciendo sólo sí o no aplastemos la cabeza del demonio, porque él no aguanta la sencillez.

Hace meses que al rezar pido las mismas cosas con pocas palabras y muy sencillas: que termine la pandemia, que libres a mi familia de la enfermedad, que se termine la crisis sanitaria, económica y social, que se vaya este Gobierno y venga uno que cuide de los españoles. Para tener más fuerza se lo pido a la Virgen María, para que Ella se lo pida al Señor y así no pueda negarse. 

Y si encima rezo con alguien mucho mejor porque “Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de cuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Mateo 18, 19-20.

Pero de la oración de intercesión hablaré otro día.

Y de las nuevas palabras me quedo 2:

Covidiota: aquel que no respeta las normas y rompe el aislamiento.

Estar en modo covid: cuando alguien decide pasar el fin de semana tranquilo y sin salir de casa.