Los católicos creemos que, además de Jesucristo, el único ser humano que jamás tuvo la mancha del pecado original fue la Virgen María. Por eso la llamamos «Inmaculada Concepción», la concebida sin mancha. Y como ese hecho vale un recuerdo singular, la liturgia de la Iglesia dedica el 8 de diciembre de cada año para recordar y celebrarlo (para celebrar y recordarla a ella y la acción de Dios).
 
En Roma, es costumbre que los Papas vayan año con año a la plaza España, precisamente el 8 de diciembre, para rendir homenaje a la Virgen María en el recuerdo de su «Inmaculada Concepción».
 
A un año de distancia, recordé el discurso que pronunció el Santo Padre en 2009, arrodillado ante la imagen de María Santísima que desde lo alto de una columna mira y cuida a la ciudad de los papas.
 
Benedicto XVI en la plaza España de Roma, el 8 de diciembre de 2009.
 
Debemos a Benedicto XVI la original relación entre la Inmaculada Concepción y la mala prensa. Y es que entonces nos recordó la noticia más hermosa que la «Inmaculada Concepción» de María encarna –«Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia»– y el contraste mediático de las «noticias» de los medios que «nos cuentan el mal, lo repiten, lo amplifican, acostumbrándonos a las cosas más horribles, haciéndonos insensibles y, de alguna manera, intoxicándonos, porque lo negativo no se elimina del todo y se acumula día a día».
 
La mala prensa endurece el corazón y hace que los pensamientos se tornen sombríos. También lo dijo el Papa.
 
Al pensar en el cúmulo diario de titulares falsos, calumniosos, precipitados o difamatorios; al pensar en todos esos contenidos que pervierten al hombre, que lo encauzan al mal, que lo convierten en esclavo de la farsa, pienso en esa buena noticia que es María. Frente a la montaña de falso periodismo, de noticias manchadas de mentira, la belleza, la bondad y la autenticidad de la Virgen María se presenta como recurso al que nos acogemos en medio de tanta basura mediática.
 
«¡Cuánto necesitamos esta hermosa noticia!», exclamaba el Santo Padre, refiriéndose a la Inmaculada. Y más adelante señalaba: «Por el corazón de cada uno de nosotros pasa la frontera entre el bien y el mal, y nadie debe sentirse con derecho de juzgar a los demás; más bien, cada uno debe sentir el deber de mejorarse a sí mismo. Los medios de comunicación tienden a hacernos sentir siempre "espectadores", como si el mal concerniera solamente a los demás, y ciertas cosas nunca pudieran sucedernos a nosotros. En cambio, somos todos "actores" y, tanto en el mal como en el bien, nuestro comportamiento influye en los demás».
 
Cuánto puede aprender el periodista, el locutor, el presentador del telediario, de la Virgen María. Por eso a ella encomendamos a todos los comunicadores: para que se dejen guiar por la belleza de la verdad informativa, por la ética que se hace obra en la transmisión fiel de los contenidos y por el único interés de servir a los hombres y mujeres en su necesidad de estar informados.
 
María, enséñanos a descubrir la belleza de la verdad;
enséñanos a seguirla, vivir en ella y comunicarla fielmente.
Ayúdanos a transmitirla con docilidad para posibilitar
el encuentro de más personas con ella.
Que nuestras palabras sean las de quienes
buscan servir y no servirse del otro;
que prime en el servicio de comunicador
el interés por el hombre y por su dignidad.
La Verdad tiene un nombre, María; es tu hijo.
Intercede ante Él por todos los periodistas
y tú síguenos guiando con el ejemplo de la buena noticia
que eres tú misma.
 
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