La reciente acusación de Ali Agca, el sicario turco que en 1981 disparó contra el Papa Juan Pablo II, señalando al «Vaticano» como autor intelectual de aquel atentado, ha vuelto a poner la atención de los medios en ese fácil «conejillo de indias» al que se suele recurrir con tanta regularidad: la Iglesia (véase, por ejemplo, «» -La Vanguardia, 10.11.2010, de un comunicado original de la agencia EFE-).
 
Las declaraciones dadas por Agca a la televisión pública turca TRT a inicios de noviembre de 2010 no tardaron en dar la vuelta al mundo, suscitando espasmo en quienes a priori han dado por ciertas esas afirmaciones.
 
En la mayoría de los Estados modernos una denuncia no es tomada por cierta si no se presentan las pruebas necesarias para corroborar la veracidad de las acusaciones y, luego, dictar sentencia. Obviamente, eso precisa poner primeramente una demanda formal.
 
Llama la atención que Agca acuse «al Vaticano» cuando son las personas y no los entes abstractos los que pueden cometer ilícitos. Es verdad, menciona explícitamente al cardenal Agustino Casaroli, antiguo secretario de Estado, pero el acusado ya está muerto y no puede defenderse. Curioso también que haya dejado pasar 19 años de cárcel para señalarlo hasta ahora.
 
Más allá de esto, no sé cuánto valor se pueda otorgar a las palabras de una persona a la que el gobierno turco declaró, en enero de 2010, incapaz de cumplir el servicio militar que tenía pendiente, por inestabilidad mental. Del mismo periodo son esas otras declaraciones donde proclama el fin del mundo y se autodenomina el «Cristo eterno» (véase «», ReligionenLibertad.com, 18.01.2010).
 
Es comprensible que después de dos décadas en la cárcel se tenga que vivir de algo y recurrir a lo disparatado para llamar la atención.
 
Recordé aquel texto de Juan Vicente Boo en el ABC español del 10 de enero de 2010 (una semana antes de que saliera de la cárcel): «Ali Agca siempre ha vivido del crimen, y piensa seguir haciéndolo en cuanto salga de la cárcel. El asesino a sueldo que estuvo a punto de matar a Juan Pablo II el 13 de mayo de 1981 es un experto en hacerse publicidad y espera ahora rentabilizar su «hazaña» con el cálculo de que los criminales famosos cotizan bien en la televisión basura y en diarios amarillos de medio pelo. Tras su liberación, prevista para el próximo 18 de enero, Agca (50 años) sueña con convertirse en «famoso» a costa de sus crímenes: «famoso» dispuesto a cobrar por actuación. Incluso sueña con una película y con cerrar contratos por varios millones de dólares».