Aquel amigo del profesor Ratzinger reunió a su grupo para hacer un balance de su viaje a la iglesia holandesa de los años 70. Ni que decir tiene que esperaban con ansia su valoración, no en vano Ratzinger le tenía por observador preciso. “Nos habló de todos los fenómenos de descomposición de los que ya algo habíamos oído: seminarios vacíos, órdenes religiosas sin vocaciones, sacerdotes y religiosos que grupalmente daban la espalda a su vocación, la desaparición de la confesión, la dramática caída de la frecuencia de asistencia a Misa, y así sucesivamente. Naturalmente fueron descritos también los experimentos y las novedades que no podían, a decir verdad, cambiar nada de las señales de decadencia sino que, más bien, las confirmaban.”

Era una narración objetiva, descriptiva. La palabra descomposición no enjuiciaba, describía. Los del grupo escucharon todo en un previsible silencio expectante. Una tras otra las descripciones eran presentadas con precisión de orfebre. “Señales de decadencia”, pensaba el profesor Ratzinger, a medida que escuchaba el relato. Pero su asombro no estuvo sólo en lo que se le fue narrando, sino en las valoraciones que después se hicieron.

La verdadera sorpresa del balance fue, sin embargo, la valoración conclusiva: a pesar de todo, una Iglesia grandiosa, ya que no había pesimismo por ninguna parte, todos iban llenos de optimismo al encuentro del futuro. El fenómeno del optimismo general hacía olvidar toda decadencia y toda destrucción, y bastaba para compensar todo lo negativo.”

¿Acaso no nos es familiar esta descripción? La sociedad actual vive empapada de este optimismo, y en nuestra patria más si cabe, a pesar de una crisis económica de la que no se ve pronto final. Se viven auténticos dramas humanos, pero se respira optimismo antropológico. E inmersos de este optimismo mayestático la valoración de la fe es igualmente positiva. La fe declina en España, pero el leitmotiv es continuo: “Todo está bien”, “vamos por el buen camino”.

Fue no hace mucho, hablando con un sacerdote de cierto prestigio por sus muchas publicaciones, cuando ante mi queja de la situación de evidente frivolidad de vida de muchos católicos me respondió inmerso de ese optimismo global: “La iglesia en España es como un submarino que ha iniciado la subida a la superficie tras tantos años sumergiéndose”. No quedó ahí la cosa. La superficialidad en la que se vive en la actualidad, la frivolidad de la que hacemos gala, le parecía signo de los tiempos, de los buenos tiempos diría. “Todo estaba bien”. Y no era un sacerdote abandonado, sino amante de su ministerio y vocación. Hoy me pregunto si le habrán sorprendido las palabras del Papa en el avión de camino a Santiago de Compostela.
 

 “Es verdad que en España ha nacido una laicidad, un anticlericalismo, un secularismo fuerte y agresivo como lo vimos precisamente en los años treinta, y esta disputa, más aún, este enfrentamiento entre fe y modernidad, ambos muy vivaces, se realiza hoy nuevamente en España.”

Y si a alguien no han sorprendido tales palabras ha sido al abad del Valle de los Caídos. Hoy, en la homilía de la persecución, ha sido claro: vivimos tiempos difíciles para la fe en España y el testimonio de los mártires debe servirnos de estímulo frente a la adversidad. Ayer mismo celebrábamos la memoria de los mártires españoles del siglo XX. En el avión de venida, el Santo Padre Benedicto XVI dijo ayer que España está sufriendo una ofensiva laicista muy semejante a la de los años 30. Vosotros mismos lo podéis contemplar hoy en esta celebración, que a mí me recuerda a las misas del Beato mártir Jerzy Popieluszko en la Polonia de los años 80.


Quien lo dice sabe de que habla, pues es el mismo abad de la comunidad benedictina perseguida con escarnio y dolo por el gobierno socialista de Zapatero. Para el abad del Valle de los caídos las palabras del Papa evidenciaban una realidad notoria. La valoración de España que ha hecho el Papa no admite resquicio para la suavización: está presente un secularismo fuerte y agresivo similar al de los años 30. Es decir, son tiempos difíciles para le fe. ¿No era justo lo contrario de lo que decía mi sacerdote? Sin duda alguna. Para éste –y desgraciadamente no era caso excepcional- “todo estaba bien”. ¿Por qué esas diferencias de juicio entre uno y otro sacerdote, entre mi optimista clérigo y mi no tan optimista abad? ¿No aman igualmente a la Iglesia? ¿No aman igualmente a su país? ¿Acaso uno y otro no llevan años de servicio al Señor? ¿Qué les diferencia? La respuesta es simple: su visión escatológica. Uno ve la iglesia particular, su iglesia particular, como ya ganada, como una heredad inmutable, y el otro –el abad- como una heredad que puede serle quitada y por la que debe luchar.

Sepamos también mostrar nuestra firmeza, porque el Señor está con nosotros y tenemos que defender su heredad, de la que forman parte las iglesias y los lugares de culto.” Ha dicho el abad.


Las persecuciones a las que está siendo sometida su comunidad este último año ayudan a evidenciarlo. Pero no es la clave. La clave, la piedra filosofal es la correcta valoración escatológica de las cosas. La fe no es una conquista inmutable, es una lucha continua, y si no se cuida, se pierde lo conquistado. Las iglesias particulares son espacio para esa fe, y por tanto, no son inmutables. Pueden desaparecer. Y cuando realidad y valoración van por senderos diversos, la ruptura es sólo cuestión de tiempo. Llega un momento en el que la iglesia combatida por difíciles tempestades, al perder el sentido de batalla, busca las comodidades en la connivencia con el poder. Se piensa que negociando con el mal, se llegará a un acuerdo favorable y asumible. Hoy el abad del Valle ha sido explícito:
 

Es preferible una Iglesia  mártir −y recordemos que la palabra mártir significa “testigo”− que una Iglesia connivente con el mal por temor a perder un bienestar temporal. A medio y largo plazo, la Iglesia que realmente pervivirá será la primera.”

Sólo la economía ha preocupado a nuestros connacionales, el cambio de sociedad, la persecución de las conciencias, su perversión, no se percibe o no preocupa. Y dentro de la misma iglesia las voces son mayoritariamente optimistas. “Estamos remontando la situación”, dicen, pero el alma se apaga.  Y aún habrá quien diga que aunque se pinte de negro, España es una nación privilegiada, con una catolicidad histórica y presente envidiable, o cuanto menos incomparable, más o menos lo que quiso dejar entender ayer el periodista en el avión camino de Santiago, “¿Acaso no es España una nación privilegiada al ser la única que recibe 3 visitas del santo Padre?” Y el Papa ha dado razón del porqué de esos tres viajes organizados:
 

La primera visita fue el gran encuentro internacional de las familias, en Valencia: ¿cómo el Papa podría estar ausente si las familias del mundo se encuentran? El próximo año tiene lugar la JMJ, el encuentro de la juventud del mundo en Madrid, y en esa ocasión el Papa no puede estar ausente. Y finalmente tenemos el año santo de Santiago, y la consagración después de más de cien años de trabajo de la catedral de la Sagrada Familia de Barcelona. ¿Cómo no podía venir el Papa?

Pero esto era sólo dar razón del porqué de las 3 visitas. Más adelante, y de modo algo más sinuoso, ha respondido del porqué de su preocupación para con España, hasta el punto de requerirle 3 visitas pastorales. Y es que para el Papa hoy España es foco de la disputa entre fe y laicidad.
 

“España era siempre, por una parte, un país originario de la fe. Pensemos que el renacimiento del catolicismo en la época moderna ocurrió sobre todo gracias a España. Figuras como san Ignacio de Loyola, santa Teresa y san Juan de Ávila, son figuras que han renovado el catolicismo y conformado la fisonomía del catolicismo moderno. Pero también es verdad que en España ha nacido una laicidad, un anticlericalismo, un secularismo fuerte y agresivo como lo vimos precisamente en los años treinta, y esta disputa, más aún, este enfrentamiento entre fe y modernidad, ambos muy vivaces, se realiza hoy nuevamente en España: por eso, para el futuro de la fe y del encuentro -¡no el desencuentro!, sino encuentro- entre fe y laicidad, tiene un foco central también en la cultura española. En este sentido, he pensado en todos los grandes países de Occidente, pero sobre todo también en España.

Todos los intentos por dormir el alma católica tienen en España su centro. Y aún así costará que muchos entiendan que las políticas de connivencia con el mal deben terminar y que se debe empezar una auténtica y valiente defensa de la fe, pues de lo contrario se apagará. La primera batalla, por importancia, es la Educación para la Ciudadanía, los módulos de perversión sexual y los crucifijos en las escuelas. Al menos el Papa ha dejado fuera las medias tintas y ha llamado a esto “secularismo agresivo”. ¿Tomarán nota nuestros conniventes obispos, o  acaso nuestra connivente FERE? Al menos ya sabemos que no son tiempos de ingenuidad.



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