Con motivo de la denuncia del caso Sucunza, (¿lo trasladan a otra diócesis, en calidad de qué?) me llegan referencias de otros clérigos de alto rango, en conjunto una aterradora evidencia de la corrupción que campea en la Diócesis Primada de la Argentina.

Por distintas vías de comunicación, después de un tiempo de expectativa silente por parte de muchas de las víctimas de este estado de cosas, van revelándose detalles de otras situaciones que involucran a las más altas instancias arzobispales.

Como dijimos, esto es la punta de un iceberg. Lo que está sumergido (no “tan” sumergido, porque hay demasiadas personas que lo saben) es mucho más grave que el adulterio de un sacerdote promovido a obispo (y presumiblemente reincidente en el amancebamiento, después de recibida la dignidad episcopal).

Los datos que recibimos y por ahora reservamos, siguen este patrón:

- Promoción de los más indignos en todas las áreas de responsabilidad (gente con “pasado”, seguro recurso para  la manipulación.)

- Asignación de “misiones sucias” a los más comprometidos: en general relacionadas con negocios, muchos de ellos de carácter inmobiliario.

- Persecución de las comunidades religiosas que se resisten a ser desalojadas.

 

El Club Europeo realiza fiestas en el Convento de San Francisco en Buenos Aires, con la connivencia del Arzobispado. 


La Iglesia de la Arquidiócesis de Buenos Aires posee bienes valiosísimos, que en general forman parte del patrimonio histórico, que no solo se pretende dedicar a actividades profanas, sino además enajenar, principalmente por su exhorbitante valor inmobiliario. Los precios de ciertas parcelas, que por su tamaño y ubicación geográfica constituyen excelentes lugares para emprendimientos inmobiliarios, en muchos casos se equiparan a los de grandes ciudades europeas y americanas.

El problema es que sobre esas parcelas suele haber conventos, iglesias, casas religiosas, etc. Y los que operan estos trabajos sucios para que los edificios queden libres y realizar las operaciones inmobiliarias son altos personajes, algunos de rango episcopal, que asocian su carácter de fríos ejecutores de desalojos (por abuso de autoridad o bien haciendo “la vida imposible” a las comunidades religiosas o a los defensores de estos lugares cuando ya no tienen comunidades que los habiten) digo, asocian a esta actitud de Shylocks, con una casi siempre aparejada corrupción de orden moral sexual: parece que ambas cosas no pueden separarse a fin de lograr un eficaz sistema de lealtades. (Un hecho público comprobable y reiterado, las fiestas en el Convento de San Fancisco, y un cierto acoso empresarial para hacerse de la propiedad, ya denunciado por nosotros: ver "¿Qué demonios es esto?")

La duda es: ¿nadie apela a Roma? Pues sí, hay muchas causas misteriosamente detenidas por influencia de un cardenal romano de origen esloveno, ya en edad de retiro, pero poderoso a la hora de brindar protección.

Estamos investigando estos temas, y cada dato que recibimos nos abisma más en el horror.

Ciertamente, la corrupción de lo mejor produce lo peor.  Pero la sufrida patria argentina merece un acto de conmiseración de la Santa Sede. Debe intervenirse la cabeza principal de esta hidra de corrupción, cuyo ejemplo se calca en muchísimas diócesis del interior del país, provistas con frecuencia por auxiliares salidos de la diócesis primada.

Negocios, sexo (pro y contra natura) y persecución de los pobres y débiles: buena fórmula para que los periódicos de izquierda de la Argentina hagan su agosto. Y sin embargo guardan un “piadoso” silencio. ¿Qué pacto los une para que se cuiden mutuamente las espaldas?

¿No hay aquí un “misterio de iniquidad”?