Soy consciente de que esta es una de las reflexiones más peregrinas que uno se puede hacer mientras monta en bicicleta por la Casa de Campo al atardecer. De hecho es poco aconsejable que escriba esto, pues no creo que me sirva para ganar amigos, y para más inri, no es el post que pensaba escribir cuando llegara a casa.

Apenas recién llegado de Santo Domingo, un país donde muchas de las comodidades que a nosotros nos parecen básicas son sólo privilegio de unos pocos, es inevitable sentirse impactado de alguna manera por el cambiazo que supone estar de vuelta por España.

En mi caso experimento por un lado un cierto alivio, pues vivir allí es trabajoso en todos los sentidos que uno se pueda imaginar, y llegar aquí es descansar en la comodidad que supone una sociedad donde las cosas funcionan razonablemente bien y, con o sin crisis, hay un evidente bienestar material.

Por otro lado, no dejo de pensar con una cierta conciencia culpable, en lo mal repartido que está el mundo, y el privilegio que es vivir donde vivo.

Pero aunque tirando del hilo podría ponerme a hablar de las diferencias entre el Primer Mundo y el resto del mundo, de las desigualdades entre países, y de temas sociales que a muchos les sonarían a Teología de la Liberación y discusiones pretéritas, la verdad es que anoche mientras montaba en bicicleta no podía parar de  preguntarme cuánto de lo que tenemos los cristianos es superfluo.

Creo además que este es un problema universal, ya sea en Latinoamérica, en Europa, o en la Conchinchina, el hecho es que tendemos a apegarnos a nuestras riquezas, aunque la medida de riqueza varíe de un lugar a otro.

Y el problema no es otro que el que Jesús nos recordaba en la lectura del domingo pasado, que “no se puede servir a Dios y al dinero” (Mt 6,24-34), por lo que si el cristiano quiere servir a Dios, no es indiferente el tema de los bienes materiales.

En muchas ocasiones he oído decir que una persona no está evangelizada en el fondo hasta que su bolsillo no lo está, y conozco admirables ejemplos de personas que dan de lo que tienen y de lo que no tienen, poniendo sus bienes y sus personas al servicio del Reino de Dios.

Como en el caso del protagonista de la película, La Lista de Schindler, tenemos que ser conscientes de que la entrega y la generosidad es un proceso personal, con sus fases de crecimiento, con sus éxitos y sus fracasos, y no podemos caer en fáciles demagogias más o menos politizadas que quieren caricaturizar a los ricos de malos y a los pobres de benditos.

El genial Spielberg nos muestra cómo el protagonista, Óscar Schindler, se va paulatinamente haciendo consciente del uso que puede dar a su riqueza y su talento, en la medida que empieza a salvar gente.

Miren en este link el final de la película donde podemos verle lamentándose amargamente al mirar sus pertenencias, haciendo un cálculo de las personas que habría podido salvar si “hubiera ganado más, si no hubiera despilfarrado tanto”. Su fiel contable judío, le dice que ha hecho mucho, y él insiste “no he hecho lo suficiente” y se vuelve hacia su coche “este coche, ¿quién lo habría comprado? ¿por qué me lo quedé?, habría salvado a otros diez, ¡diez personas!...podría haberlo hecho y no lo hice”.

 Anoche algo se me revolvía por dentro pensando en lo alegremente que se compra coches la gente que puede, y las mil razones que cada cual tiene para justificar el gasto, desmedido en muchos casos, que se hace.

Creo que el tema del coche es paradigmático, porque uno se puede gastar cualquier cantidad en el mismo - los hay que valen dos reales y los hay que valen lo que una casa- y en todos los casos va a cumplir la misma función: llevar a la gente de un lado a otro.

Por supuesto que hay otras consideraciones a tomar en cuenta, que cada cual tiene que discernir: representatividad, eficiencia, espacio, seguridad, etc, etc.

Lo curioso es que cuando uno lo compra, tiende a comprar el coche más caro que puede permitirse, y llenarse de justificaciones sobre por qué lo ha hecho, a la vez que siente esa satisfacción consumista que experimentamos todos cuando poseemos algo que deseamos… aunque a los tres días, cuando ceja el embrujo de la compra nueva y nos acostumbramos a la poseído, nos demos cuenta de que no nos va a dar la felicidad y empezamos a pensar en lo siguiente que compraremos.

Perdonen el desahogo y está crítica generalizada, que me aplico a mí mismo el primero en todo a lo que consumir se refiere. Que conste que el post no va dirigido a un buen amigo que me lee que se compró una flamante ranchera hace poco, con el ánimo de llevar cuantos más chavales de su club apostólico en la misma, pese a mis intentos de minarle la moral antes de que lo hiciera.

Está claro que el tema no se trata del coche que cada cual use, ni de la casa, ni de los bienes materiales, que son necesarios, dan gloria a Dios, y pueden usarse de una manera maravillosa sin comprometer el cristianismo que profesamos con los labios.

 Se trata de dónde se pone el corazón y hasta qué punto los cristianos sin darse cuenta, piensan como la gente de este mundo, y se dejan contaminar de criterios, modas, convenciones sociales y servidumbres varias, que además de injustas porque crean desigualdad, encadenan y nos hacen pecar por omisión .

Me imagino a Óscar Schindler contando los judíos que podría haber salvado comprándose un coche más barato, y hoy en día quizás podríamos evitar una conciencia laxa si junto al precio de cada coche se nos dijera, por ejemplo, cuántos niños podríamos apadrinar en África con lo ahorrado en la mensualidad que tuviéramos que pagar.

¿Se imaginan que maravillosa inversión para el cielo?:

TOYOTA    xxxx  - 125 Euros al mes y 10 niños africanos becados para estudiar un año.

CITROEN xxxx - 200 Euros al mes y 20 personas vacunadas en Africa al mes.

HYUNDAI  xxxx  - 275 Euros al mes y 8 niñas libres de la esclavitud sexual en Asia.

RENAULT xxxx - 350 Euros al mes y 5 seminaristas estudiando en Latinoamérica.


Obviamente la medida es subjetiva y
al que se le dio mucho, se le pedirá mucho” (Lc 12, 47-48)  y cada cual se tiene que hacer sus cuentas delante de Dios, y sería muy injusto pretender juzgar a los demás sólo por lo que vemos o por el coche que tengan.

Los paganos que postulan cosas como la ecología moderna, pese a sus contradicciones, lo tienen muy claro con el tema de la comida orgánica y el consumo responsable de energía. Por todas partes veo en Estados Unidos gente que casi ha hecho una religión del hecho de comer comida orgánica, el comercio justo y el uso de coches híbridos para salvar el medio ambiente y la humanidad de la explotación  y el deterioro.

No digo que tener estas cosas por religión esté bien, pero desde luego esta gente, que no cree, se siente responsable ante el mundo y la humanidad de lo que come, lo que gasta, dónde lo compra, a quién lo compra, y la contribución que pueden hacer con su pequeño grano de arena.

Creo que los cristianos tendríamos que atrevernos a un poco más de responsabilidad, de radicalidad y de depuración de nuestra economía. Desde la viuda con su óbolo, hasta el más hacendado con sus donaciones, pasando por los mismos eclesiásticos.

Ejemplos tenemos muchos. Yo tengo amigos médicos que dedican sus vacaciones a ir a África; he conocido gente que da los beneficios completos de alguno de sus negocios; conozco muchos que diezman en sus comunidades y familias ejemplares en su austeridad a pesar de su abundancia de bienes.

No es algo infrecuente encontrar gente así en la iglesia que vivimos; y si no, que se lo pregunten al director de Radio María, que bien sabe de los óbolos que tantas viudas dan, quitándose de lo que tienen para el sostenimiento de una obra de evangelización como es la emisora.

El tema es difícil, y probablemente no saldré bien parado con él, pero creo que merece la pena recordarlo de vez en cuando, aunque me tachen de quijotesco, revolucionario, inflamatorio o de juzgar a los demás; conste que yo no me libro de la crítica que este post contiene, pues estoy muy lejos de tener mi bolsillo evangelizado.