Mal está haber negado durante todo un año la que se venía encima, vendernos que estábamos en la Champion League de esto y de lo otro, o que la crisis sólo era para los demás o un invento de la oposición... Pero aún hoy que ya han reconocido la situación, -¡sólo faltaría!- los que entonces mintieron siguen mintiendo cuando nos dicen que España no es sino víctima colateral de lo que otros han hecho mal allende nuestras fronteras, si es en Estados Unidos tanto mejor, y niegan la verdadera naturaleza de nuestra crisis. Al hacerlo así, introducen un diagnóstico erróneo que, como todo diagnóstico incorrecto, impide la aplicación de la terapia adecuada.

             Y es que la crisis española, por el contrario de la crisis internacional que es una crisis financiera, es una crisis de productividad, derivada de varios hechos entre los cuales los siguientes:
 
-         La hipercotización de la que constituye su divisa: sin entrar en las ventajas que a España le reporta estar en el euro, no les quepa duda de que de no estar ya habríamos devaluado la moneda en un 30% como en 1992 o incluso en más.
-         Una balanza de pagos enferma, la más deficitaria del mundo en términos relativos.
-         Un cúmulo de ineficiencias entre las cuales las rigideces del mercado laboral y del de la distribución, o las producidas en una actividad con implicaciones económicas tan ciertas como silenciadas cual es la de la administración de justicia.
-         Una serie de prejuicios ideológicos lastrantes, así v.gr. los que castigan el mercado energético español, con el sobredimensionamiento de energías tan ineficientes como las llamadas renovables y el arrinconamiento de la nuclear.
-         Una administración periférica derrochadora, descoordinada, ineficaz, amén de ideologizada y desleal, lo que también tiene su traducción en términos económicos.
-         Un sistema educativo considerado entre los peores del mundo (informe PISA), que ha conseguido cotas insospechadas de fracaso y deserción escolares, que impide el tan cacareado aterrizaje en el sector del I+D+I y amenaza con prolongar la crisis durante por lo menos una generación más.
-         El sobrecoste que para la economía española representan los pagos que un Gobierno poco patriótico realiza -a sindicatos, a autonomías, a funcionarios, a los más pintorescos colectivos- en aras de lo único que le interesa, a saber, su perpetuación en el poder.
 
            Por no diagnosticar bien –cosa que cabe atribuir tanto a la supina ignorancia de los que lo componen como a su no menos supino afán de retener el poder-, el Gobierno ha errado en sus políticas contra la crisis. En particular, ha gastado a manos llenas cuando menos había para gastar, confundiendo la inversión productiva (por ejemplo en centrales nucleares), única que puede aliviar la crisis española, con el gasto público indiscriminado –¡que en plena crisis estemos haciendo jardincitos o encalando cementerios a costa del erario público!-, y llevando el presupuesto español a un déficit que se anuncia del 10%, cuando hace sólo dos ejercicios estaba en superávit.
 
              Así las cosas, no deja de ser paradójico que llegados a este punto, la solución pase por gravar las rentas de los que, comportándose con la responsabilidad que requería el momento, han hecho exactamente aquello que no hizo el Gobierno, a saber, ahorrar. Se demuestra que votar Zapatero se paga. Literalmente.