En el último XL Semanal leo una entrevista a Ashton Kutcher, un tipo joven pero con una meteórica carrera en el mundo empresarial. Dicen que es una de las cien personas más influyentes del mundo. En el mundo de Internet pesa mucho su influencia. Y los medios se rifan su figura, que siempre llena páginas de papel cuche.
            ¿Por qué lo traigo a mi Blog si tiene poco que ver en el campo de la fe? Porque me han llamado la atención esas siglas escritas en la pizarra de su despacho: ICEE. Es decir: inspirar, conectar, educar y entretener. Las consignas que le han llevado al éxito. A nuestro estilo evangelizador es posible que muchas veces le falte un poco más de inspiración. Y la tenemos de sobra en el Libro inspirado, la Biblia, fuente de nuestra doctrina revelada. La evangelización nueva a la que nos llama Benedicto XVI ha de estar fundamentada en la Sagrada Escritura, que junto con la Tradición nos facilitan la Verdad de Dios de mano del Magisterio. La Palabra de Dios es la que realmente llega al corazón. No hay que irse lejos de la Biblia si queremos llegar a la mente y al corazón.
            Hay que conectar con el mundo de hoy. La publicidad lo sabe bien. Lo nuestro no es publicidad, pero sí es proponer la Verdad con un estilo creíble. Jesucristo conectaba con las masas y con cada uno de los que le escuchaban. Es verdad que es el Maestro insuperable, pero necesariamente su estilo ha de ser el nuestro: orar el mensaje a proponer; fe absoluta en la doctrina predicada y explicada; cuidar el lenguaje para ser entendidos; hablar con la mente y el corazón; utilizar ejemplos (parábolas) que adornen con imágenes vivas la teoría; intentar vivir lo que se ofrece; caminar al paso del más débil; y dar la vida por el ideal presentado. Cuando la doctrina no es clara, el lenguaje es ininteligible, y falta unidad de vida, el oyente desconecta, agarra el ”mando a distancia” y cambia de canal. El anuncio, como la publicidad, ha de ser concreto, conciso, bellamente presentado, constante, moviendo la voluntad a favor del “producto”.
            Debemos educar. Y esta tarea no se ha de confundir con instruir. En los colegios se cae en este error. Los alumnos salen más instruidos, pero muy poco educados. Parece que a los padres lo que le interesa es que sus hijos sepan mucho, pero no les importa tanto que sean  más y mejor. En la Evangelización podemos quedarnos en la instrucción doctrinal, pero sin catequesis. Es decir, sin un proceso de conversión. Si no hay educación cristiana no hay cambio, no hay vivencia, no hay realmente cristiano en serio.
            La doctrina no ha de ser nuca aburrida. Entretener quiere decir hacer agradable la fe. El Señor nos quiere alegres. La gente, y entre ellos los niños, le  entendían. Estaban a gusto escuchando, hasta el punto de olvidarse de comer en un descampado. Si la predicación, o la enseñanza, son aburridas quiere decir que no es auténtica. A los espectadores les entretienen los buenos anuncios. Y la publicidad busca precisamente que no nos marchemos cuando se hace dueña de la pantalla. Con Dios hay que pasarlo bien. El cristianismo es la religión del gozo, porque seguimos a un Cristo Resucitado. Juan Pablo II era un Papa profundo y divertido. Benedicto XVI llega a todos con su teología digerible y emocionante. Los jóvenes saben bien a quien siguen. Un santo que movía a masas es san Josemaría Escrivá, porque su predicación, generalmente en forma de tertulias familiares y amables, entusiasmaba a todos. Y lo siguen haciendo en su versión cinematográfica.
            No estaría mal que en la “pizarra” de nuestros despachos, aulas, templos y “pulpitos” escribiéramos con letras bien claras: ICEE. La nueva Evangelización lo necesita.
Juan García Inza