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San Alfonso María de Liguori. Amador de María.

"Sonreía espléndidamente por que era un santo", dijo de él Juan Pablo I.

Ramón Rabre

1 agosto 2015

San Alfonso María de Liguori. Amador de María.
Imagen relicario de San Alfonso.
San Alfonso María de Liguori, obispo, fundador, Doctor de la Iglesia. 1 de agosto.

Nació en Marianella, pequeña villa de cerca de Nápoles, el 27 de septiembre de 1696. En la casa de los Liguori hay una explosión de gozo: Don José y Doña Ana, su esposa, casados en la primavera del año anterior, abrazan a su primer hijo. Se cuenta que un amigo de la familia, un jesuita, San Francisco de Jerónimo (4 de mayo), profetizó en su cuna: “Este niño vivirá mucho, llegara a anciano, no morirá antes de los 90 años. Será obispo y hará grandes cosas por Dios”. Todos señalan las dotes del niño. Sus padres velarán para que fructifiquen. Confían su hijo a un preceptor escogido entre los mejores. Gaetano Greco le enseña la música; Solimena, el último gran maestro de la pintura barroca napolitana, lo inicia en el manejo de los pinceles y el secreto de los colores. A los 12 años entra en la Real Universidad de Nápoles. A los 16 años y medio recibe el título de doctor en Derecho Civil y en Derecho Eclesiástico. Por añadidura lleva consigo todo un nombre: a los 14 años recibe la espada de plata de los caballeros y en adelante participara en la gestión de los asuntos municipales.

A los 20 años, es elegido como juez para toda la ciudad. Caballero, juez, abogado, ocupa su lugar en los rangos mas elevados de la sociedad. Igualmente es un hombre universal: versado en literatura, matemáticas, física, astronomía y filosofía, sin olvidar las bellas artes. Escribe poemas, dibuja con talento, pinta cuadros de Cristo y de la Madonna y en todo se ve el artista seguro de su oficio. Pero en música, escribe Rey-Mermet, tendrá: “la categoría de un maestro reconocido quien deja sembrados sus poemas y melodías en el folklore del pueblo mas cantador del mundo…”. Incluso, pasados los 60 años, compondrá un Duetto para voces y cuerdas que se editaría en Viena, Paris y Roma. Su música se encuentra grabada en discos, en programa de conciertos, pasa por las ondas de radio, y de pronto sale a la superficie en la melodía de algún film. Y todo discretamente, a veces sin “firma”, pero es él.

Desde muy niño, en las rodillas de su Madre, aprendió a rezar, a amar a Jesús y a María, los dos grandes amores de su vida. Ya adulto, a los 18 años su padre lo lleva en su compañía a un primer retiro cerrado. Muy pronto toma la costumbre de visitar cada día al Santísimo Sacramento y a la Virgen María. Para ese tiempo de oración escoge la iglesia donde esta expuesto el Santísimo Sacramento, y terminada su adoración va a otra iglesia a rezar a la Virgen. De joven, elige ser apóstol laico. En 1722 se compromete por el voto al “celibato por el Reino”. Tomando en serio las palabras de Cristo al joven rico, renuncia explícitamente a su derecho de primogenitura en favor de su hermano Hércules. Alfonso se da, se da a Dios y a los hombres, sus hermanos.

Con sus amigos:
San Alfonso tiene amigos en su vida que cuentan y mucho. Ante todo son sus amigos fieles, compañeros de oración con quienes se encuentra cada tarde en la hora de la oración ante el Santísimo Sacramento; también, compañeros de retiro los que reúne cada mes para un día de retiro donde hay tiempo de reflexionar, compartir, orar y cantar juntos; mas tarde, algunos llegarán a ser sus compañeros de misión. También Alfonso ama la vida: en los tiempos libres le gusta jugar a las cartas, adora el teatro y sobre todo la música. Pero no piensa solo en él. Piensa en los demás y muy pronto se compromete en una asociación: primero, la de los jóvenes nobles, después, en agosto de 1715 al tener terminado los grados de la abogacía, entra en la de los doctores. Esta asociación se había asignado como tarea apostólica la visita y la atención de 300 enfermos en el Hospital de los Incurables: “Allí se dirigía varias veces por semana, -escribe el Padre Berruti- y se afanaba en hacer las camas, cambiar la ropa, preparar los remedios, secar las llagas, dar a los enfermos todos los servicios que podían necesitar sin dejarse arrendar por la hediondez, las náuseas o por las groserías de los mismos enfermos. A estos oficios se dedicaba con una alegría espiritual y un tal respeto que visiblemente era Jesucristo a quien servía y honraba en la persona de estos miserables”.

Abogado:
A los 18 años es un abogado en pleno ejercicio de su profesión realizándola con competencia y conciencia. Pronto su reputación traspasa las fronteras del Reino: se le considera como el mejor abogado de Nápoles. En el año de de 1723 cuando el duque Orsini di Gravina le confía sus intereses contra el gran duque de Toscana, Cosme III de Médicis; nunca ha perdido un proceso. Minuciosamente ha estudiado todos los detalles del expediente: una historia antigua, complicada. Un asunto en el que va de por medio grandes sumas de dinero: cerca de 600 000 ducados, una puesta en juego de enormes cantidades. Su convicción está formada: tiene la certeza, confirmada por la opinión de eminentes juristas, del pleno derecho de su cliente. Lo defiende con una elocuencia y un ardor redoblado. Los adversarios replican en sentido contrario. Al fin el veredicto del tribunal cae sobre Alfonso como una puñalada. El presidente del tribunal aparentemente amigo de Alfonso y su familia, le niega la razón. Infamia brutal: no son los argumentos de la parte contraria los que lo han influenciado. A ese veredicto no fueron ajenos bajas presiones políticas y los más viles sobornos. En suma, en este asunto la amistad ha sido traicionada y el recto derecho, pisoteado. Como un desquite de su más noble indignación, Alfonso deja escapar estas palabras: “¡Mundo, te conozco! Adiós tribunales!”. Sale Alfonso furioso, indignado. De regreso al palacio de su padre se encierra en su cuarto, rechaza visitas y alimento. Al fin, después de tres días, a las llamadas de su madre, abre la puerta. Sale, pero ya es otro hombre. Unos días después, se festeja en la corte el cumpleaños 32 de la emperatriz de Viena, esposa del soberano de las Dos Sicilias, el emperador Carlos VI. En la ciudad el regocijo popular se desborda por doquier. Alfonso esta invitado a la corte. Se niega.

Entrega a Cristo:
Ayer ha despedido a su clientela; hoy se dirige al Hospital de los Incurables en donde desde hace años lleva a cabo su solícita entrega. Allí el Señor lo espera. Al terminar su servicio con los enfermos, lo rodea una luz y en su corazón se deja escuchar una voz: “¡Alfonso, deja el mundo! ¡Entrégate a mí!”, “Aquí estoy, Señor. Demasiado tiempo he resistido a tu gracia. Haz de mi lo que te plazca”. Y de aquí el joven caballero va a la iglesia de la Redención de los Cautivos, dedicada a Nuestra Señora de la Merced. Después de orar ante la Madonna, el joven Alfonso se entrega enteramente al Señor: para subrayar su compromiso, se levanta, saca su espada de caballero y la deposita en el altar de la Virgen. Era el 29 de Agosto de 1723. Nunca olvidará Alfonso ese día: toda su vida la considerará como el de su gran conversión. Jamás volverá a Nápoles sin hacer una visita a su bienhechora: “Ella es - dirá un día mostrando la imagen de Nuestra Señora de la Merced - quien me libró del mundo y me hizo entrar en el estado eclesiástico”.

Apóstol y sacerdote:
En 1723 toma la sotana y sigue en calidad de externo, como se acostumbra en esta época, los cursos del Seminario Mayor de Nápoles: formación intelectual, espiritual y también pastoral. Prosigue con sus compromisos con los enfermos con los que sigue visitando y cuidando regularmente. Entre los grupos de trabajo practico de pastoral, propuesto por el Seminario, escoge el de las “Misiones Apostólicas” organizadas por los sacerdotes de la diócesis. Así, en noviembre de 1724, toma parte en su primera misión, la de San Eligio, en los barrios bajos de Nápoles. El año siguiente entra en la asociación de “Santa María Sucurre Miseres” cuya sede se encontraba en la capilla del Hospital de los incurables. Su finalidad era asistir espiritualmente, a los condenados a muerte, y materialmente, a las familias que dejaban. El sábado 6 de abril de 1726, es diácono; y el 21 de diciembre del mismo año, sacerdote.

Una vez sacerdote, -escribe Tannoia, su amigo y biógrafo-, Alfonso ocupaba la mayor parte de su tiempo al barrio donde vive la hez del pueblo napolitano. Su alegría consistía en encontrarse así en medio de la chusma, (los llamados “lazzaroni”) y de otros pobres cuya única profesión era la de su miseria. A ellos, más que otros, les había entregado su corazón. Inútil decir que los instruía con su predicación y los reconciliaba con Dios por la confesión. De boca en boca, corre la noticia en ese “medio” y pronto llega al fin de la ciudad. Venían de todas partes; cada vez en mayor número llegaban los criminales… y luego volvían. No solo dejaban sus vicios, si no que se comprometían en la oración, en la contemplación, y en su mente no tenían otra cosa que amar a Jesucristo”.

Conociendo el arzobispo ese trabajo de Alfonso entre los pobres de los barrios bajos de Nápoles, queda maravillado; pone a su disposición todos los oratorios públicos y las capillas de su diócesis. De aquí el nombre de sus reuniones: Cappelle serotine, “Capillas del atardecer”. En efecto, cada tarde, cuando la jornada del trabajo ha terminado para los hombres, jaboneros, barberos, albañiles, carpinteros, porteros y otros, se reúnen en comunidades de creyentes. De este modo se forma así grupos de unas 100 personas por capilla. Alfonso confía la animación de las mismas a los laicos convertidos. Los sacerdotes serian solo asistentes. Para entrar no hay ningún formulario que llenar, ninguna cuota, como tampoco una autorización del párroco o del obispo. Son los laicos responsables los que invitan a otros laicos en el nombre de Jesucristo, alentados por Alfonso. Sin embargo, estos laicos no se contentan con escuchar el Evangelio o explicarlo, si no que lo ponen en práctica y muy concretamente: comparten ayudas y pobrezas, visitan a los enfermos, se restaura la conciencia profesional entre los miles de sirvientes, carpinteros, obreros, artesanos; las ganancias ya no se pierden en juegos y bebidas, y el trabajo reemplaza al robo, etc.

En 1727, Alfonso miembro enteramente aún de las misiones apostólicas, descubre la miseria del abandono de la gente del campo. Tiene en su interior una pregunta y una inquietud lacerantes: “¿Quien va a partir el Pan de la Palabra a estas ´almas abandonadas´ desprovistas de ayuda espiritual, de socorros espirituales?”. Imposible pasar el tiempo interrogándose. A un ritmo rápido prosigue las misiones en la ciudad y en el Reino. Alfonso se entrega a ellas a fondo, pero su salud no resiste. Cae enfermo, muy enfermo. Incluso se llega a pensar en sus funerales de los que logra escapar. Sin embargo, el aviso fue terriblemente grave. ¿Resultado? El médico prescribe un largo e inmediato reposo.

Se acerca el verano de 1730. Los amigos de Alfonso lo invitan a descansar en las alturas que dominan Scala y la bahía de Amalfi. Con sus compañeros sube hasta la cima de más de 1000 metros de altura. Allí se levanta la pequeña ermita de Santa María de los Montes, sitio ideal y panorama espléndido. Pero Alfonso no tiene tiempo para admirar el paisaje: la multitud de la pobre gente de los contornos se pone en marcha hacia la capilla. El descanso de nuestros apóstoles se vino a convertir en una misión permanente y fructífera.

Fundador de una Congregación Misionera:
Varios prelados y Sor María Celeste Crostarosa, quien con su ayuda acaba de fundar una nueva Orden de Monjas (Orden del Santísimo Redentor), le animan a fundar una congregación misionera, y 2 de noviembre de 1732, Alfonso, “seguro de la voluntad de Dios se animó y cobro valor. Haciendo a Jesucristo un sacrificio total de la ciudad de Nápoles, se ofreció a vivir el resto de sus días en medio de aquellos rediles y chozas y a morir junto a los pastores”.

El 9 de noviembre de 1732, se funda en Scala la Congregación del Santísimo Salvador, (la titularidad del Instituto tuvo que cambiar poco después al del ´Santísimo Redentor´, ya que existía una Orden de clérigos regulares del mismo nombre fundados por Santa Brígida de Suecia). Fueron cinco en un inicio, pero poco a poco otros sacerdotes se les unen. En cuanto Alfonso, continúa las misiones en las diócesis vecinas haciéndose ayudar por el clero diocesano reclutado allí mismo. “El único fin de nuestro Instituto -escribe en septiembre de 1733- es la obra de las misiones. Omitiendo esta obra o realizándola mal, el Instituto deja de vivir”.

La Misión Alfonsiana se inspira en las grandes tradiciones: en la misión catequética de adultos y en la misión renovación espiritual. Esta sin embargo tiene su carácter propio. Ante todo, Alfonso no se contenta con evangelizar los poblados grandes; va más lejos, hasta la choza más dispersa. No se limita a predicar acerca de la muerte, el cielo o el infierno; por el contrario, añade un sermón grande sobre la oración y otro sobre la Virgen María. Para el fin de la misión reserva el sermón de la Pasión de Cristo y de su amor por nosotros. Emplea entonces su cuadro de “Cristo en la Cruz” para dar aún más vigor a este sermón de la ultima semana destinada a conducir a los fieles a la conversión. No maneja el temor, si no que convierte con el corazón. “El fin principal del predicador de misión, - escribe -, debe ser en cada sermón dejar a sus oyentes inflamados en santo amor”. Es esencial en sus misioneros predicar la Misericordia de Dios. “Así como el laxismo de los confesores es la ruinas de las almas, el rigor hace también mucho mal, yo condeno también ciertos rigores que no tiene una razón de ser, que destruyen en lugar de construir. Con los pecadores es necesaria la caridad y la dulzura. Es lo que ha hecho Jesucristo, y si nosotros queremos conducir las almas a Dios y salvarlas, no es a Jansenio a quien debemos imitar sino a Jesucristo que es el jefe de los misioneros" escribió Alfonso.

Alfonso Obispo:
En 1761 le nombran para el obispado de Santa Águeda de los Godos. Grande es el desconcierto de Alfonso quien ya por dos veces ha rehusado el obispado de Palermo. Alguien viene entonces a sugerirle: “Pero usted puede rechazarlo”. Al punto Alfonso redacta una carta renunciando al episcopado. Pero Clemente XIII mantiene su orden. Alfonso se somete: será obispo. Un obispo pobre, en una diócesis pobre; un obispo amigo de los pobres. Se cuenta que con motivo de su entronización episcopal, en julio de 1762, su secretario había mandado a preparar una buena comida. Aquello no fue del agrado del obispo: “Don Felice, -le dice-, que Dios se lo perdone. ¡Que cosa ha hecho! Hay tantos pobres que mueren de hambre y nosotros quisiéramos estar bien servidos”.

Emprende la reforma de su diócesis, mientras prosigue dirigiendo su Instituto, Alfonso, obispo misionero, decide una misión general en todas sus parroquias, ya que como el escribe: “el mayor bien que un obispo puede procurar a su diócesis es hacer que sin falta se predique la misión cada tres años”. Se moviliza a todos los religiosos de su diócesis para darla, y al mismo tiempo, con paciencia y energía, comienzan las reformas.

Lo primero, la reforma del clero y el Seminario Mayor, ordenando que su edificio se renueve por su estado lamentable, vela por la elección de los candidatos y la calidad de la enseñanza. Con su firme y bien sentido y su espiritualidad exigente y practica, guía la formación de los jóvenes y construye el porvenir. Consiente de sus obligaciones, despierta a todo su clero para que asuma sus propias responsabilidades frente al pueblo de Dios. Recuerda a los arciprestes y párrocos “la obligación que les incumbe de predicar todos los domingos y todas la fiestas solemnes, según la prescripción del Concilio de Trento, y de predicar de una manera sencilla y popular, adaptada a la clase de su auditorio.”

En fin, las parroquias se reforman, gracias sobre todo, a la acción perseverante de las misiones. Estas, por oleadas sucesivas, van remodelando el rostro de la diócesis. Las visitas pastorales del obispo y su testimonio hacen el resto ya que toda su vida proclama a Jesucristo. Multiplica los gestos de caridad, vende su vajilla de plata, sus mulas, su carroza. Se alza contra toda forma de injusticia y por otra parte no sin tener éxito: cuando el hambre se abatió en el Reino de Nápoles, se constata que la subida del precio del pan en su propia diócesis, tan pobre como las otras, es sensiblemente menor que en el resto del Reino. Igualmente llama a las Monjas Redentoristas de Scala para que funden en Sta. Águeda de los Godos: ellas serán, por así decirlo, el núcleo firme de la vida contemplativa de su ciudad episcopal y en toda la diócesis.

Por la pluma evangeliza su diócesis y el mundo entero. El horizonte de Alfonso no se limita a las fronteras de su diócesis o a los miembros de su Congregación. Es obispo de Sta. Águeda de los Godos, y también lo es para el mundo entero. Mantiene con la pluma una larga correspondencia. A petición de un obispo no duda en escribir incluso a los cardenales en 1774: “Ante todo, yo quisiera que el futuro Papa escogiera, entre los sujetos que le serán propuesto para cardenales, a quienes son mas doctos y al mismo tiempo mas celosos de los intereses de la Iglesia. También a mi parecer seria necesario proscribir el lujo de los prelados de quienes principalmente depende de la religión de los pueblos y la salvación de las almas. Por tanto, será necesario estar atentos cuando se trata de nombrarlos, informándose de diversas partes si los candidatos reúnen, junto con las costumbres íntegras, la ciencia necesaria para gobernar una diócesis”.

El Escritor:
Antes de su episcopado Alfonso había escrito de 51 obras y todavía antes de su muerte escribiría otras 60 más. Sí, San Alfonso es el hombre de los medios de comunicación. Escribe como predica, es decir, para que todos lo comprendan. Este es el secreto de su éxito. Alfonso escribe para el pueblo. En un mundo donde la mayoría no sabe leer ni escribir, bastara una persona que sepa leer para que todos los asistentes puedan aprovechar sus escritos. Gracias sobre todo a Remondini, su impresor de Venecia, sus obras vienen a ser los “best- sellers” de toda Europa. Un total de 112 obras con mas de 20 000 ediciones y en mas de 70 lenguas. En la imposibilidad de hacer oír su voz hasta las extremidades de la tierra, quería llegar por sus escritos a donde su predicación no podía hacerlo.

VISITAS AL SANTISIMO SACRAMENTO Y A MARIA SANTISIMA. Hay mas de 2 000 ediciones y en una ocasión de un Congreso Eucarístico hubo que imprimir para una sola edición no menos de 250 000 ejemplares.

LAS GLORIAS DE MARIA. Desde su primera aparición en 1750, se han efectuado más de 1000 ediciones, sin contar otras ediciones parciales. Entre las obras Marianas de todos los tiempos, este libro constituye el de mayor circulación. Es el fruto de 16 años de intenso trabajo para poner por escrito al alcance del pueblo cristiano lo que el predicaba cada semana y meditaba desde su juventud; es decir, todo lo que de esencial y de verdad ha dicho la escritura y la Tradición sobre la Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra.

Con todo, su obra maestra en este campo es la TEOLOGIA MORAL. Sale definitivamente bajo la forma de tres tomos en 4. Allí se encuentran unas 70.000 citas de 800 autores. La calidad excepcional de este trabajo hará que mas tarde obtenga el título de Doctor de la Iglesia y patrono de los confesores y moralistas.

Como lo reconocen los historiadores, sus escritos han contribuido a renovar la moral y la piedad de fines del siglo XVIII, y durante el siglo XIX. Especialmente en Francia hombres como San Eugenio de Mazenod (21 de mayo), San Pedro Julián Eymard (2 de agosto), el Venerable Juan Claudio Colín, San Juan María Vianey (4 de agosto), o el Beato Antonio Chevrier (2 de octubre), serán grandemente influenciados por su moral y su espiritualidad.

El Encuentro con su Redentor:
En el diario intimo de San Alfonso: “Asuntos de conciencia” (Cose di Coscienzia) las palabras que mas impresionan en la pagina 36 y que se remontan a los años de la fundación: “Jesús me ama..." y después, dos líneas mas abajo: "María me ama..." Unas horas antes de su muerte pide: “¡denme a la Madona!”. Recibe entonces en sus manos la imagen que el mismo dibujó, tomada de un cuadro de Carlo Dolci. Lo abraza, le habla le sonríe. Después se extingue en la paz el 1 de agosto de 1787. El campanario del convento de Pagani toca el Angelus de medio día. Alfonso se extingue, pero su fuego quema aun en el corazón de sus discípulos, Los Padres Redentoristas y Las Monjas Redentoristas.

Fue beatificado el 15 de septiembre de 1815 por Pío VII y canonizado el 26 de mayo de 1839 por el Papa Gregorio XVI. En 1871, Pío IX lo declaró Doctor de la Iglesiay en 1950, Pío XII lo proclamó patrono de los confesores y de los moralistas.

Por último, agradecer a Tacho de Santa María, cuyos textos en mi blog, tomo para este artículo.

Fuentes:
-Taller de Profundización: Espiritualidad Misionera Redentorista. Cap. 13.Julio de 2000. San Luis Potosí, S.L.P. México.
-Espiritualidad Redentorista, Vol. 3. Jean Marie Sègalen. Roma, Italia 1994.
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Comentarios

enrique Cheli Pedraza
05/08/2015
Rogamos, para pedir su intercesión .
Quien, escribiría: ´´Las vanidades del mundo ,están llenas de amargura y desengaños. Lo sé por propia experiencia´´ ,habiéndose, dedicado después de constatar las falsedades que había en el mundo del derecho, donde por dinero zafaban los mas corruptos al igual que ahora y siempre, a visitar enfermos, y un día en un hospital de incurables , creyó oír que Jesús le dijo: ´´Alfonso, apártate del mundo y dedícate sólo a servirme a mí´´ y emocionado le respondió: ´´Señor, ¿qué queréis que yo

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