Se nos habla frecuentemente de que hemos de ver la realidad, que muchas veces se nos presenta como actitudes muy negativas. Ciertamente lo hemos de ver, pero muy distinto es que lo aceptemos. Los creyentes queremos que la «realidad» de adapte a la «verdad», a la verdad de la persona, a la verdad de las relaciones personales, a la verdad de la familia, de la lealtad, del respeto mutuo, etc. Porque todos los cristianos estamos en el mundo para hacer que la realidad se vaya acomodando a la verdad que Dios habÃa pensado. Porque evangelizar y santificar es también hacer una obra de ciudadanÃa. Los polÃticos dicen que hay que levantar el listón del paÃs. Pues bien, el listón se alza en la medida que la ciudadanÃa se acerca o intenta acercarse a las actitudes de Cristo. Y el progreso es artificioso y falso cuando el listón se pone en actitudes o acciones que nada tienen que ver con Cristo.
Tanto las personas como la cultura pueden cambiar, y cambiar a mejor. Recordemos lo que sucedió en la casa de Simón con la presencia de Jesús. Simón piensa que quizás no sea un profeta Jesús, puesto que cree ver la realidad: se deja tocar por una pecadora. Pero Jesús iba más allá de la realidad inmediata, la realidad más honda y totalizante de aquella mujer: que podÃa ser una santa, puesto que, arrepentida, habÃa amado y creÃdo en Jesús.
Todos, más allá de una cultura, unas leyes, o unas costumbres, hemos de ver, como el Señor, las posibilidades de sanación y de santificación. Las personas y las culturas son seres vivos, no cristalizados definitivamente en el error o en el mal. Las personas pueden mejorar por obra del EspÃritu Santo y pueden llegar a acomodar su vida a la idea que Dios tenÃa pensada sobre ellos. La Razón
+ Ricardo MarÃa Carles, cardenal arzobispo emérito de Barcelona
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