Viernes, 29 de marzo de 2024

Religión en Libertad

Amenábar y Ágora


Como pienso que es una persona razonablemente culta, que ha preparado su película, entonces solo me queda concluir que engaña, miente, o quizás se engaña a sí mismo.

por Josep Miró

Opinión

Amenábar ha hecho una nueva película, Ágora, que se caracteriza por la deformación de los hechos, es decir, el engaño, para ajustarlo a su discurso ateo y anticristiano.  Él mismo se confiesa en la multitud de entrevistas que ha dado en la campaña promocional de su nueva película como ateo, con un añadido, su ostentación de la condición de homosexual, que es algo así como si Clint Eastwood tuviera necesidad de explicar cada vez que lo entrevistan que él es un hetero militante.
 
Todas las entrevistas están, lógicamente, pensadas a mayor gloria del director y su película. Entra dentro de las reglas del juego, por algo son pura promoción comercial donde el género periodístico substituye a la publicidad pura y dura. A pesar de ello, y del cuidado de los entrevistadores, siempre atentos al obligado panegírico, el director manifiesta unos caracteres curiosos, por decirlo de alguna manera.
 
Porque curioso es su sentido de culpa, que le lleva a declarar «no lo puedo remediar. En los aeropuertos siempre tengo la sospecha de que me van a detener en cualquier momento por lo que sea». Él lo atribuye a un miedo a la «Autoridad» que constituye en su imaginario un valor abstracto y omnipresente. Bromas que gasta la propia conciencia.
 
No se cansa de declarar que en su nueva obra es fiel a los hechos históricos. Como pienso que es una persona razonablemente culta, que ha preparado su película, entonces solo me queda concluir que engaña, miente, o quizás se engaña a sí mismo, porque lo que plantea Ágora no tiene nada que ver con la realidad de lo que sucedió.
 
Esta no es la historia de Hipatia ni muchos menos de las relaciones entre neoplatónicos y cristianos en Alejandría. Su verdadera intención aflora porque tantas entrevistas y tan extensas obligan a hablar. Por ejemplo, cuando afirma que su intención real es denunciar los que utilizan la violencia como argumento, como hacen -dice- los etarras y los terroristas islámicos.
 
Claro, y por eso acude a un hecho de hace más de 1600 años, metiendo a los cristianos por en medio. En realidad, su intención es maniquea y no puede ocultarla «imaginé aquella lucha entre los paganos y los cristianos viejos–que ni fue exactamente tal, ni entonces existían viejos cristianos- como si fuera nuestra guerra civil». Está claro ¿no?

A pesar de estos deslices, reitera lo que la necesidad comercial le ha marcado, especialmente pensando en un mercado que se le resiste como es el norteamericano, muy sensible a los panfletos anticristianos. «He insistido mucho en que la película no va contra los cristianos, sino contra los que utilizan la fuerza para defender sus ideas».
 
Lástima que teniendo ejemplos tan categóricos y próximos, como Stalin y Lenin, Hitler, Mao, Pol Pot, o quizás para hacer una producción de ambiente histórico, los tiempos de terror de la Revolución Francesa, o el primer genocidio de La Vendée, tenga que acudir a una de las múltiples revueltas que sucedieron en la cosmopolita ciudad de Alejandría en el periodo inicial del cristianismo, y las pugnas políticas que entre los diversos grupos se produjeron. Unos hechos que mal representan la tesis que dice querer contar: unos violentos que masacran a unos pacíficos, benevolentes y cultos racionalistas.
 
La evidencia de su desconocimiento o voluntad de traicionar la realidad se manifiesta en pretensiones como la de afirmar que el cine no ha contado mucho el cambio del mundo antiguo al medieval, cuando este es uno de los temas que han registrado, con obras mediocres y buenas, una notable producción cinematográfica.
 
Pero sobre todo lo que debe ser subrayado es que no deja de ser curioso que, cuando lo que caracteriza los cuatro primeros siglos de la historia cristiana es la persecución en ocasiones terrible que éstos reciben, se vaya a fijar en un hecho aislado que además ha sido reiteradamente utilizado, también falsamente, en la historia por el ateísmo agresivo y la masonería.

Se ha intentado convertir  a una matemática y astrónoma, Hipatia, en un símbolo de la razón contra el oscurantismo cristiano. Pero en este caso, a diferencia de otros, la evidencia de los hechos es tan grande que el éxito no ha acompañado al propósito histórico. En este caso la leyenda negra no ha llegado a cuajar.
 
En otras palabras, Amenábar utiliza como guión uno de los panfletos editados en el siglo XIX. Para ello, claro está, ha contado con 50 millones de euros, algo insólito para un director español, y es que cuando se trata de pegarle leña a la Iglesia está visto que el dinero nunca escasea.
 
Presentar a la mujer en el ámbito de lo que fue la sociedad pagana, en unas condiciones de emancipación como las que caracterizan a Hipatia, resultaría absolutamente incomprensible si no se advierte al mismo tiempo que es el creciente desarrollo del cristianismo y su concepción de igual dignidad de hombre y mujer que lo hacen posible. El paganismo, los clásicos griegos y romanos, confieren a la mujer un papel subalterno y esencialmente doméstico y para nada vinculado a las instituciones públicas, excepto en determinados y específicos cultos religiosos. Es decir, Hipatia es el resultado de la evolución de una sociedad influenciada de manera creciente por el cristianismo. Esto nuestro director de cine lo escamotea. 

Asimismo, de la misma manera que Amenábar presenta a Hipatia es necesario recordar otras figuras de mujeres filósofas o escritoras, como Eudocia, nacida en una familia pagana como Atenas y convertida luego al cristianismo. La presencia pública de mujeres en una sociedad que se estaba cristianizando solo se explica por este último hecho, lo cual contradice frontalmente lo que Amenábar nos relata. Como lo hace el querer presentar el paganismo, el propio neoplatonismo, como una fuente de razón y de luz. Qué duda cabe que Platón, como otros clásicos, hizo importantes aportaciones a la filosofía, pero lo que conocemos como bueno de ellas está pasado por el tamiz de la interpretación y, en muchos casos, como el de san Agustín, la recreación cristiana.

El platonismo completo, a palo seco y sin matices, sería algo inasumible para una mente ilustraday quien lo dude solamente debe interesarse por La República. La idea de una confrontación brutal entre cristianos y paganos también está falseada absolutamente. En el imperio de Bizancio y en Alejandría en particular se produjeron en los siglos IV y V numerosas algaradas fruto de las tensiones entre las distintas corrientes políticas y de los propios cristianos. Murió Hipatia pero también murieron obispos antes que ella. Fue un periodo de fuertes pugnas políticas. Esto es tan evidente que las relaciones entre los pensadores cristianos y paganos fueron en general, buenas. En realidad, muchos pertenecían a las mismas familias. La propia Hipatia tuvo entre sus alumnos a cristianos y paganos, y actuó como asesora áulica del gobierno de su ciudad.

Y la constatación de todo esto, de que el asesinato de Hipatia fue el fruto de un grupo y de una algarada y no el resultado de una confrontación «entre lo cristiano y lo pagano», es tan evidente como el hecho de que la escuela platónica de Alejandría continuó funcionando con normalidad durante más de 200 años después de su muerte.  Y, sobre todo, la premisa mayor: los que persiguieron masivamente, reprimieron, torturaron y mataron fueron los paganos a los cristianos en nombre del paganismo y de razones que hoy nos parecen brutalmente irracionales, como lo constatan las propias actas de los juicios romanos. 

Amenábar engaña tanto, miente tanto con sus imágenes y argumento, que hace de la película más cara rodada en España un panfleto político.
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