Domingo, 19 de mayo de 2019

Religión en Libertad

Pasión de Nicodemo


por Juan Manuel de Prada

Opinión

Cuando supe que ya había expirado sobre el madero, decidí subir al Gólgota, para visitarlo por última vez. Volvía a hacerlo de noche, como siempre lo había hecho hasta entonces, aprovechando que mis colegas del Sanedrín ya se habían retirado y mis hermanos fariseos dormían, aprovechando que de noche todos los gatos son pardos.

Por elegir siempre la clandestinidad de la noche para visitar a Jesús algunos me llamaban con desdén el discípulo tibio. A Jesús lo quise y admiré mucho, pero no hasta el extremo de confesar mi amor y admiración en público, no hasta el extremo de poner en riesgo mi posición, no hasta el extremo de vencer los respetos humanos y abandonar las cautelas. Siempre he sido hombre que abomina de exageraciones y desafueros; siempre me han causado disgusto y escándalo quienes se expresan con demasiado ardor y crudeza. Y, en honor a la verdad, me habían incomodado las filípicas vehementes que Jesús lanzaba contra mis hermanos fariseos; o el denuedo un tanto energúmeno que empleó al expulsar a los mercaderes del templo. Aunque su predicación me parecía siempre sugestiva, mi temple moderado se horrorizaba ante sus afirmaciones netas que me obligaban a tomar partido, abandonando las expresiones brumosas o ambiguas que me permitían ser aceptado y aplaudido por todos.

Para no mancharme las manos con la sangre de Jesús evité presentarme en la sesión del Sanedrín que lo juzgó y me encerré en casa, donde en secreto exhalé gemidos desgarrados, convencido de que así no estaba haciendo el juego a sus asesinos, convencido de que abstenerme de intervenir no equivale a consentir. Cuando supe que Jesús ya había expirado en el Gólgota, corrí dispuesto a expiar mi culpa. Por suerte, era otra de vez de noche; y, para entonces, mis colegas del Sanedrín y mis hermanos fariseos ya no podían censurarme, pues los muertos ya no molestan a nadie. Y, participando en el entierro de Jesús, podía además amansar mis remordimientos. Me hice acompañar por un criado, al que cargué con cien libras de mirra y áloe.

Cuando llegué al Gólgota me tropecé con José de Arimatea, que trataba en vano de desclavar los pies de Jesús del madero. Corrí a ayudarlo, tirando con ambas manos del clavo chorreante de sangre, sin atreverme a mirar el rostro de Jesús, por miedo a encontrarme con un rictus de reproche. Cabizbajo, ayudé a poner su cuerpo en los brazos de su madre doliente; y luego ayudé a cargar con él, mientras nos encaminábamos todos a un huerto próximo, donde había una cueva destinada para sepultura de Jesús. Mientras las mujeres limpiaban sus llagas y lo embalsamaban con las cien libras de mirra y áloe que yo había hecho cargar a mi criado miré mis manos, todavía tintas en la sangre de los pies de Jesús, y me las llevé a la cara irreflexivamente. Sentí entonces el contacto de aquella sangre en mi rostro como un agua lustral que lavaba mi cobardía y me obligaba a nacer de nuevo. Y entonces la cabeza se me llenó de un viento que no sabía de dónde venía ni adónde iba; y me di cuenta de que tenía que hablar de lo que sabía, que tenía que testimoniar lo que había visto, que tenía que abandonar mis prevenciones y gritar en los terrados lo que Jesús me había contado en un susurro, cuando lo visitaba de noche, por miedo a los judíos. Aquella sangre me ardía en el rostro, me infundía valor para erguirme y humildad para arrodillarme, me obligaba a abandonar las cautelas y los respetos humanos, las expresiones brumosas o ambiguas que me permitían ser aceptado y aplaudido de todos. Y estaba dispuesto a hacerlo a plena luz del sol, sin esconderme nunca más de nadie.

Publicado en ABC.

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