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La envidia


En­tre las prin­ci­pa­les ma­ni­fes­ta­cio­nes del en­vi­dio­so está la crí­ti­ca, la mur­mu­ra­ción, la in­ju­ria, la di­fa­ma­ción, la ven­gan­za y el re­cha­zo de las per­so­nas en­vi­dia­das.



Monseñor Atilano Rodríguez

15 julio 2017

El Ca­te­cis­mo de la Igle­sia Ca­tó­li­ca afir­ma que la en­vi­dia es la tris­te­za que se ex­pe­ri­men­ta ante el bien del pró­ji­mo y el de­seo des­or­de­na­do de apro­piár­se­lo. Los psi­coa­na­lis­tas sue­len de­cir que el en­vi­dio­so es un ser in­sa­tis­fe­cho, pues ex­pe­ri­men­ta en lo más pro­fun­do de su co­ra­zón el ren­cor y los ce­los ha­cia las per­so­nas que po­seen algo que él desea­ría te­ner pero que no tie­ne o no pue­de desa­rro­llar.

Las per­so­nas en­vi­dio­sas, en vez de acep­tar con paz las pro­pias li­mi­ta­cio­nes y ca­ren­cias, ma­ni­fies­tan sen­ti­mien­tos de odio en sus pa­la­bras y com­por­ta­mien­tos. En al­gu­nos ca­sos, in­clu­so desea­rían des­truir o eli­mi­nar a to­dos aque­llos que, con su es­ti­lo de vida y con sus ac­tua­cio­nes, les re­cuer­dan sus li­mi­ta­cio­nes y ca­ren­cias. Por eso, po­dría­mos afir­mar que la en­vi­dia es una ma­ni­fes­ta­ción de la de­bi­li­dad de la per­so­na en to­dos los sen­ti­dos.

En­tre las prin­ci­pa­les ma­ni­fes­ta­cio­nes del en­vi­dio­so está la crí­ti­ca, la mur­mu­ra­ción, la in­ju­ria, la di­fa­ma­ción, la ven­gan­za y el re­cha­zo de las per­so­nas en­vi­dia­das. En al­gún caso, como se­ña­la el li­bro del Gé­ne­sis, quien se deja do­mi­nar por la en­vi­dia pue­de lle­gar in­clu­so a eli­mi­nar a su pro­pio her­mano de san­gre al cons­ta­tar que es va­lo­ra­do por su con­duc­ta o tie­ne éxi­to en sus ac­ti­vi­da­des pro­fe­sio­na­les.

El pe­ca­do de la en­vi­dia, con­si­de­ra­do por San Agus­tín como “el pe­ca­do dia­bó­li­co por ex­ce­len­cia”, tie­ne sus raí­ces en el or­gu­llo y en la so­ber­bia. La per­so­na so­ber­bia y or­gu­llo­sa se con­si­de­ra a sí mis­ma su­pe­rior a los de­más se­res hu­ma­nos y, en oca­sio­nes, in­clu­so pre­ten­de ocu­par el lu­gar re­ser­va­do a Dios para po­der de este modo de­ci­dir so­bre el bien y el mal. En este pe­ca­do in­cu­rrie­ron Adán y Eva al con­sen­tir a la ten­ta­ción del ma­ligno en vez de obe­de­cer a Dios (Gen 3, 1-7).

El dé­ci­mo man­da­mien­to de la Ley de Dios nos exi­ge a los cris­tia­nos que des­te­rre­mos la en­vi­dia de nues­tro co­ra­zón, pues si nos de­ja­mos do­mi­nar por ella po­de­mos lle­gar a rea­li­zar las más gra­ves fe­cho­rías. En cual­quier caso, la en­vi­dia nos im­pi­de amar a Dios so­bre to­das las co­sas, aco­ger el man­da­mien­to del amor y con­cre­tar este amor en las re­la­cio­nes con nues­tros se­me­jan­tes. Con la ayu­da de la gra­cia di­vi­na, he­mos de lu­char con­tra la en­vi­dia prac­ti­can­do la be­ne­vo­len­cia, la hu­mil­dad y el aban­dono en las ma­nos del Pa­dre ce­les­tial.

En nues­tros días, no re­sul­ta di­fí­cil des­cu­brir sen­ti­mien­tos de en­vi­dia en las re­la­cio­nes fa­mi­lia­res, so­cia­les y po­lí­ti­cas. Esta cons­ta­ta­ción de­be­ría ayu­dar­nos a to­dos a ha­cer un exa­men de con­cien­cia para ana­li­zar la mo­ti­va­ción de nues­tros com­por­ta­mien­tos y para pe­dir­le al Se­ñor que nos con­ce­da la gra­cia de ale­grar­nos en todo mo­men­to por el bien de nues­tros her­ma­nos y a no juz­gar a na­die por sus com­por­ta­mien­tos.

Cuan­do so­mos ca­pa­ces de dis­fru­tar de los bue­nos mo­men­tos de la vida de nues­tros her­ma­nos y co­la­bo­ra­mos con los ta­len­tos re­ci­bi­dos de Dios a la con­se­cu­ción de su fe­li­ci­dad, es­ta­mos cre­cien­do como per­so­nas y como hi­jos de Dios, que quie­re que to­dos los hom­bres se sal­ven y que hace sa­lir el solo so­bre jus­tos y pe­ca­do­res.
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