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Lunes, 24 de julio de 2017

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Democracia y libertad religiosa


La iden­ti­dad cris­tia­na no es algo que haya de ocul­tar­se o en­mas­ca­rar­se. Esto su­pon­dría una in­fi­de­li­dad a Dios y un en­ga­ño a los de­más; ade­más de cons­ti­tuir una trai­ción al mis­mo sis­te­ma de­mo­crá­ti­co, que se ve­ría en pe­li­gro.



Cardenal Antonio Cañizares

8 julio 2017

El aten­ta­do con­tra la ca­pi­lla ca­tó­li­ca de la Uni­ver­si­dad Au­tó­no­ma de Ma­drid, la pa­li­za dada a una mon­ja en Gra­na­da “por mon­ja”, y la mo­ción pre­sen­ta­da en el Con­gre­so de los Dipu­tados en or­den a mo­di­fi­car la Ley de Li­ber­tad Re­li­gio­sa por Es­que­rra Re­pu­bli­ca­na de Ca­ta­lu­nya, con un con­te­ni­do muy con­cre­to ideo­ló­gi­co, ade­más de otros múl­ti­ples sig­nos que se ob­ser­van y me­nu­dean úl­ti­ma­men­te más de lo que de­bie­ran en el pa­no­ra­ma es­pa­ñol, ha­cen sal­tar las alar­mas que avi­san de que al­gu­nos pa­re­ce que es­tán em­pe­ña­dos, en­tre otras co­sas, en po­ner en pe­li­gro la de­mo­cra­cia y la paz, y eli­mi­nar, por su­pues­to, la fe y la Igle­sia ca­tó­li­ca de la faz de la so­cie­dad es­pa­ño­la y su­pri­mir nues­tras raí­ces co­mu­nes.

Ante esto que nos su­ce­de es ne­ce­sa­rio y apre­mian­te ser lú­ci­dos y cla­ros y ad­ver­tir del pre­ci­pi­cio al que nos quie­ren lle­var al­gu­nos lai­cis­tas de pen­sa­mien­to úni­co, y una vez más y sin des­can­so re­co­no­cer y afir­mar con toda de­ci­sión y ver­dad que la base y fun­da­men­to de la de­mo­cra­cia es el res­pe­to, de­fen­sa y sal­va­guar­dia del de­re­cho de li­ber­tad re­li­gio­sa. Una de­mo­cra­cia sana y ver­da­de­ra ne­ce­si­ta el res­pe­to de este de­re­cho fun­da­men­tal en toda su ex­ten­sión, tan­to en el plano in­di­vi­dual como en el so­cial. Todo ello pre­su­po­ne una acep­ta­ción, no re­cor­ta­da ju­rí­di­ca­men­te, de la sig­ni­fi­ca­ción pú­bli­ca de la fe. Una de las tram­pas en que po­de­mos caer y una de las he­ri­das peo­res para la de­mo­cra­cia es pen­sar que la fe y la mo­ral es para una es­fe­ra in­te­rior y pri­va­da, pero no para la to­ta­li­dad de la exis­ten­cia y de los asun­tos hu­ma­nos.
 
En Es­pa­ña no po­de­mos se­pa­rar el he­cho de la im­plan­ta­ción de la de­mo­cra­cia del con­tex­to cul­tu­ral en el que se pro­du­ce: el de una se­cu­la­ri­za­ción ra­di­cal y el de una ver­da­de­ra re­vo­lu­ción cul­tu­ral, no se­pa­ra­ble de ese hu­ra­cán de se­cu­la­ri­za­ción lai­cis­ta que ba­rrió la Es­pa­ña de los se­sen­ta y de los se­ten­ta, uni­do de he­cho a la im­plan­ta­ción de una in­di­fe­ren­cia re­li­gio­sa y de un ag­nos­ti­cis­mo como for­ma de vida. En este mar­co, a ve­ces se ha fal­sea­do la li­ber­tad re­li­gio­sa como si fue­se un pri­vi­le­gio y, con­si­guien­te­men­te, la con­jun­ción de cier­tos po­de­res se ha po­di­do ir des­li­zan­do pe­li­gro­sa­men­te ha­cia una im­po­si­ción om­ní­mo­da a nues­tra so­cie­dad de una par­ti­cu­lar ma­ne­ra de en­ten­der al hom­bre y al mun­do.
 
En la de­mo­cra­cia la no con­fe­sio­na­li­dad del Es­ta­do se plan­tea como una ga­ran­tía para el le­gí­ti­mo ejer­ci­cio de la li­ber­tad re­li­gio­sa y de las li­ber­ta­des de pen­sa­mien­to y de ex­pre­sión. La reali­dad em­pe­ro, en oca­sio­nes, pue­de ser muy otra. En no po­cas oca­sio­nes cier­tos po­de­res pú­bli­cos y me­diá­ti­cos pue­den ver­se ten­ta­dos por la ten­ta­ción de eri­gir­se en una ins­tan­cia éti­ca su­pe­rior, me­di­da úl­ti­ma de los con­te­ni­dos y for­mas de ejer­ci­cio de la li­ber­tad re­li­gio­sa. Apo­yán­do­se en la le­gí­ti­ma lai­ci­dad del Es­ta­do y en su acon­fe­sio­na­li­dad, al­gu­nos pa­re­cen pre­ten­der, de ma­ne­ra ocul­ta o ma­ni­fies­ta, sus­ti­tuir la fe y la vida re­li­gio­sa-mo­ral de la so­cie­dad, tal como ésta la ha sen­ti­do y ex­pre­sa­do a lo lar­go de los si­glos y como la sien­te y ex­pre­sa to­da­vía hoy, por idea­les cul­tu­ra­les o éti­co-po­lí­ti­cos pro­pues­tos y pro­pa­ga­dos por ins­tan­cias pú­bli­cas o de po­der cul­tu­ral lai­cis­tas.
 
Es más, las ma­ni­fes­ta­cio­nes an­ti­rre­li­gio­sas, me­jor y más exac­to, an­ti­cris­tia­nas o an­ti­ca­tó­li­cas, con cier­ta fre­cuen­cia, se han mul­ti­pli­ca­do en cier­tos me­dios o en otros ám­bi­tos; esto cier­ta­men­te no es sólo per­vi­ven­cia de un an­ti­cle­ri­ca­lis­mo tras­no­cha­do; re­fle­ja, más bien, una men­ta­li­dad que se ha ins­ta­la­do en cier­tos po­de­res y que, des­de la más es­tric­ta in­to­le­ran­cia y ac­ti­tud an­ti­de­mo­crá­ti­ca, re­cha­zan lo re­li­gio­so y cris­tiano en toda su den­si­dad y tra­tan de im­po­ner un nue­vo con­fe­sio­na­lis­mo so­cial se­cu­la­ris­ta y lai­cis­ta, por su­pues­to an­ti­de­mo­crá­ti­co y an­ti­cons­ti­tu­cio­nal.
 
Ver­da­de­ra de­mo­cra­cia
La ver­da­de­ra de­mo­cra­cia exi­ge que la li­ber­tad de to­dos sea res­pe­ta­da, de modo que las per­so­nas y gru­pos pue­dan vi­vir con­for­me a sus ideas y creen­cias, y ofre­cer a los de­más lo me­jor de cada uno, sin ejer­cer vio­len­cia so­bre na­die. La to­le­ran­cia, el res­pe­to y la com­pren­sión, exi­gi­bles a to­dos en una so­cie­dad de­mo­crá­ti­ca, no pue­den con­fun­dir­se con la in­di­fe­ren­cia o el es­cep­ti­cis­mo o el re­la­ti­vis­mo.

La Igle­sia y los ca­tó­li­cos no pue­den ser es­pec­ta­do­res pa­si­vos. Es­tán obli­ga­dos a ma­ni­fes­tar­se y ac­tuar en la vida pú­bli­ca, en la cul­tu­ra, en los di­fe­ren­tes cam­pos de la vida y de las re­la­cio­nes so­cia­les, de acuer­do con sus con­vic­cio­nes, y de­ben exi­gir que és­tas sean res­pe­ta­das. La iden­ti­dad cris­tia­na no es algo que haya de ocul­tar­se o en­mas­ca­rar­se. Esto su­pon­dría una in­fi­de­li­dad a Dios y un en­ga­ño a los de­más; ade­más de cons­ti­tuir una trai­ción al mis­mo sis­te­ma de­mo­crá­ti­co, que se ve­ría en pe­li­gro. La Igle­sia, como su Maes­tro, Je­sús, ha de dar tes­ti­mo­nio de la ver­dad: para eso está, edi­fi­ca­da so­bre la roca de la ver­dad, Cris­to. Todo lo con­tra­rio de al­gu­nas for­mas de pen­sa­mien­to que se pre­ten­de im­po­ner, es­tán edi­fi­ca­das so­bre la are­na de la men­ti­ra, como su­ce­dió con el na­zis­mo o el mar­xis­mo-le­ni­nis­mo de re­gí­me­nes co­mu­nis­tas.
 
Una sana de­mo­cra­cia, al cons­ti­tuir la li­ber­tad re­li­gio­sa uno de los de­re­chos fun­da­men­ta­les de la per­so­na, exi­ge la con­si­de­ra­ción po­si­ti­va de esta li­ber­tad re­li­gio­sa como un va­lor no a res­trin­gir sino a pro­mo­ver, sin más lí­mi­tes que la ga­ran­tía de la con­vi­ven­cia so­cial del or­den pú­bli­co y el cui­da­do de que se res­pe­ten, en la pers­pec­ti­va del bien co­mún to­dos los de­re­chos fun­da­men­ta­les de la per­so­na. Los po­de­res pú­bli­cos, obli­ga­dos a fa­vo­re­cer el ejer­ci­cio de la li­ber­tad de los ciu­da­da­nos, tie­nen que fa­vo­re­cer tam­bién po­si­ti­va­men­te el ejer­ci­cio de la li­ber­tad re­li­gio­sa, como un ele­men­to im­por­tan­te del bien co­mún y del bien in­te­gral de los ciu­da­da­nos.
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