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Sábado, 24 de junio de 2017

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El Cuerpo y la Sangre del Señor


Ha cre­ci­do no­ta­ble­men­te en nues­tros días la ado­ra­ción eu­ca­rís­ti­ca, es­tar ra­tos lar­gos con Je­sús en la Eu­ca­ris­tía. Y te­ne­mos que fo­men­tar­lo mu­cho más. Cómo se­re­na el alma esa pre­sen­cia, cómo en­cien­de el co­ra­zón en el amor de su Co­ra­zón, cómo se des­va­ne­cen tan­tas preo­cu­pa­cio­nes y an­gus­tias con tan buen ami­go pre­sen­te.



Monseñor Demetrio Fernández

18 junio 2017

Ten­dría que ser en jue­ves, pero ha sido tras­la­da­do al do­min­go hace años. To­da­vía este jue­ves en al­gu­nos lu­ga­res (Prie­go, en­tre otros) y el do­min­go de ma­ne­ra uni­ver­sal ce­le­bra­mos la fies­ta gran­de del Cuer­po y de la San­gre del Se­ñor, la fies­ta del Cor­pus Ch­ris­ti.

Qué fies­ta tan bo­ni­ta para acom­pa­ñar a Je­sús Eu­ca­ris­tía, para ti­rar­le los pé­ta­los de nues­tro ca­ri­ño, para agra­de­cer­le este gran in­ven­to de la Eu­ca­ris­tía, Dios con no­so­tros has­ta el fi­nal de la his­to­ria.

Es como una pro­lon­ga­ción del Jue­ves San­to, cuan­do Je­sús, la vís­pe­ra de su Pa­sión, cenó la Pas­cua con sus após­to­les y al fi­nal de aque­lla Cena ins­ti­tu­yó el sa­cra­men­to de la Eu­ca­ris­tía y to­dos co­mie­ron aquel pan con­sa­gra­do como el Cuer­po del Se­ñor y be­bie­ron de aquel cá­liz la San­gre del Se­ñor. El Jue­ves San­to con­clu­ye la san­ta Misa con una pro­ce­sión al Mo­nu­men­to, que sub­ra­ya la pre­sen­cia de Je­su­cris­to pro­lon­ga­da des­pués de la ce­le­bra­ción. Aho­ra, la fies­ta del Cor­pus lle­va en pro­ce­sión al Rey de los re­yes, Dios mis­mo en per­so­na he­cho hom­bre y eu­ca­ris­tía por no­so­tros. Des­de su trono re­gio, des­de la cus­to­dia (qué cus­to­dias, qué os­ten­so­rios tan bo­ni­tos), Je­sús va ben­di­cien­do a to­dos: en nues­tras ca­lles, en nues­tras pla­zas, en­tran­do en nues­tros ho­ga­res y en nues­tros co­ra­zo­nes. La fies­ta del Cor­pus nos trae esa com­pa­ñía tan con­so­la­do­ra de Je­su­cris­to cer­cano, ami­go, que re­co­rre nues­tro ca­mino para acom­pa­ñar­nos, para que po­da­mos com­par­tir con él nues­tras preo­cu­pa­cio­nes y po­da­mos sen­tir el con­sue­lo de un ami­go que siem­pre está ahí.

Ha cre­ci­do no­ta­ble­men­te en nues­tros días la ado­ra­ción eu­ca­rís­ti­ca, es­tar ra­tos lar­gos con Je­sús en la Eu­ca­ris­tía. Y te­ne­mos que fo­men­tar­lo mu­cho más. Cómo se­re­na el alma esa pre­sen­cia, cómo en­cien­de el co­ra­zón en el amor de su Co­ra­zón, cómo se des­va­ne­cen tan­tas preo­cu­pa­cio­nes y an­gus­tias con tan buen ami­go pre­sen­te. No aca­ba­re­mos nun­ca de dar­le gra­cias por este pre­cio­so re­ga­lo de la Eu­ca­ris­tía.

En este sa­cra­men­to, Je­sús trae has­ta no­so­tros su sa­cri­fi­cio rea­li­za­do una vez para siem­pre. Lo que en el Cal­va­rio fue sa­cri­fi­cio cruen­to, en la Eu­ca­ris­tía es sa­cri­fi­co in­cruen­to. Pero es el mis­mo y úni­co sa­cri­fi­cio, que nos in­vi­ta a no­so­tros a ofre­cer­nos con Él, a ha­cer de nues­tra vida una ofren­da per­ma­nen­te. La vida ad­quie­re nue­vo va­lor cuan­do es ofre­ci­da con Je­su­cris­to, nues­tra vida se con­vier­te en ofren­da de amor por la sal­va­ción del mun­do en­te­ro. Para que esta ofren­da sea agra­da­ble a Dios, Dios mis­mo nos en­vía su Es­pí­ri­tu San­to que nos trans­for­ma en ofren­da per­ma­nen­te. Y todo ello se ali­men­ta en la Eu­ca­ris­tía.

Y la Eu­ca­ris­tía es sa­cra­men­to en for­ma de co­mi­da y be­bi­da, in­vi­tán­do­nos a co­mer el Cuer­po del Se­ñor y a be­ber su san­gre re­den­to­ra. “To­mad, co­med to­dos de él… To­mad, be­bed to­dos de él”. Com­par­tir la mis­ma co­mi­da nos une en un mis­mo Cuer­po, eso es la co­mu­nión. La co­mu­nión tie­ne su fuen­te per­ma­nen­te en la Eu­ca­ris­tía. Es en este sa­cra­men­to don­de se fra­gua el amor cris­tiano, que se des­bor­da en la ca­ri­dad ha­cia los her­ma­nos. Co­mul­gar con Cris­to nos lle­va a co­mul­gar con los her­ma­nos, nos lle­va a en­tre­gar nues­tra vida en fa­vor de los de­más, como ha he­cho Je­su­cris­to.

Por eso, en esta fe­cha tan se­ña­la­da se nos re­cuer­da el com­pro­mi­so cris­tiano de la ca­ri­dad para con los de­más. Coin­ci­dien­do con la fies­ta del Cor­pus, ce­le­bra­mos el Día de Cá­ri­tas, como una lla­ma­da y una pro­vo­ca­ción al ejer­ci­cio del amor fra­terno. Quie­ro agra­de­cer a to­dos los que des­de Cá­ri­tas ha­cen el bien a los de­más. Cuán­tas ho­ras de vo­lun­ta­ria­do, gra­tui­ta­men­te, por par­te de tan­tas per­so­nas en el ser­vi­cio a los de­más: en­fer­mos, po­bres, tran­seún­tes y sin te­cho, in­mi­gran­tes, mu­je­res mal­tra­ta­das, ni­ños ex­plo­ta­dos, an­cia­nos so­los. Tus bue­nas obras pue­den cam­biar mi­ra­das, dice el lema de este año. En la dió­ce­sis de Cór­do­ba, 1700 vo­lun­ta­rios en 168 Cá­ri­tas pa­rro­quia­les. 130.000 per­so­nas aten­di­das, 30.000 fa­mi­lias, con una in­ver­sión de 5,5 mi­llo­nes de eu­ros, pro­ce­den­tes de la ca­ri­dad de los fie­les. Si Cá­ri­tas no exis­tie­ra, ha­bría que fun­dar­la. Es la ca­ri­dad or­ga­ni­za­da de la Igle­sia Ca­tó­li­ca. Gra­cias a to­dos los que co­la­bo­ráis con Cá­ri­tas, ha­cien­do vi­si­ble el ros­tro más ama­ble de la Igle­sia.
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