Domingo, 26 de mayo de 2019

Religión en Libertad

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Cuento. Berto y Jessika. La cena.

por Tomás de Zárate

- Hoy viene una amiga a casa… a cenar.

 

Lo dije así, de sopetón, pues tenía miedo. Y con razón: a mi madre se le cayó la boca como si de repente me viera por primera vez… y ya ha tenido 20 años para acostumbrarse. Pero mi madre no fue la única afectada: mi padre que estaba en el salón leyendo un libro -y cuando lee se abstrae; y cuando se mete en el baño con un libro, ¡horror!- digo que mi bienamado y culto padre dejó su tratado filosófico marxista-leninista para levantar la vista y mirarme.

 

Mi hermano pequeño estaba arriba en su cuarto oyendo música a todo volumen.

 

Pero pongamos antecedentes. Lo que llamó la atención a mis progenitores no es la cena o que un amigo venga a casa. Eso es algo más o menos normal y mi propio hermano suele invitar a sus mejores colegas a degustar los platos de mi madre. Y es que mi madre cocina muy bien. También los colegas de universidad de mi padre -otros profesores como él, aunque espero que no tan pedantes- aparecen a menudo… “pedante”, lo he dicho bien. Sé que suena un poco duro referirse a mi padre así, pero en todos los demás aspectos no hay un hijo más amoroso que yo. Pero cuando mi padre se mesa la barba y da un discurso en casa nos ponemos a temblar. No quiero ni imaginar a los pobres alumnos que se enfrentan cada día a tamaña tortura. Y todavía hay gente que le invita a dar un discurso. Locos.

 

Mi padre aparenta todo lo que se espera de un filósofo y de un profesor universitario:  ojos hundidos, el cabello cano y una barba que en breve le llegará hasta el ombligo. El hombre es de buen comer y mi madre le mima en ese aspecto, así que su barriga ya alcanza proporciones apreciables. Si a un pequeño cachalote le pusieran pantalones y barba saldría algo muy parecido a mi querido progenitor. Claro que tendría que hablar y tener un tema principal que siempre sacaba en cualquier conversación, a saber, el heteropatriarcado todopoderoso.

 

Ahora me tocaría hablar de mi madre, por aquello de la paridad. Que conste que yo soy un gran defensor del feminismo pero todavía no he conseguido cambiar las palabras para que resuenen con las ideas. Digo que defiendo la feminisma pero igual no se entiende, y como no ataque el asunto de la sorpresa de mis padres se me va a ir el santo al cielo. Así que otro día contaré sobre mi madre, lo siento. Debe de ser un residuo machista o, como diría mi padre, un impulso heteropatriarcal primario.

 

Lo que produjo sorpresa fue lo del sexo de la invitada: ¿yo con una amiga? Y no soy un engendro sino hombre de buen ver. Vamos, normal, con la nariz en el sitio correcto y todo eso. Pero algún malpensado diría que mi inteligencia está lejos, muy lejos, lejísimos, de ser una inteligencia superior. Hombre, yo sé que no soy muy listo pero los epítetos “muy” o el superlativo, pues sobran un poco. Pero es cierto que nunca se me había asociado con el sexo femenino salvo aquella conversación que tuve con mi padre sobre la sexualidad. Aún recuerdo el encuentro:

 

- Hmmm, oye, Berto.

- Dime, papá

 

Y nuestras miradas se cruzaron. Estuvimos mirándonos unos segundos. Yo temía que me regañara por algo -una actividad que siempre le gustaba hacer- y él se mesaba la barba. Entonces era negra. Unos cuantos pelos se cayeron sobre su torso. Eran pelos de barba oscuros, rizados y, teniendo en cuenta que justo mi padre pocos minutos antes había terminado de comer un bocadillo de mortadela, pues llenos de migas.

 

Afuera se oyó un coche que derrapaba. Se rompió el momento, si saben a lo que me refiero.

 

- ¿Te gustan? -me dijo él entonces, como saliendo de un profundo ensimismamiento.

- Me encantan.

- Nunca se te ve con ninguna.

 

Yo confieso que creía que me hablaba de unas chaquetas vaqueras que había estado admirando aquel día a través de un escaparate. Siento debilidad por las chaquetas vaqueras.

 

- No son fáciles de conseguir -respondí

- Eso es verdad. Hmm… -dijo y se mesó otra vez la barba.

 

Entendí que nuestra profunda conversación padre-hijo había terminado. Así que fui a mi cuarto a escuchar Eminem. Mi madre llegó poco después y les oí hablar en el salón.

 

- Me ha dicho que sí le gustan las mujeres.

- ¿Seguro? -preguntó mi madre

- Seguro -confirmó mi padre.

 

Y fue así cómo me reafirmé en mi condición heterosexual. También soy blanco. Así que soy un varón hetesexual, europeo y blanco. Me siento un poco culpable por eso. Al menos no soy cristiano.

 

Pero una cosa es definir tu sexualidad y otra es que el equipo interesado juegue contigo. Porque a mí me gustaban las mujeres, pero no había mujer que lograra interesarse en mí. Lo más a lo que llegué con alguna fue a la casilla de “amigo”. Ser un “amigo” para un varón heterosexual, europeo y blanco es como ser un pavo y pasearse por Brooklyn con el cartel de “cómeme” en el día de Acción de Gracias.

 

- ¿Puedes tú cocinar algo para esta noche, mamá? -pregunté para darle un barniz de naturalidad al asunto.

- ¿Viene una amiga?

- Si no puedo ser yo quien prepare algo. Que no me importa.

 

Noté que mi padre ahogaba un quejido que sonaba algo así como un viejo oso de peluche al que le aprietan la barriga. Yo hace unos meses que quiero emular a Mamá con lo de la cocina y he aprendido a cocinar todo tipo de platos. Lo que pasa es que seguir una receta al pie de la letra es muy aburrido y yo… lo diré. Esto es lo que pienso de mí, lo que le digo a la almohada y al pequeño Freddy -mi serpiente de juguete- cada noche al acostarme o cuando me siento abrumado por el mundo exterior. Yo… lo diré, es una confesión estupenda, enorme. Y muy íntima.

 

Yo soy un artista.

 

Ya. Lo solté. Claro que todavía no he hecho nada que el mundo reconozca. Antes pensaba que mi destino era el de ser un eterno aspirante. Pero con la cocina he encontrado un medio en el que expresarme.

 

- No, ya haré algo yo -dijo Mamá. Me pareció oír que Papá dejaba exhalar un suspiro.

- Supongo que es mejor así. No sé si a ella le gustará experimentar. Y tus platos están muy ricos.

- Eso es verdad -dijo mi hermano, que justo acababa de salir de su cuarto y se disponía a salir de la casa. Pero saber que mi madre cocinaría lo retuvo.

 

Mi hermano pequeño Ricardo se ha estado escapando fuera todas las cenas en las que yo cocino. Se va a la hamburguesería del barrio. La primera vez que lo hizo, me dijo con términos poco decorosos que prefería una hamburguesa mal hecha en Gambia antes que mi cena. Aquello me dolió, es justo decirlo. Solté alguna lágrima y creo que eso tuvo que ver con la charla que tuvo después con mis padres. Desde entonces solo dice que va a cenar fuera, pero sin ninguna pulla. Y, sin embargo, sus referencias a Gambia han sido muy abundantes últimamente ¿Estará planeando un viaje a África?

 

- ¿Y cómo se llama ella? -me preguntó mi padre con un tono casual.

- Es un nombre poco común -respondí.

 

Había que preparar el terreno.

 

- ¿Qué significa poco común? ¿Sherezade? -preguntó mi madre

- Javel -dijo mi padre

- ¿Lola? -apuntó mi hermano

 

En ese momento sonó el timbre. Dejándoles a todo en vilo, fui a abrir la puerta. Y sí, allí estaba ella.

 

Entró sonriendo y sorprendió a toda la familia. Supongo que al anunciar la cena y a una chica, todos imaginaban a alguien diferente, tal vez una chica con un problema de sobrepeso o llena de granos o algo así. Y por eso les tomó desprevenidos que ella fuera una chica guapa, más bien menuda, morena y esbelta y de ojos brillantes. La podría llamar "la mujer de los ojos alegres".

 

- Buenas tardes, Berto, he venido antes de lo dicho porque esta noche me ha salido algo y debo irme. Pero como habíamos quedado, pues me he venido antes.

- Podías haberme llamado por el móvil -dije.

- Era un poco difícil. No tengo tu número. Además, ni siquiera tengo móvil.

 

Si el aspecto de la recién llegada había sido una agradable sorpresa, el que no tuviera un teléfono encima fue un jarro de agua fría. Si hubiera dicho que venía directamente de Houston tras haber sobrevolado Marte, no hubiera sorprendido tanto.

 

- ¿No tienes teléfono? -soltó mi hermano con la boca abierta.

- Tengo uno pero lo suelo dejar en casa. A veces lo olvido allí, otras pues no lo cojo.

 

Mi madre tragó saliva. Mi padre miraba a mi amiga como si fuera un raro ejemplar, como un entomólogo que descubriera una inesperada mariposa en medio de un cóctel en un jardín en la décima planta. No me gustó su mirada.

 

- Si tienes una horita, preparo algo rápido. Una tortilla antes de que te vayas.

- Muchas gracias, señora, pero no quisiera molestar.

- No es ninguna molestia, boba. Me alegro de que vengas por aquí. Berto nunca trae invitados.

 

Mi hermano tosió y a la vez dijo algo que sonó a “y nunca tan guapas”.

 

- Ha sido una casualidad tremenda -dijo ella.

- ¿Y eso? -preguntó mi padre.

- Pues… fui a buscar a una amiga a una clase de Libre Configuración llamada “Arte Romano” y allí conocí a Berto.

- Justo le estaba pidiendo unos apuntes a Ana cuando llegaste.

- ¿Quién es Ana? -preguntó mi madre mientras rompía una hueva

- Otra amiga -respondí jovialmente. Me encontraba bien, muy bien, en mi salsa.

- ¡Cuántas amigas últimamente! -se rió mi madre

- Hablando de nombres. Aún no sabemos cómo te llamas. Mi mujer apostó por Sherezade, yo por Javel y mi hijo Ricardo… ya no recuerdo qué dijo.

- Lola. Es un nombre que viene de Dolores y....

- Ya sabemos de dónde viene, gracias.-le cortó mi madre antes de que Ricardo se explayara más. ¿Cuál es tu nombre?

- Jessika

 

Silencio. Pero ella no se amedrentó.

 

- Con dos eses y una ka.

 

Una cosa es meter el cuchillo y otra removerlo en la herida.

 

- Es un nombre poco común -dijo al fin mi madre

- ¡Yo ya estoy acostumbrada! -dijo ella, riéndose.

 

Ya fuera por el tono de ella o por otra cosa, la verdad es que la cena estuvo muy bien. Mi madre preparó unas tortillas francesas con perejil que estaban riquísimas. Mi padre abrió un buen vino e incluso mi hermano disfrutó tanto que apenas habló.

 

El desastre ocurrió durante el postre. Fue mi padre el que sacó el tema.

 

- ¡Qué placer tenerte aquí, Jessika! Tal vez mañana puedas acompañarme en la manifestación. Y así traerás a Berto contigo.

- ¿Va usted a manifestaciones? Eso suena muy bien -dijo ella

- Sí, el heteropatriarcado es una estatua de oro que se horada poco a poco. Lo de mañana es un paso más.

- ¿Heteropatriarcado? -preguntó ella

- Es un tema que le gusta a mi marido. ¿Te ha gustado la cena?

- Mucho, gracias. ¿Y de qué es la manifestación? -la pobre volvía al tema. Y eso que mi madre le había dejado abierta la puerta a una salida digna.

- Pues de la capìlla de la facultad. Somos muchos los que queremos una facultad libre de símbolos religiosos. La capilla es un insulto a la inteligencia.

- Pero la universidad creció justamente al amparo de la religión -dijo ella con un tono que me pareció algo beligerante.

- Puede. Pero es hora de extirpar ese cáncer.

- ¿La religión es un cáncer?

- Para la inteligencia pura, sí -y diciendo esto se acarició la gran barriga.

- Mucho me temo que no podré ir a la manifestación.

- ¿No estás de acuerdo con el tema?

- Dado que en una semana entro en el noviciado y que, si todo va bien, seré monja en un par de años, siento que algo así estaría fuera de lugar.

 

Silencio. Hecatombe.

 

- Magnífica tortilla -dijo ella con una sonrisa y levantándose. La acompañé hasta la puerta.

 

 

 

 

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