Sábado, 20 de abril de 2019

Religión en Libertad

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¿Sirve de algo el catolicismo de trinchera en la defensa de la vida?

por José Alberto Barrera

Últimamente me he hecho extremadamente sensible a la gente que me rodea en la Iglesia, y confieso que esto de fijarse en la paja en el ojo ajeno es muy peligroso, no vaya a ser que le saquen a uno la viga en el propio.

A lo mejor me pasa lo que C.S. Lewis contaba en boca de Escrutopo en “Cartas de diablo a su sobrino”. Sabiamente el veterano demonio aconsejaba a su sobrino que tentara su víctima, sugiriéndole que se pusiera a mirar la gente que había a su alrededor en la iglesia, para escandalizarle con sus faltas y apariencia, de manera que se frustrara su incipiente conversión.

Gracias a Dios creo que ese no es mi problema pues conforme pasan los años, esa verdad que intuí de corazón acerca de la Iglesia en el momento de conversión, no sólo se confirma sino que crece, y se hace experiencia vivida a lo largo de los años, en los que la única conclusión posible es aquello de 1 Timoteo 3,15 que nos dice acerca de la Iglesia de Dios vivo que es “columna y fundamento de la verdad”.


El caso es que no me negarán que vivimos tiempos de guerra cultural, en los que parece que muchos se han parapetado en su trinchera, y están dispuestos a aguantar el chaparrón que está cayendo y mantener el baluarte bien alto.

No es que haya nada malo de eso, tan sólo me pregunto cuántas de estas actitudes no esconden un pavor a la cultura actual y una incapacidad para hablar con este mundo tan perdido y para encontrar a los pecadores donde se hallan.

Perdónenme que me pregunte cuántos de los apologetas y defensores de la fe de entre nosotros han visto convertirse a alguien en toda su vida en su comunidad, en su parroquia o en el grupo de fe en el que se mueven.

Porque si estar en la trinchera significa que la gente no se convierte, por bien que nos vaya en la trinchera, por muy seguro y bonita que la tengamos por dentro, algo va descaradamente mal en la iglesia que nos hemos fabricado.


Creo que se puede decir con justicia que la Iglesia fue muy recelosa de la Modernidad, y se enfrentó a ella abierta y brillantemente en el terreno que había que batirse y algo de esa actitud de confrontación nos queda, pese a toda la apertura al mundo de hoy que supusieron documentos como la Lumen Gentium y la Gaudium et spes.

Lo curioso del tema es que superado el trauma de la Modernidad con la aparición del CVII, al surgir las convulsiones sociales desencadenadas por el mayo del 68 y subsiguientes movimientos, de repente la Postmodernidad salió a escena y, adelantando por la derecha, se plantó en el lugar donde antes campaba la tan temida Modernidad.

Pero la Postmodernidad tiene una gran diferencia respecto a la Modernidad, y es que es un movimiento difuso que ha conseguido alejar la batalla de las grandes ideas y principios morales (la moderna exaltación de la razón humana y el imperativo ético autónomo). Ahora la batalla se libra en cada corazón, en cada persona, en cada postmoderno. Es la exaltación del individuo hedonista y caprichoso, a quien sólo le interesa la realización individual de sus metas personales, sin atender a principios ni reglas.

El panorama es desolador, porque mientras se planteaba la batalla de las grandes ideas, en los términos dialécticos de la batalla con la Modernidad, el campo de batalla ha sido arrasado por un enemigo que no ha respondido a estas provocaciones, sino que ha seguido su labor de desmembración de la persona, la familia, el estado y la estructura paralelamente.

A mi juicio, ese es el drama y dilema filosófico de la Iglesia actual, que descartó el antagonismo con la Modernidad justo in limine litis, con el CVII, y cuando apenas se estaba rehaciendo, fue invadida por una Postmodernidad omnipresente, que como un retrovirus consiguió destruir las cosas por dentro, no desde las ideas, sino desde las experiencias.

Por eso la batalla ya no se puede librar desde las trincheras. Las trincheras sirven cuando las grandes operaciones de las guerras están en curso. Sirven para afianzar el statu quo, para marcar una línea de división y mantenerla, para extender las fronteras y las posiciones mientras se cuece la batalla global que dará sentido a la resistencia.

Si en algún momento el general se da cuenta de que la trinchera está siendo flanqueada, para ser desbordada y atenazada desde los flancos descubiertos, más le vale deshacer la posición, ya sea retirándose o avanzando, pues es sólo cuestión de tiempo el ver sus tropas arrasadas por el enemigo.

La Modernidad venía de frente, la Postmodernidad ataca por los flancos. Y seguimos en la trinchera, esperando una batalla que no se da, que no llega.

Un ejemplo en la batalla por la vida en la oposición a la nueva ley del aborto. Esperamos del Gobierno que atienda a la razón de nuestros argumentos. Y si no a la razón de la opinión de la calle, y por eso la intentamos llenar. Si el Gobierno no escucha, al menos la batalla estará bien planteada porque al menos habremos demostrado dónde está la verdad, la razón y la justicia…

No me atrevo a afirmar que el pulso lanzado por la Iglesia católica no proceda, creo que los obispos tienen razones mucho más ricas que las que yo expongo y que en seguirlos tenemos la bendición de Dios, así que aprovecho para hacerme eco de la Eucaristía del próximo día 27 de diciembre en Madrid.


Pero ¿soy el único que detecta que el Gobierno está contento con la oposición que se les plantea? Es como si jugáramos el papel que se espera de nosotros, y eso les diera la oportunidad de demostrar cuan igualitarios son al condescender con esta pequeña oposición y darle una voz, lo que no hace sino reforzar su argumento.

Algo en todo esto me sabe a guerra de trincheras... ¿se imaginan cómo sería el cuerpo a cuerpo en la batalla por la vida? Sé que sería una locura, pero ¿y si la Iglesia se declarara en huelga y cerrara hospitales, residencias, Caritas y todas sus obras a favor de la vida por un día?

¿Se imaginan, aunque fuera por un día, las calles llenas de pobres, enfermos, solitarios, ancianos, niños, padres y universitarios cabreados exigiendo al Gobierno que respetara la vida, su vida, en la que tanto deben a la Iglesia católica?

Eso sí que sería un cuerpo a cuerpo. Lo demás, como pedir la firma al Rey, no es sino una manera nostálgica de querer un Balduino que obviamente no tenemos, y plantear una vez más la susodicha guerra de trincheras.

Toda esta reflexión me produce la confusión de saber que de poco sirve un diagnóstico, cuando no se acierta en el tratamiento, del cual carezco, por más que me limite a señalar la cuestión.

¿Verdad que es fácil hablar y dar ideas descabelladas? Pido perdón por el atrevimiento, y espero que se anime la reflexión y el debate. En estas cosas, no hay soluciones fáciles, ni se puede apelar a una manera reduccionista de mirar las cosas. 

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