Lunes, 17 de junio de 2019

Religión en Libertad

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Un Cardenal traidor a España

por Angel David Martín Rubio



El pasado sábado día 28 de noviembre de 2009, se reunió en el Seminario Conciliar de Barcelona el Consejo Pastoral Diocesano. Según la nota oficial hecha pública por el Arzobispado de Barcelona, el Cardenal D.Luis Martínez:

«durante la reunión constató la preocupación e inquietud del pueblo catalán sobre el Estatuto que es la norma fundamental de la configuración de muchos aspectos fundamentales de nuestra convivencia social.

Sobre aspectos sustantivos que incluye el Estatuto, —dijo el cardenal—, los obispos de Cataluña ya ofrecimos nuestra valoración a la luz de la doctrina social de la Iglesia en el momento de su debate parlamentario y también anteriormente en el documento Raíces cristianas de Cataluña, de 27 de diciembre de 1985, documento que conserva toda su actualidad.

En este documento los obispos manifestamos el deseo de que «queden reconocidos plenamente los derechos de nuestro pueblo a su identidad nacional, manifestada en su realidad cultural e histórica». Esta realidad debe ser abierta, plural e integradora de todas las sensibilidades de las personas que viven y trabajan en Cataluña

El Sr. Cardenal manifestó también que por encima de todas las diferencias y discrepancias está el mandato universal del amor, de la acogida y del respeto a todas las personas».

Al mismo tiempo, Catalunya Cristiana, semanario que se distribuye en la práctica totalidad de la parroquias de esta región, ha publicado este fin de semana un editorial en el que se adhiere a los doce periódicos que el pasado 26 de noviembre publicaron un editorial conjunto en el que se presionaba al Tribunal Constitucional para que convalidase el nuevo estatuto de autonomía catalán. Sin que sepamos que hayan sido desautorizados por la autoridad eclesiástica competente, los responsables de este editorial llegan al extremo manipulador de buscar respaldo para sus iniciativas sececionistas en el Magisterio de la Iglesia y en las intervenciones de los últimos romanos pontífices cuando es bien sabido que, precisamente por la lección de la más reciente historia europea de los siglos XIX y XX las enseñanzas de los Papas están llenas de advertencias acerca de la incompatibilidad entre el nacionalismo y un auténtico patriotismo y de los peligros que ideologías fundamentadas en este disolvente principio suponen para la convivencia y el bien común.

Cada vez que un representante de la jerarquía oficial o sus secuaces hacen suyas las tesis del separatismo, en este caso catalán, nos vemos en la gloriosa obligación de recordar que en nuestra Patria no hay otra identidad nacional que la española. Que los españoles podrán decidir acerca de las cosas secundarias; pero acerca de la esencia misma de España no tienen nada que decidir porque  nuestra generación no es dueña absoluta de un patrimonio que ha recibido del esfuerzo de generaciones y generaciones anteriores y ha de entregar como depósito sagrado a las que le sucedan.

Y si alguien pretende lo contrario, en el caso de que aún existiera España y el Estado de Derecho bastaría con pedir que se le aplicara la Ley. Pero mientras llega esa hora —y al tiempo que apelamos por segunda vez en pocos meses a que quién tiene autoridad para hacerlo ponga coto al desmán de los obispos separatistas— tendremos que volver a recordar que la doctrina de la Iglesia no es la de estos lobos disfrazados de pastores sino la de aquellos que, como el Cardenal Gomá (catalán y español) condenan al nacionalismo afirmando «que surge contra el Estado y sacude el yugo común que aunaba en la síntesis de la Patria única a varios pueblos que la Providencia y la historia redujeron a un denominador común». (cfr. Catolicismo y Patria, VI).

Porque la doctrina católica predica a los pueblos la justicia y la caridad, también en el orden político y es la justicia y la caridad la que, «dentro de un mismo Estado, impone el respeto a vínculos derivados de los hechos y principios legítimos que forman de varios pueblos una gran Patria» (Ibid.). Para concluir, con esperanza, que una vez silenciados quienes odian aquello que nosotros amamos, nuestra España volverá a ser: «Una, con la unidad católica, razón de toda nuestra historia; grande, con la grandeza del pensamiento y de la virtud de Cristo, que han  producido los pueblos más grandes de la historia universal; y libre “con la libertad con que nos hizo libres Cristo” porque fuera de Cristo no hay verdadera libertad» (ibid.,VII).

Addenda: Aunque no compartimos el entusiasmo de sus autores por la Constitución de 1978 que, a nuestro juicio, ha sido agente activo en la destrucción de la identidad nacional española y de su soporte jurídico, invitamos a conocer, difundir y apoyar el Manifiesto por la dignidad de España hecho público por una docena de colectivos cívicos como respuesta al largo período de deslealtades nacionalistas y dejación de sus responsabilidades por los partidos supuestamente nacionales


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