Lunes, 20 de mayo de 2019

Religión en Libertad

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Si yo fuera ateo

 

Es un caso poco probable, pero no imposible. La fe es un don de Dios y, si Él quiere, puede retirar esa gracia cuando lo considere oportuno. No son pocos los casos de santos que han visto oscurecida su fe hasta el punto de creer que la habían perdido. San Juan de la Cruz llama a eso “noche oscura del alma”. Santa Teresita de Lisieux sufrió un proceso de esta índole al final de su vida, cuando la tuberculosis era irreversible y la muerte rondaba muy próxima. Llegó a decir que no tenía fe ni esperanza, que solo le quedaba el amor. Es conocida también la terrible noche oscura de la madre Teresa de Calcuta. Y, disculpen que hable de cuestiones personales, mi padre, hombre de fe exigente y radical, vio un día perdido el don y me aconsejó: “Muchacho, no sé ya si Dios existe o no existe. En cualquier caso, vive como si Él existiera.”

Uno ha padecido también algunas noches oscuras y ruega para que no se repitan, pero, si vuelven, habrá que aceptar la voluntad divina: todo es para bien. Supongamos, sin embargo, que nunca hubiese tenido el don de la fe. Supongamos que puedo elegir con conocimiento de causa porque tengo una buena formación intelectual, filosófica. En tal caso, si no fuera católico, mi opción sería el ateísmo. No me extenderé en las carencias que presentan todas las demás religiones, ni explicaré ahora porqué el Cristianismo no es una religión. Elegiría el ateísmo más ateo. El del joven André Frossard antes de su conversión al catolicismo. Era un ateo que obviaba a Dios: si algo no existe, no hay que perder el tiempo considerando la hipótesis. No existe y punto. Y, desde luego, no hay que manifestarse en contra de algo que no existe. Simplemente, mi vida moral y física no se ve afectada en absoluto por la inexistencia de un ser que, como mucho, es fruto de la fértil imaginación humana. Por supuesto, tampoco mi vida ordinaria se ve afectada por algo que no existe y mis actos, aún menos. Frossard, como su padre, era comunista y en su casa no se hablaba de Dios. Es lo coherente.

El comunismo mostró una hostilidad política hacia las religiones y lo mismo hizo esa otra forma de socialismo que se denominó “nazismo”. Ambos eliminaron físicamente a cuantos fieles de distintas confesiones tuvieron a su alcance: esto es tristemente cierto. Pero no actuaron en el alma de las personas con la profundidad necesaria porque las ideologías que ofrecían como alternativa no tenían la profundidad necesaria. Así, tras el derrumbe de la URSS, todos aquellos países -incluida la propia Rusia- que habían estado sometidos al yugo comunista volvieron en mayor o menor medida a la fe de sus mayores.

Sin embargo, hoy, el ateo es un individuo o individua beligerante y rencoroso/a que pretende que ese Dios que no existe y sus representantes en la tierra, en especial la odiada Iglesia Católica, avalen y bendigan cualquier tipo de aberración moral contraria al derecho natural que, obviamente, también niegan en un alarde de incoherencia digno de mejor causa. Dios no existe, la Iglesia Católica es una mera organización de poder humano, por consiguiente nada de lo que digan sus miembros puede afectarme a mí, ateo. De la misma forma que a mí, católico, no me afecta en absoluto lo que pueda decir el Dalai Lama o el Gran Mufti de El Cairo. El ateo de hoy, además, no es ateo. El laicismo ateísta ha aprendido de los errores nazis y comunistas y ofrece al ser humano una alternativa con mayor profundidad. El propio laicismo ateo se convierte en religión y crea sus dogmas y su inquisición. El barniz espiritual de todo ello se llama “New Age”: un batiburrillo de creencias y prácticas que van desde algunas ancestrales importadas de Oriente, hasta un nuevo paganismo “light” impregnado de elementos religiosos indígenas –americanos, sobre todo- y de un culto, no demasiado evidente por supuesto, a la madre tierra. Todo ello trufado con la literatura de supuestos gurús como Paulo Coelho.

Y así, el ateo moderno cierra el círculo y retorna al paganismo y al panteísmo. El error comunista fue despojar al hombre de toda condición espiritual. El acierto laicista consiste en mantener una condición espiritual que debería negar si fuese realmente ateo. La consecuencia lógica es que el retorno al paganismo es, como ya advirtió San Pablo -y con más humor, Chesterton- el retorno al culto a los demonios.

Oigo a los ateos modernos diciendo que esto es “mitología”. Y yo les digo que, si fuesen ateos a lo Frossard, no tendrían necesidad de hablar de mitología porque no la habrían desenterrado. Si abres la puerta al mundo del espíritu corres el riesgo de que salgan los espíritus y hagan preguntas incómodas. Pero ya no quedan ateos consecuentes y honestos. O, al menos, yo no los conozco.  

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