Lunes, 20 de mayo de 2019

Religión en Libertad

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La desconfianza antropológica de la Iglesia

por Una iglesia provocativa

Permítanme una reflexión en alto en clave de filosofía.  En un tiempo en el que la Iglesia quiere lanzarse a evangelizar y mucha gente anda buscando recetas de Nueva Evangelización, es aún más necesario pararse a pensar cuáles son nuestras actitudes frente a la Nueva Evangelización.

Estoy convencido de que la Nueva Evangelización ha de apoyarse en métodos y lenguajes adaptados a la realidad de los destinatarios del Primer Anuncio. Pero sin el fundamento adecuado, estos métodos no serán más que técnicas y los lenguajes se tornarán vacíos porque la evangelización es ante todo un problema de estilo y de actitud.

De las actitudes profundas salen las acciones de las personas y también de las instituciones; como formulaban los clásicos del ser se deriva el hacer y no al contrario. Debemos por tanto revisar la actitud con la que afrontamos la tarea evangelizadora antes de pensar en planes, objetivos, evangelizados, o incluso evangelizadores.

Reconozcámoslo, la gente recela de la Iglesia y una de las mayores objeciones hacia ella es casi visceral y se traduce en una reacción de rechazo instintivo ante una Iglesia que se percibe como coartadora de la libertad ajena.

¿Por qué sucede esto?

Curiosamente el pensamiento católico, frente al protestante, se basa en la confianza en la capacidad de la razón, la cual aunque herida por el fomes pecati puede ser sanada por la gracia que redime la naturaleza de forma que vuelva a ser el instrumento de conocimiento para el que se diseñó. En esta óptica la fe es posible porque podemos conocer mediante ella por lo que es razonable.

Esta confianza antropológica tan propia del catolicismo ha sido desmentida muchas veces no por la teoría teológica sino por las actitudes.

Hace no mucho citaba a una persona que en su trabajo con jóvenes decía: “durante décadas la Iglesia se ha preocupado por dar respuestas a los jóvenes sin atender a las preguntas que estos tenían

Una Iglesia preocupada en dar respuestas y dar las cosas tan masticadas a los fieles corre el riesgo de ser condescendiente y eliminar de la ecuación la libertad así como la capacidad de bien y de belleza de la persona evangelizada. Esto lleva directamente al fanatismo intransigente o al catolicismo de trinchera que se aísla porque ve por todas partes enemigos.

Y todo esto viene de la desconfianza antropológica hacia la postmodernidad.

Cada vez estoy más convencido de que una de las cosas que más nos hacen estar desfasados ante el mundo de hoy en día es el recelo que se tiene hacia todo lo que tenga que ver con la postmodernidad. Tanto en las facultades de teología como en las predicaciones, conferencias y catequesis de todos los días se observa una crítica abierta hacia todo el fenómeno comunicativo de la postmodernidad y al hombre postmoderno.

A éste se le califica de banal, hedonista, efímero, egocéntrico y muchas cosas más que no por ciertas constituyen la fotografía completa de la época en la que vivimos. La Iglesia quiere adoptar métodos contemporáneos pero insiste en formulaciones del tipo “para evangelizar hay que ser modernos”.

Señores, la modernidad ya paso, para evangelizar no hay que ser modernos. La crisis de la Iglesia con la modernidad ya la zanjó el Concilio Vaticano II, y al día siguiente empezó la postmodernidad. Que nos hayamos reconciliado con la modernidad no nos da patente de corso para hablar a la gente hoy en día, más aún  las más de las veces este es el impedimento número uno para entender el mundo de hoy.

¿Por qué digo esto?

Porque en una especie de condescendencia utilitarista se quiere utilizar medios “modernos” como Facebook, Twitter, Youtube y demás redes sociales para insistir en dar un mensaje en unas claves comunicativas que no corresponden a esos medios. Vamos que aunque la mona se vista de seda, en mona se queda. Una homilía moderna, no es postmoderna por el hecho de que se cuelgue en Youtube.

Por si esto fuera poco encima se critica la falta de comunicación de los jóvenes de hoy en día, lo poco que hablan, leen o piensan…negando la emergente realidad de un continente digital donde hoy en día vive y se comunica la gente.

Que mi abuela no entienda el Facebook y mi padre no le guste utilizarlo aunque lo tenga no invalida el hecho de que las redes sociales son ahora mismo el medio de comunicación por excelencia que ha multiplicado el hecho comunicativo exponencialmente.

Pero vamos a la esencia, ¿por qué pasa esto?

¿Por qué una Iglesia que tiene la verdad insiste en darla en unos formatos y estructura comunicativa que no llegan porque están desfasados y encima se permite el lujo de criticar a sus receptores por no entenderla?

La respuesta es la del título, por la desconfianza antropológica que se ha instalado en la Iglesia.

Se desconfía de la cultura ambiente cuando asistimos a un cambio de época, y se quiere rechazar los cambios que se producen sin darnos cuenta de que no hay vuelta atrás.

Se desconfía de las personas y se apuesta por las ideas, pensando que éstas se impondrán por sí mismas, ex opere operatur, cuando todo indica a que hoy en día la persona es lo único que entiende la gente.

Se desconfía de las comunidades virtuales y reales que hacen que hoy en día dos jóvenes de Madrid y de Japón tengan más en común culturalmente entre sí de lo que los mismos jóvenes tienen con sus respectivos abuelos.

Se desconfía en definitiva de unos receptores que sólo se abrirán al primer anuncio cuando se confíe en ellos…tremenda paradoja.

Yo lo llamo desconfianza antropológica, algo tan profundo que no se percibe en los discursos pero si en las actitudes. Algo que nos hace estar tensos cuando evangelizamos, resultar pesados y fuerzamáquinas, algo que nos incapacita para la empatía.

Es un problema al fin y al cabo filosófico, parecido al que hizo recelar a la Iglesia de la modernidad hasta tal punto que la llevó a encerrarse en sí misma sin apenas relación con el mundo exterior.

Es la consecuencia del juicio tan negativo que tenemos hacia la postmodernidad, pues no esperamos de ella nada bueno, nada positivo, y en fondo deseamos que la gente dé un salto para atrás y vuelva al sistema anterior de cosas para que nos entiendan…

Y ni la sociedad ni la historia son así. La historia en cristiano es un devenir hacia la parusía final y por tanto la historia avanza, evoluciona, se acerca hacia ese final. No podemos ser cristianos mirando atrás, y ponernos en plan Jorge Manrique diciendo que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Vivimos una época fascinante en la que se ha producido una auténtica revolución que apunta directamente hacia la vuelta a la persona y la comunidad. Por increíble que parezca la demolición de las bases que fundamentaban la sociedad de nuestros abuelos que está llevando a la decadencia de las ideologías trae consigo algo tremendamente positivo. Se intuye la vuelta a la persona, la vuelta a una fenomenología antropológicamente sana que nos lleva a la apertura ante la verdad personal y comunitaria de cada individuo. 

Por supuesto esto es todavía un desiderátum, una tendencia que se intuye, una consecuencia anticipada. No se puede negar la desestructuración de la persona y la sociedad de la época actual. En nombre de la autonomía y la libertad individual se han derribado estructuras sociales y de pensamiento que fundamentaban nuestro mundo. Vivimos en una abierta cultura de la muerte como bien explicó Juan Pablo II.

Pero todo esto tiene un contraefecto, produce personas anhelantes de la comunidad dejadas a su propia libertad y es ahí donde se ve que estamos ante una revolución en la que el cristianismo no está tan mal posicionado como pensábamos.

En una época sin grandes verdades, sin Logos, donde la única verdad es el logos en minúscula individual de cada persona, Jesucristo brilla como Dios hecho persona, y persona que vive en ti.

En una época donde la familia y la nación están derrumbándose, la Iglesia como comunidad de vida y familia de Dios se convierte en la patria de quienes han quedado huérfanos por la cultura actual.

En un tiempo donde abunda el pecado, ha de sobreabundar la gracia y nosotros los cristianos somos intermediarios, cauce y concreción de la gracia de Dios.

La postmodernidad puede descolocarnos y dolernos, pero no nos equivoquemos, es un cambio de época que generará nuevas oportunidades de comunicar el mensaje sempiterno del Evangelio, y tenemos la enorme ventaja de que la verdad es la misma siempre, ya sea en la Edad Media, el Renacimiento, la Edad Moderna o la Postmoderna. La cuestión es si sabremos entenderlo y confiar en el plan de Dios para redimir la historia…

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