Sábado, 20 de abril de 2019

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Santa Catalina de Siena (13471380). Doctora de la Iglesia (1): Dominica Mantelata

por Contemplata aliis tradere

 He ido varias veces a Siena desde que era joven estudiante en Roma. La última vez fue en la primavera de 2011 con mi interés muy aumentado por varias razones. Fui invitado por una persona que acababa de pagar la hipoteca de su piso y, para celebrarlo, me invitó a mí y a otros dos amigos a visitar los lugares dominicanos del norte de Italia, a saber, Bolonia, Florencia y Siena.

Un domingo, salimos de Florencia, guiados por el GPS, con ganas de encontrar pronto la autopista para Siena ya que queríamos llegar  a la última misa, antes del mediodía. Lo conseguimos. Siena dista unos sesenta kilómetros de Florencia y se accede por una autovía secundaria bastante pobre, descuidada y mal trazada. El paisaje es el mismo que habíamos visto hasta ahora, verde y monótono, siempre los mismos bosques, los mismos árboles, la misma falta de horizontes. Hacía un día espléndido de sol pese a los augurios de lluvia de internet y del hombre del tiempo.

Siena, para el que no la haya visto nunca, es una bellísima joya. Una ciudad pequeña, donde puedes recorrer perfectamente a pie todo lo que se puede visitar que no es poco. De momento decidimos ir a Santo Domingo porque pronto llegarían las 12 y a esa hora decían la última misa. Al menos ese era el informe de internet. Vimos, desde lejos, que iba gente a Misa. Nosotros despistados, entramos en la gran basílica pero la gente que habíamos visto no la encontrábamos por ninguna parte. Al fin preguntamos y nos dijeron que era en la Cripta. Buscamos y, en efecto, allí estaba a punto de comenzar una eucaristía, mientras en Roma, ese mismo día, estaban  beatificando a Juan Pablo II. Terminada la misa subimos a la basílica y disfrutamos de su arquitectura grandiosa y sencilla a la vez en nada parecido a lo que veríamos por la tarde, a saber, una catedral marmórea y a otros edificios revestidos del mismo mármol, impresionantes y bellos, pero hechos más para la distracción que para la interiorización.   

Cuando Catalina tenía seis años miraba con frecuencia desde su casa a la gran mole de Santo Domingo y siempre sentía sin saber por qué una gran emoción. Su casa estaba en bajo y se necesitaba escalar una gran pendiente hasta el templo. Toda la parte norte de Siena es como una montaña en anfiteatro unida a la parte sur por un collado central. No se ven las dos Sienas. La casa de Catalina y Santo Domingo están en la parte norte. Un día, al venir del otro costado de la ciudad donde había ido con un hermano a un recado, al pasar el collado y avistar la parte norte vio encima de la Iglesia de Santo Domingo  como un grupo escultórico de brillantes figuras cuyo centro lo ocupaba Jesucristo, vestido como el Papa, y, alrededor, San Pedro, San Pablo y san Juan. Quedó la pequeña tan ensimismada que su hermano Esteban que la acompañaba hubo de forzarla para que reemprendiera el camino. Tenía seis años y había visto en esos personajes el corazón de la Iglesia. Nunca se le borró del alma esta imagen vista a los seis años.

Las cosas en casa comenzaron a complicársele a la niña porque su interior le pedía retiro y oración. Entretanto se enteró que los frailes blanquinegros de la gran iglesia de arriba se llamaban dominicos y habían sido fundados por un tal Domingo con el fin de predicar para la salvación de las almas. Domingo había vivido ciento cincuenta años antes que ella. Rápido se encendió en Catalina un ardor incontenible de hacerse dominica y se puso a soñar en vestirse de blanco y negro y marcharse lejos a convertir infieles. Dice su biógrafo, Raimundo de Capua: “En la escuela del Espíritu Santo comenzó a comprender que era necesario reservar para el Creador toda la pureza de cuerpo y de alma; por ello no anhelaba otra cosa que conservar la pureza virginal. A sus siete años, observa su biógrafo estaba tan capacitada como una mujer de setenta años para pensar incluso en el voto de virginidad”.

Cuando el Espíritu Santo no le decía nada ponía con garbo toda su cultura religiosa en orden a adquirir la santidad. Empezó a mortificarse en la comida y en la bebida privándose de la carne y del vino y disciplinándose cuando nadie la veía. Esto le duró hasta los doce años sintiéndose feliz con sus maceraciones que ofrecía a Dios para que creciera su amor y entrega por él.

No le eran fáciles a Catalina ciertas cosas. Aunque la casa de Jacobo y Lapa era grande, Catalina ocupaba el número veinticuatro de los hermanos. Nació en 1347 y era gemela de otra niña llamada Nanna que murió pronto. Al año siguiente nació otra Nanna que fue la última de los hijos de Lapa. Jacobo era tintorero y tenía obreros a su cargo. No le faltó trabajo nunca y pudo ir sacando adelante con gran sacrificio a todos sus hijos. Muchos de los hermanos murieron de niños.

Cuando sólo tenía doce años, su madre Lapa comenzó sus labores de casamentera buscando a alguien para su hija Catalina. Lapa era una mujer de carácter y sus hijos no le habían disminuido el remango y decisión necesarios para dirigir la prole. De su natural, Catalina no era ni guapa ni fea, pero tenía que arreglarse. Tenía un semblante fino y los ojos negros, grandes y luminosos. Entre la madre y la hermana mayor Buenaventura la convencieron y pasó un tiempo vistiéndose y viviendo en la frivolidad. Cuando se dio cuenta de estos años perdidos fue terrible para ella. Veinte años más tarde, cuenta su confesor, todavía se acusaba de este pecado como de un gran crimen. Como su confesor le recriminara, exclamaba en oración: ¡Oh, Señor mío qué padre espiritual me encuentro, que excusa mis pecados!.....

Un día apareció en casa con el pelo cortado y desafió a su familia con la intención de servir a Dios en penitencia. Fue terrible la que le cayó encima con burlas y desprecios de su propia familia pero el Señor le iba dando, cada vez más en lo hondo, un refugio donde encontrar la paz y guarecerse, era su celda interior. “Por inspiración del Espíritu Santo se construye en su alma una celda secreta de la cual se impone no salir nunca al mundo por cualquier motivo”, dice su confesor Fray Raimundo. De ahí saca una sabiduría feliz y logra perfeccionar su aceptación y su obediencia.

Dominica Mantelata

Mantelata es un nombre genérico que se aplicaba a las terciarias de las diversas Órdenes. Una noche Catalina tuvo un sueño: vio reunidos en asamblea a muchos padres y fundadores de Órdenes religiosas y entre éstos a Domingo de Guzmán. Todos la invitaban a entrar en su Orden pero Santo Domingo se adelantó llevando en su brazo el hábito de las Mantellate dominicas o Hermanas de la Penitencia y le dice: “Dulcísima hija, ten ánimo, no temas ningún impedimento porque, como deseas, vestirás pronto este hábito”. Las hermanas de la Penitencia no tienen la obligación de vivir en común pero visten el hábito blanco y negro y participan del espíritu dominicano cada una en su casa. En la espera, Catalina intensifica su preparación penitencial y se somete a unas prácticas que si no estuvieran bien documentadas nos parecerían irreales y patológicas. Duerme solo una hora en una tarima de tabla fabricada por ella misma, deja todo lo cocido excepto el pan, se alimenta de verduras silvestres; un poquito de vino muy aguado. Vestirá toda de lana siempre y sustituirá los cilicios por amor a la limpieza aun externa que le agrada mucho, por una cadena de hierro. Se la ajustará al cuerpo y tan estrechamente que tendrá casi roja la piel. Y después las largas disciplinas, a veces de hasta hora y media.

            Estos datos nos los proporciona su íntimo biógrafo y amigo Fray Raimundo de Capua. Él mismo se da cuenta de que hay algo de monstruosidad en todo esto y advierte al lector que no juzgue, que no quiera comprenderlo con su inteligencia. Nos amonesta que no nos equivoquemos de perspectiva, que nos pongamos a nivel del don ya que con nuestra razón no vamos a entender nada. Dice que ni Catalina ni nadie es capaz por sí misma de hacer esto. Todo se debe a la plenitud del Espíritu. Al Señor, dado la época en que vivió Catalina le parecía bien así. Catalina es total. Su entrega es íntegra, no se reserva nada para sí misma.

La obra de Dios en Catalina es gratuidad total. Pero la encarnación de Cristo en sus santos sucede según las diversas épocas y culturas. Catalina asimiló desde niña las más negras corrientes penitenciales de su época. El siglo XIV fue un siglo decadente, en nada parecido al XIII, muy marcado por las grandes pestes de la época. En el tiempo de la niñez de Catalina estaba la peste negra en su momento más álgido. Esta peste llegó a Europa un año después de nacer Catalina. Hizo desaparecer un tercio de los habitantes de Europa, cundiendo un desanimo absoluto sobre los supervivientes. En ese contexto nació el movimiento de los flagelantes, que recorrían pueblos y ciudades flagelándose. Pensaban que, recreando la pasión de Cristo en sus cuerpos mediante la penitencia, lograrían salvarse de la peste negra, a la cual consideraban un castigo mandado por Dios. Un santo en aquella época o se flagelaba en serio o estaba fuera de contexto.

 Su madre Lapa, no entendía demasiado de contextos, rota de dolor ante la conducta de su hija decía gritando: “¿Quién me ha robado a mi hija? Te veo ya muerta, hija mía, te estás matando. ¿Quién manda tantas desgracias a mi hija? Y, según el biógrafo, Lapa añadía lamentos y se volvía como loca, se arañaba y a gritos se arrancaba el pelo como si viera a su hija ya muerta”. Las vecinas andaban desconcertadas y cada día acudían a ver qué nueva desgracia les contaba la vieja Lapa.

El único cabal en aquella casa era el padre de Catalina, Jacobo. Un día, Dios le inspiró las palabras definitivas. Le dice a Catalina delante de la familia: “Dios nos libre, hija mía, de contradecir en esta casa a la Divina Providencia. Hasta ahora no nos dábamos cuenta. De ahora en adelante te dejaremos en paz en tus santas obras y no impediremos más tus santos ejercicios… ruega mucho por nosotros”. Vuelto a su mujer e hijos dijo: “Que nadie se atreva a ponerle impedimentos. Dejad que sirva a su Esposo como a ella le agrade y que ruegue incesantemente por nosotros”.

Las palabras de Jacobo, hombre santo, infundieron el respeto en la familia. Catalina pudo actuar libremente y, lo que es más importante, se le abría el camino para entrar en Santo Domingo, como decían en Siena. Comenzó las gestiones y pronto llegó el primer contratiempo. Una enfermedad rara le llenó el cuerpo de granos, pústulas y fiebres. Al principio recibió la enfermedad con agradecimiento pero ante el deseo de recibir el hábito se puso a pedir su curación que pronto se realizó. Todas las Mantelatas de Siena eran bastante mayores; no pegaba una chica de dieciséis años entre ellas. Al principio hubo muchas que se opusieron, dada la edad de Catalina. Al final fue su madre Lapa la que lo gestionó todo. ¡Qué contradicción! En la vida de Catalina todo era extraordinario..

Su toma de hábito fue muy especial, al parecer con asistencia de muchos frailes y de muchas mantelatas de las que había bastantes en Siena. Su entrada en la Orden no implicaba votos públicos de castidad, pobreza y obediencia, pero ella los hizo en su corazón. Su alma emprendió un más alto vuelo hacia su amado. Esto le introdujo cada vez más adentro en su celda interior. Pronto iba a salir de su gran soledad para enfrentarse con los grandes problemas y contiendas de los hombres.

La que no eres

Catalina fue una elegida desde niña. El Espíritu Santo la amó, ella lo sintió y trato de responderle con todas sus fuerzas, con una entrega total. Lo hizo como ella sabía y como le decía su tiempo: entregándose a una ascética rigurosísima. Quería morir a sí misma, que es el principio de toda santidad. Ahora bien, estas muertes ascéticas programadas por ella, a pesar de toda la buena intención, en vez de muerte muchas veces ensalzan el propio yo. Y Catalina empezó a dudar.

De repente le viene otro tipo de ascesis o purificación del sentido ya no escogidos por ella. Unas tentaciones horribles contra la castidad. Su celda interior se le llena de demonios según su lenguaje y comienza una lucha sin cuartel que dura mucho tiempo. La niña se lo achaca todo al demonio pero para eso bastan las propias hormonas, sobre todo en un ser que ha reprimido tan duramente su carne. Todo se desarrolla dentro del cuartucho que ocupaba en su casa de Fontebranda que así se llamaba el lugar donde habitaba con sus padres. Estas tentaciones, dice Raimundo de Capua, no solo eran fantasmas de la imaginación o del sueño sino escenas vivísimas que le penetraban por los ojos y por los oídos y la hacían desfallecer. A veces las tentaciones carnales se alternaban con otras pesadillas llenas de horrores de todo tipo.

Asaltada así, se levanta contra sí misma, contra su carne y redobla sus penitencias. Aprieta más a su costado la cadena de hierro, duerme media hora cada dos días, se priva de la comida casi totalmente. Lo único que consigue con ello es que aumenten las tentaciones y se hagan más vivas y lacerantes. Se ve perdida y a punto de desfallecer. “Con la fe se vencen las tentaciones”, se dice a sí misma. Ha llegado al punto cero de su vida carnal; no puede más. Se entrega y dice: “Señor, confío en ti sólo en ti, yo no puedo más”. Se le aparece Jesús y Catalina se queja: "¿Dónde estabas, Esposo de mi corazón, cuando era tan duramente tentada?" "Estaba dentro de tu corazón ayudándote a vencer", le contesta Jesús sonriendo. Jesús añade: “Hija mía, entérate bien de que tú eres la que no eres y yo soy el que soy.

 Esta maravillosa respuesta de sabiduría le entró en lo profundo de su ser.  Se dio cuenta de que tenía que salir de sí misma, que ella no era, que nunca sería capaz de vencer en nada ni librarse del pecado desde sí misma. Todo cobraba un sentido nuevo. Con esto Catalina se hace dominica de verdad. Se da cuenta de la acción previa de Dios, de que Dios la ha amado sin ningún merito de su parte. Catalina, con su lenguaje, considera que el Ser ha suscitado a la creatura de la nada movido sólo por el Amor, Amor eterno que ha previsto y preordinado desde siempre a la creatura y la quiere inmortal y esplendorosa con Sí y en Si…

Estaba más que contenta. Le parecía que tan unida a Dios ya nada malo le podría pasar. Le faltaba lo peor. Digamos la purificación del espíritu en pura fe. Y llegó también de repente. Iba a vivir poco y Dios tenía prisa. Sin saber cómo, se sintió sola y abandonada de Dios. Esto no estaba en el programa. El amor se ve privado del Amor. Siente resfriarse la presencia divina, ya no hay más visitas espirituales, se siente mal, se culpa a sí misma, duda de todo el pasado y del sentido de su vida, todo ha sido mentira, el demonio me ha engañado. Nadie puede imaginar hasta qué punto pueden ser estos sentimientos lacerantes sobre todo a uno que se ha entregado del todo. Simplemente horror. Poco a poco le fue brotando una lucecita: la fe. Sólo la fe. Para estar cerca de Dios sólo cuenta la fe. En esa fe le resuena la segunda parte: Yo soy el que soy. Todo lo que no sea fe, incluso nuestra experiencia de Dios, son construcciones nuestras.

Un día, en medio de la gran oscuridad, el Señor le dijo: Yo te desposaré conmigo en fe. Y he aquí que la celda de Fontebranda se abre de par en par a la luz y a las figuras del cielo. Aparecen la Virgen, San Juan, el apóstol Pablo y Santo Domingo. Llega después el rey David que trae consigo la cítara de sus profecías, cuyo sonido llena la estancia de ternuras. La Virgen toma la mano de Catalina y se la presenta a Jesús. El Hijo de Dios pone en el dedo de la muchacha un anillo rico de símbolos: cuatro perlas engastadas alrededor y un diamante de azul deslumbrador en el centro. Jesús le dice: He aquí que yo te desposo conmigo en la fe hasta que vengas al cielo a celebrar las bodas eternas.

 

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