Sábado, 20 de abril de 2019

Religión en Libertad

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Con quince años

por Victor in vínculis

El primer fin de semana del mes de mayo el pueblo toledano de La Torre de Esteban Hambrán celebra la fiesta de Nuestra Señora de Linares. Según la tradición la imagen procede de la ermita de un pueblo llamado Linares, actualmente desaparecido, pero la imagen se conserva en la parroquia de La Torre.




          Andrés Pérez Fernández nació el 1 de diciembre de 1920 en Novés (Toledo); sus padres se llamaban Leoncio y María Gloria. Pasó a vivir a Torrijos (Toledo) y tomó la primera comunión de manos del Beato Liberio González Nombela. Desde 1930 vivió en La Torre de Esteban Hambrán (Toledo).
 
En 1936, Andrés era un joven de 15 años, que parecía de más edad por su seriedad, honradez, amor al prójimo. Adoraba a sus padres y cuidaba y daba ejemplo a sus hermanos. Era un joven muy inteligente; hoy diríamos un superdotado. Los maestros del pueblo le dijeron a su madre: “Andrés nos ha pasado, no hay tema que no sepa; no tenemos más que enseñarle”. Con 15 años llevaba la contabilidad y la oficina de la fábrica de alcoholes de don Isidoro Alonso.
 
Era un gran dibujante, tanto a carboncillo como al óleo, lo cual hacía a una gran velocidad. Dibujaba a la Virgen de Linares, patrona de La Torre, como si fuera una fotografía. En la casa pintó en el salón el Santo Cristo de Limpias, de tamaño natural en una de las paredes; al estallar la persecución, hubo que taparlo con un armario.
 
Tenía una gran capacidad de trabajo. Además de la oficina de la fábrica, dirigía a los jóvenes para representar obras de teatro; lo único que hacía mal era cantar. Era presidente de la Juventud de Acción Católica de La Torre.
 
 
Estalla la Guerra
 
El 22 de julio de 1936, sobre las 18,00 horas, detuvieron a su padre y a otros treinta y dos más, trasladándolos a la cárcel modelo de Madrid. Desde ese día pusieron dos milicianos en la entrada de la casa, día y noche, con la orden de prohibir la salida a su madre y a sus hermanos; sólo le autorizaban al que se llamaba Francisco poder pedir comida por las calles a los conocidos. “Así estuvimos -narra su hermano Francisco- hasta el día 10 de octubre de 1936, en que pusieron en libertad a su padre y quitaron la vigilancia de mi casa”.
 
Andrés no salió de casa desde el 22 de julio (Santa María Magdalena), patrona de la iglesia parroquial donde comulgó ese día. El 23 de julio asesinaron a su amigo Daniel Ventero, también de la Acción Católica y a otros dos más, junto a la iglesia.
 
Al día siguiente por la tarde, en el patio de la casa -relata Francisco- vi y oí cómo mi hermano Andrés, sentado en una silla, tenía a mi hermano pequeño sentado en sus piernas y le decía: “-Ricardo, tienes que ser muy bueno, tienes que querer mucho a papá y mamá y a los hermanos. Yo mañana (día 25) me iré muy lejos, al cielo, pero no te preocupes, yo pediré al Niño Jesús por ti; sé muy bueno”. Esto me sorprendió mucho y yo con mi inocencia se lo dije a mi madre, rompiendo la pobre a llorar”.
El 25 de julio, fiesta de Santiago Apóstol, a las 7,00 horas se presentaron varios milicianos en su casa llevándole detenido. Al doblar la esquina de la calle, le ataron las manos por detrás con alambre; su hermano Francisco lo vio porque salió detrás de él.
 
“Sobre las 11,00 horas del mismo día, mi madre me dijo: “-Paquito, hijo, vete a ver qué pasa con tu hermano”. Cogí de la mano a mi hermano menor Ricardo, continúa explicando Francisco, que sólo tenía cinco años, y nos fuimos hacia la plaza del Ayuntamiento. Al llegar junto a la iglesia, vi a una muchedumbre de hombres y mujeres; los dos pudimos comprobar cómo insultaban a Andrés, pegándole con palos, pinchándole con leznas y agujas con una soga atada al cuello. Llevaba la camisa llena de sangre, lo mismo que la cara y los brazos. La chusma que lo rodeaba, gritaba: “-¡Blasfema contra Dios, contra la Virgen de Linares, y contra el Cristo!”, mientras le pegaban y escupían. Mi hermano pequeño y yo mirábamos con estupor y en un momento volvió la cabeza y nos miró con cara de pena, y al mismo tiempo, con dulzura. Yo en aquel momento tenía once años pero jamás se me ha borrado la imagen”.

                A
ndrés Pérez y sus amigos, Sabas de 18 años y Pedro de 20, fueron llevados en varios vehículos al cruce de carreteras, llamado “Las Bolas”, con la carretera de Extremadura. Iban unos cuarenta hombres para asesinarlos.
 
Allí les dijeron que podían irse, que quedaban libres, pero Andrés reaccionó diciendo: “-No lo hagáis, que os van a matar por la espalda”. A pesar de eso salieron corriendo y así los mataron.
 
Andrés estuvo de rodillas rezando y les dijo: “-Ya me podéis matar, que Dios os perdone como yo os perdono”. Según estaba de rodillas le dispararon a los pies, muriendo desangrado. Los mataron a los tres en una viña, al lado izquierdo de la actual carretera nacional Madrid-Badajoz. La viña era propiedad de un señor del pueblo de las Ventas de Retamosa.
 
La muerte de Andrés y la de los otros dos jóvenes, la presenció un señor que sabía conducir turismos y le obligaron a conducir un vehículo marca Crysler, propiedad de don Isidoro Alonso, dueño al mismo tiempo de la fábrica de alcoholes en la que trabajaba Andrés, y que fue quien narró el martirio.
 
En el cementerio del convento hicieron una fosa a lo largo de la pared y allí los tiraron. El 14 de octubre de 1936 las tropas nacionales tomaron el pueblo. En el mes de noviembre se construyó una fosa y un mausoleo donde fueron enterrados todos los asesinados en sus correspondientes féretros. “Cuando sacaron a mi hermano Andrés –recuerda su hermano Francisco- yo recuerdo perfectamente cómo mi pobre madre lo recibió sentada en una lápida y con una sábana. Allí le fue quitando la tierra y lavando la cara, y también recuerdo que mí hermano tenía los dos pies destrozados…”.
 
“También recuerdo que todos los jóvenes del pueblo que fueron llamados a incorporarse al ejército, pasaban por casa para que mi madre les diese un pequeño trozo de la camisa de Andrés o un poco de pelo. En sus casas les hacían un escapulario con ello. Todos regresaron al pueblo al finalizar la guerra, sin sufrir heridas”.
 
Como queda dicho, el Siervo Andrés Pérez Fernández está enterrado en la iglesia parroquial de Santa María Magdalena de la Torre de Esteban Hambrán (Toledo).
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