Domingo, 21 de abril de 2019

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La pasión, muerte y resurrección de Jesús en el mundo actual

La pasión, muerte y resurrección de Jesús en el mundo actual

por Duc in altum!

Consideraciones:

Una de las pruebas que tenemos sobre el hecho de que la Biblia fue inspirada por Dios a los autores que la escribieron, consiste en que nunca ha perdido actualidad o interés. Siempre tiene algo nuevo que decir de acuerdo con los retos de cada época o capítulo de la historia. No se agota. Ningún otro libro (o mejor dicho, conjunto de libros) consigue tal efecto. Por eso, aunque la verdad es siempre la misma, debido a que su fondo o esencia no cambia, podemos -y debemos- actualizar su enfoque; es decir, la pedagogía, los ejemplos, los diferentes estilos de comunicación, porque está diseñada justamente para responder a los nuevos planteamientos. No es alterarla o manejarla con criterios subjetivos, sino explicarla de tal forma que las personas puedan comprenderla en su contexto. Por esta razón, en las siguientes líneas, hablaremos de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, pero considerando lo que nos tiene que decir al mundo de hoy y qué mejor que plantearlo en plena Semana Santa 2019.

Partir de un encuentro personal:

Para poder asimilar la pasión, muerte y resurrección de Jesús, debemos evitar reducirlo a una idea, sistema moral o dato histórico, como si se tratara de algo en vez de alguien, porque como dijo Benedicto XVI: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Deus caritas est, no. 1). La historia de Cristo cuenta, tiene valor documental y, por supuesto, que nos implica una manera concreta de vivir la moral; sin embargo, no debe quedarse ahí. Requiere partir de su persona, identificándolo como aquel que siempre tiene algo nuevo que decirnos. Por esta razón, cuando la Venerable Concepción Cabrera de Armida (1862-1937) tuvo la visión de la Cruz del Apostolado en 1894, vio y describió un corazón vivo, palpitante. De modo que no estamos hablando acerca de un personaje distante, hecho cenizas, sino de alguien que hemos conocido desde dentro a través de la oración, los sacramentos y la lectio divina. Dios es accesible a la razón, porque en Jesús acortó las distancias, generando un encuentro. Estamos, entonces, frente a la pasión, muerte y resurrección de alguien entrañable y determinante.

Pasión:

La pasión de Cristo (cf. Mateo 26,14-27,66), si bien hace mención del tremendo sufrimiento físico y psicológico que lo marcó durante el Vía Crucis, no se queda en un guion narrativo, marcado, como es lógico, por el drama de la situación, sino que nos lleva a otra palabra: Entrega. ¿De qué manera podemos entender, hoy, ese darse hasta el final que caracterizó a Jesús durante el Viernes Santo? Viviendo con profundidad; es decir, más allá de lo aparente y superficial, lo que nos toca. Si soy médico, llevar a cabo con pasión mi tarea en el campo de la salud; si soy padre de familia, jugármela (éticamente) con tal de sacar adelante a mis hijos. La pasión, no es un sentimiento que viene y va, sino una convicción que, frente a los problemas que nunca faltan, brinda fortaleza. En la Iglesia, necesitamos más gente apasionada, en vez de miedosa o presa pasiva de los complejos, porque escuchar los consejos del miedo, es cerrarle las puertas al Espíritu Santo. La pasión no es sonreír de modo fingido o ser demasiado intensos hasta resultar pesados, sino vivir con buen humor la tarea, permaneciendo en ella aún cuando la crisis golpee. Eso fue lo que hizo Jesús. Tomemos nota.

Muerte:

Antes de entrar en materia, conviene tocar un punto que todos nos hemos preguntado alguna vez: Si Dios es amor, ¿cómo pudo permitir que su hijo pasara por una experiencia tan dolorosa? La respuesta parte de una lógica y es que el ser humano posee una consciencia que lo distingue de entre todos los seres vivos; sin embargo, suele anestesiarla, hasta dejarla dormida o indiferente. Por ejemplo, durante los años oscuros del nazismo (1933-1945). Así las cosas, tenía que darse un acontecimiento lo suficientemente fuerte como para despertarla cada que fuera necesario. Un hecho tremendo para una actitud tremendamente adormilada por nuestra falta de responsabilidad. Además, necesitábamos que Dios le diera sentido a nuestro dolor y limitaciones. De otro modo, se habría quedado en un plano fuera de la realidad. El cristianismo es realista porque se introduce en las alegrías y penas de la humanidad. En la cruz, está el sentido existencialista del paso de Dios por la historia. Paso que, además, no se quedó en la muerte, sino que tuvo como fin último la vida; la resurrección.

¿Qué comunica, entonces, la muerte de Jesús? La prueba de haberse dado sin cálculos o estrategias. Recordemos las palabras de Bernardo de Claraval (1090-1153): “La medida del amor es amar sin medida”. ¿Cómo nos aplica? Manteniéndonos firmes en nuestra vocación. La solidez dependerá de qué tanto nos dejemos interpelar por Jesús, quien de modo suave y, al mismo tiempo, firme, nos invita a crecer. Por otro lado, el paso de la cruz nos da la esperanza de que no moriremos para quedar en la nada, sino que al final todo habrá valido la pena. Recuperaremos la vida, pero sin estado de necesidad; es decir, libres del dolor que, de modo temporal, continúa haciéndose presente en el mundo. Jesús, al morir en la cruz, puso fecha de caducidad al sufrimiento, replanteando la historia.

Resurrección:

La resurrección nos recuerda que nuestra fe tiene sentido; que ya no hace falta explicar a Dios de forma mitológica, porque ahora tiene un carácter real, existencial, material, pues todos fueron testigos de cómo Jesús, cuando se les presentó resucitado, lo hizo sin renunciar a un cuerpo. ¿Cómo sabemos que no fue un fraude? Podemos plantear muchos argumentos, incluso científicos (cf. Sábana Santa), pero hay uno que tiene mucha lógica. Luego de la resurrección, todos los apóstoles (menos Juan que murió por causas naturales y Judas Iscariote que se quitó la vida) murieron como mártires. Nadie da su vida por un fraude y menos cuando ni siquiera les reportó algún beneficio material o de poder. La resurrección, nos recuerda las palabras de Jesús con las que concluimos el artículo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Juan 14: 6).

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