Martes, 21 de mayo de 2019

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Decadencia


La decadencia no es melancolía. No es querer rememorar un recuerdo que se antoja perdido y se añora. Es vivir el presente, que se derrumba, con categorías del pasado, sin consciencia de lo que sucede y lo que está por suceder. Por ello la decadencia conlleva dos ignorancias necesarias, la del pasado que se ha ido y la del futuro que se está viniendo. La del pasado porque se deja de entender que aquello fue y no será. La del futuro porque queriéndose atar a lo que hubo se impide la posibilidad de entender cuanto está viniendo impidiéndose, también, el adaptarse al nuevo mañana. Queda entonces el ayer forzosamente mantenido, grotescamente erguido hasta su derrumbe, sin comprender que todo está siendo ya otra cosa.


La decadencia se manifiesta en lo exterior de modo evidente, pero no es más que consecuencia aparente de una enfermedad anterior y que late por dentro. Y las sociedades en decadencia tienen una enfermedad más grave de lo que pudiera pensarse, porque no es una enfermedad del conocimiento sino del “alma”. Y es que las sociedades en decadencia si tienen dificultad en percibir dónde están no es por incapacidad de análisis, sino por tergiversación de fines. Se “desconoce” porque no se quieren cambiar las metas, aunque su razón de ser ya no tenga sentido. Por ello toda decadencia, humana o social, manifiesta una priorización de lo aparente, de la mera materialidad. Y esto, en el fondo, es la búsqueda de la “sola satisfacción”, la cual no deja de ser simple superficialidad. Las sociedades en decadencia son superficiales, por tanto, y en esa superficialidad es cómodo y fácil no querer mirar más allá, no querer entender cuanto pasa. Viven el corto plazo, en cierto modo el inmediato presente, y ahogan así toda posibilidad de tomar decisiones correctas, justo porque la mirada a corto plazo no es otra cosa que pretender mantener un presente que se está derrumbando. Y ahí radica lo grotesco: se sigue usando el traje de la opulencia cuando las carnes han abandonado los huesos. A costa de lo que sea. Porque la decadencia, como la decadencia de las familias, se empieza a manifestar sin tapujos en lo exterior: disminución de servicios sociales; deterioro de infraestructuras; organizaciones vacías de contenido que se mantienen en una artificialidad ya evidente; instituciones que convierten su supervivencia en su única razón de ser... Es la crisis institucional, la crisis de los servicios públicos, la crisis de los estados. Constatación de una civilización en decadencia en la que el hombre ha decaído antes.


Es este el panorama actual. Pero desgraciadamente sólo el derrumbe institucional y económico se convertirá en señal de alarma. Será la pérdida del estatus económico la que lleve a constatar la degradación de occidente, porque esa degradación moral en la que yacemos se ha convertido en imagen cotidiana de normalidad a la que no se ha prestado atención, cuando es causa de la decadencia y su misma meta. Degradación como meta por cuanto las democracias occidentales están imponiendo a rajatabla unos valores de negación de la trascendencia, de reconvención a la materialidad arreligiosa si no antirreligiosa. Entonces la degradación moral del hombre, la connaturalidad de la inmoralidad, la fealdad recurrente, la injusticia social, los crímenes legales consentidos... acaban siendo “daños colaterales” primero buscados, luego defendidos, para ser posteriormente ingobernables. Y es que a la luz de la crisis financiera y de deuda en la que estamos inmersos parece que sólo se está tratando de mantener en pie el mismo edificio del que se gozaba. ¿Se trata, entonces, de restaurar las construcciones que han hecho occidente? ¿De revitalizar su impulso dominador? Más bien se trata de mantener en pie los frutos inmediatos de esa fuerza: la riqueza y la opulencia. Pero la decadencia presente deja en evidencia que todas esas construcciones, materiales y espirituales, se mantienen como un cadáver sin impulso vital. Y que los intentos por recomponer lo que había se antojan perversos, porque se trata de restaurar lo mismo que ha postrado al hombre en el barro. Porque la decadencia impide ver que lo que tenemos ahora es la consecuencia de una elección previa y querida: no Dios. Restaurar las mismas instituciones, las mismas decisiones, empeñarse en los mismos principios sólo puede conducir a empeorar las cosas: sociedades sin Dios, sin moral, sin principios. O más bien, con los únicos principios puestos en el tener, gozar, disfrutar. Y una fuerza vital tendente a la satisfacción del eterno presente no entiende que no sólo acabará perdiendo su impulso vital, sino que se autodestruirá en la defensa de los egoísmos del más fuerte, por cuanto han creado estructuras sociales para la defensa y mantenimiento de esos egoísmos de los que es imposible salir. Con el agravante de que toda sociedad decadente queriendo mantener estático el tiempo, no comprende que sigue tomando decisiones hacia el mañana cargadas de destrucción. Simplemente se mantiene la estructura corrupta hasta que no da más de sí, entonces todas las miserias sobre las que se ha construido salen a la luz con su colapso.


Un ejemplo para evidenciar esto lo supone el mismo ideal del estado del bienestar de una jubilación de oro: pensiones y salud, viajes y ocio. Pero la caída de la natalidad (de la que España sigue siendo un paradigma) van a impedir su continuidad justo por ese adaptarse al corto plazo, por ese entregarse a los ideales del mundo. La mujer inmersa en un mundo laboral, esclava de unas condiciones que le exigen dedicación total, con salarios cada vez más bajos, acaba optando por la vía fácil (dentro de su dureza y dificultad) de postergar los hijos, tener menos o simplemente no tenerlos. Se rompe así el hilo continuador de las sociedades, al tiempo que la familia, célula esencial de la paz social, se resquebraja. Al fin y a la postre, la misma jubilación de oro se convierte en una meta política que será imposible mantener. La razón de ser de tanto esfuerzo y sacrificio desaparece, quedando las sociedades burladas en sus cortas metas y sacrificadas en vano. Se les privará de la guinda aparente (la jubilación) pero antes habrán perdido su sentido (la familia).


Quizá desde la decadencia puede parecer un error en las decisiones, en el proceso de ejecución, sin ver que el mal está en el mismo principio, en las mismas metas trazadas, en el mismo plan diseñado. Privadas las sociedades de trascendencia, de justicia, de defensa de lo esencial (la familia en primer lugar, antes que las mismas sociedades), es cuestión de tiempo que acaben sometidas a los dictados del poderoso. Y ancladas en el deseo de materia acabarán conformándose con apariencias de riqueza sin ver que le ha sido robada la dignidad, la libertad y el alma. Sin ver ni poder verlo, porque desde la misma decadencia se mira al presente queriendo emular lo pasado, causa y origen del mismo mal que se padece.


Occidente en decadencia se convierte en un juguete roto que puede ser arrebatado por su misma incapacidad de regenerarse. Porque toda civilización débil queda sometida a sus mismas tensiones de modo que cuanto más compleja sea esa sociedad más fácil puede ser su ruptura con la sola ruptura de un eslabón esencial. Hoy el eslabón esencial de occidente que más señales de descomposición manifiesta es la familia, con la gravedad de que las medidas que se está adoptando van en la linea de su destrucción. Así el matrimonio homosexual, así el aumento de la carga fiscal sin tener en cuenta la realidad familiar, así la ausencia de medidas que favorezcan la maternidad y el hogar con una madre en casa... Pero la ruptura puede ser anterior dada la complejidad de los mecanismos que sostienen la modernidad. Es más, la misma decadencia que sólo quiere conservar lo que se tenía se encontrará inerme ante aquellos grupos minoritarios y disolventes que pretendan alcanzar desde dentro nuevas y violentas metas. España lo evidenciará duramente con la tensión nacionalista. Pero esa ceguera para anticipar derrumbes impedirá también comprender los movimientos desde fuera, externos a occidente, que tratarán de aprovechar los despojos de antiguos reinos. Los conflictos internacionales irán saltando como chispas, poco a poco, porque se percibirá una estúpida inanición incapaz de defenderse. De entrada, incapaz de defender unos valores superiores porque previamente los ha despreciado y arrojado al suelo de los horrores.


¿Qué puede despertar de esta decadencia? Paradójicamente la misma decadencia. La pérdida de perversos paraísos materiales acabará dejando a los pueblos solos ante su alma y ese duro encuentro frente a su realidad más íntima favorecerá el despertar a los valores espirituales, al hambre de trascendencia, de Dios, que hizo posible la construcción de occidente. Sí, en este sentido esas palabras de Benedicto XVI de que el español tiene a Dios en su ADN son un consuelo para tiempos de pobreza, por cuanto una vez que no haya nada más que mirar, el español volverá a mirar hacia Dios, iniciando así su camino a la recuperación y la salud.




x cesaruribarri@gmail.com 

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