Lunes, 22 de abril de 2019

Religión en Libertad

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¿Por qué la evangelización católica es tan pobre?

por José Alberto Barrera

Algo se está cociendo en la Iglesia últimamente con la creación del dicasterio para la Nueva Evangelización presidido por Monseñor Rino Fisichella.
  

Es una constatación que en todos estos años la descristianización se ha extendido y la Iglesia ha mermado en efectivos y fieles, por lo que la re-evangelización ha pasado de ser una idea bonita a convertirse en una acuciante necesidad en la que nos jugamos la supervivencia.

Al menos así parece ser el caso de Europa, aunque el CELAM latinoamericano no ha dudado en lanzar la Misión Continental para poner a toda la Iglesia en estado de evangelización, a pesar de que numéricamente en el continente americano a la Iglesia le va mil veces mejor que en el viejo continente.

Parece que todo lo dicho y reiterado por el Magisterio de la Iglesia en los últimos 40 años con exhortaciones como la Evangelii nuntiandi de Pablo VI, y documentos tan interesantes como Ecclesia in Europa, fuera por fin a concretarse en nuevos modos de evangelizar.

Como quiera que sea, una cosa son los grandes documentos, el Magisterio, y los movimientos que se hacen en la Iglesia “desde arriba”, y otra cosa muy distinta la manera en la que todo esto se lleva a la práctica en la base, a nivel de personas, parroquias y grupos.

La realidad es que la asimilación de la Nueva Evangelización en nuestra Iglesia es muy pobre por una multitud de factores que concurren, por lo que es necesario un cambio de mentalidad pastoral si realmente se quiere poner en práctica algo que atañe a la esencia misma de la Iglesia, la proclamación del Evangelio.

Algunos de estos factores son los siguientes:

1.     Confusión entre catequesis y primer anuncio. Se ha olvidado que previamente a todo catecumenado, ha de darse un primer anuncio, el Kerigma, que produce la conversión personal que lleva a una persona a iniciar un camino de catequesis.  

2.   Omnipresencia de la pastoral de mantenimiento. Se dedica lo mejor de las fuerzas a mantener una estructura pastoral que no sirve para una sociedad descristianizada, porque está pensada para una sociedad cristiana.

3.    Agotamiento de los agentes de pastoral. Empezand­o por los curas y siguiendo por los religiosos y laicos, al final siempre son los mismos los que hacen todo, y cada vez son menos y más mayores. El resultado es que tienen tanto trabajo manteniendo lo que hay, que no se pueden dedicar a otra cosa. No se multiplican los agentes de pastoral porque no se sabe cómo delegar, ni crear liderazgos sanos, ni potenciar suficientemente al laicado. No es que no se quiera hacer, es que no se sabe cómo hacerlo.

 

4.   Falta de modelos de crecimiento. El modelo de la parroquia actual no está pensado para multiplicar la comunidad cristiana, por lo que no puede asimilar y “emplear” a grandes cantidades de conversos (en el supuesto hipotético de que los hubiera). Un ejemplo contrario son los kikos, que sí tienen un modelo de crecimiento, generando comunidades que crecen en líderes y agentes de pastoral, según la cantidad de nuevos catecúmenos. 

5.     Miedo a lo desconocido. En general se mira con sospecha todo lo que sea salirse de “lo de siempre”  y equivocadamente se piensa que cambiar de método, de modelo pastoral o de planteamiento, es desnaturalizar a la Iglesia y el mensaje del Evangelio.


Hay muchos más factores, algunos de mucho calado, otros de menos, y esto no pretende ser una lista exhaustiva de los mismos. Lo importante es plantearnos de dónde venimos, para poder empezar a dar pasos hacia los nuevos métodos de evangelización que se van a proponer desde el nuevo dicasterio.

Eso sí, de nada sirve un método si no tiene detrás al Espíritu Santo, que es a fin de cuentas quien da testimonio de Jesucristo.

 Por eso lo primero que hace falta es rezar, y ser dóciles a su inspiración, y la experiencia demuestra que dejarle el timón a El es lo más difícil, pues en el fondo nos entra el miedo y queremos controlarlo todo…

En fin, que la mies es abundante, y los obreros son pocos, y más nos vale pedir al dueño de la mies para que además de mandar obreros, nos enseñe  cómo arar los campos, roturarlos, abonarlos, sembrarlos, cuidarlos y recogerlos, no vaya a ser que al final desparramemos por hacer las cosas a lo loco.

 

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