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Miércoles, 29 de marzo de 2017

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Ayunar de críticas y cotilleos


Para dejar de murmurar no solo se requiere controlar la lengua, sino que hay que cambiar la mentalidad. No estamos ante un vicio superficial o epidérmico. Bajo las críticas y los cotilleos se camuflan pecados como el rencor, la envidia o la vanidad.



Monseñor José Ignacio Munilla

19 febrero 2015

“¿A eso lo llamáis ayuno, día agradable al Señor?... Este es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, liberar a los oprimidos, partir tu pan con el hambriento (...)” (cf. Isaías 58, 5-7). A este conocido texto del profeta Isaías, bien podríamos añadir, en plena sintonía con su mismo espíritu: ¡El ayuno que agrada a Dios es controlar nuestra lengua!

Comencemos por reconocer que llama la atención la “cruzada” que el Papa Francisco ha emprendido contra el vicio de la crítica y el cotilleo: “Las murmuraciones matan, igual o más que las armas”; “Los que viven juzgando y hablando mal del prójimo son hipócritas, porque no tienen la valentía de mirar los propios defectos”; “Cuando usamos la lengua para hablar mal del prójimo, la usamos para matar a Dios” ; “El mal de la cháchara, la murmuración y el cotilleo, es una enfermedad grave que se va apoderando de la persona hasta convertirla en sembradora de cizaña, y muchas veces en homicida de la fama de sus propios colegas y hermanos”; “Cuidado con decir solo esa mitad de la realidad que nos conviene”; “¡Cuántos chismorreos hay en el seno de la propia Iglesia!”… Ciertamente, no creo que haya habido nunca un Papa tan comprometido con la denuncia y la erradicación de esta lacra.

La crítica y el cotilleo están tan extendidos en nuestra sociedad —sin que la Iglesia sea una excepción—, que no son pocos quienes consideran que se trata de un mal insuperable, cuando no necesario. A esto contribuye el hecho de que la percepción suele cambiar dependiendo de que seamos sujetos activos o pasivos de dicha práctica. El cotilla y el murmurador tiende a justificarse diciendo que se limitan a informar, y que en esta vida es necesario tener un juicio crítico.

Pues bien, para dejar de murmurar no solo se requiere controlar la lengua, sino que hay que cambiar la mentalidad. No estamos ante un vicio superficial o epidérmico, como a veces solemos suponer equivocadamente. Bajo las críticas y los cotilleos se camuflan pecados como el rencor, la envidia o la vanidad. Pero no solo esto, sino que también se esconden nuestros complejos, inseguridades y heridas. En realidad, lo moral y lo psicológico suelen caminar por el mismo carril. O dicho de otro modo, el demonio sabe dónde nos aprieta el zapato, y tiende a pisarnos en el mismo lugar…

Todos sabemos que la crítica esconde con frecuencia envidia y celos, y que estos encierran falta de autoestima. Y si pudiésemos remontarnos al origen de esa falta de autoestima, muy posiblemente nos encontraríamos con la carencia de amor… No cabe duda de que los males morales, psicológicos y educacionales están implicados. Así, por ejemplo, decía San Francisco de Sales: “Cuanto más nos gusta ser aplaudidos por lo que decimos, tanto más propensos somos a criticar lo que dicen los demás”.

Dicho lo cual, no es de recibo tomar excusa de las implicaciones psicológicas y educacionales, para eludir nuestra lucha contra este vicio. Nuestra responsabilidad moral puede estar condicionada, ciertamente, pero no hasta el punto de estar determinada. Somos sujetos libres, aunque nuestra libertad esté herida; y por lo tanto, somos responsables de las palabras que salen de nuestra boca. Sin olvidar que en no pocas ocasiones las críticas y los cotilleos son puestos al servicio, con notable malicia, de la ideología de quien los utiliza, con el objetivo de denigrar a quienes no piensan como nosotros.

Me viene a la memoria una cita evangélica que suele pasar inadvertida, en la que queda patente la indisimulada incomodidad del Señor Jesús ante este vicio moral. Me refiero a Juan 21, 23. El contexto de este episodio es el encuentro final entre Jesús y Pedro, en el que este es perdonado por su triple negación, además de confirmado en su misión. A punto de concluir el diálogo, cuando Jesús ha revelado a Pedro su futuro martirio, este vuelve su mirada a Juan —el discípulo al que el Señor amaba especialmente— y le pregunta a Jesús: “Señor, y este, ¿qué?”. A lo que el Señor, en una respuesta sin precedentes, contesta: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme”. ¡¡Es impresionante escuchar a Jesús decirle a Pedro: “¿a ti qué?” (expresión equivalente a nuestro popular “¿a ti qué te importa?”)!! Y es que, mientras estamos pendientes indebidamente de los demás, podemos permanecer ciegos ante nuestros problemas y responsabilidades. ¡Vemos la paja en el ojo ajeno y no vemos la viga en el nuestro! (cfr. Mt 7, 3).

Concluyo con un texto evangélico tan clarificador como incómodo, de esos a los que solemos poner sordina, por resultarnos demasiado exigente: “Porque de lo que rebosa el corazón habla la boca (…) En verdad os digo que el hombre dará cuenta en el día del juicio, de cualquier palabra inconsiderada que haya dicho. Porque por tus palabras serás declarado justo o por tus palabras serás condenado” (cfr. Mt 12, 34-37). Será por eso, tal vez, que le escuché a un hermano obispo decir que se podría elevar a los altares, sin necesidad de proceso de canonización, a aquel de quien pudiera decirse: “nunca le escuchamos hablar mal de nadie”. Ciertamente, ¡el ayuno que agrada al Señor es controlar nuestra lengua!

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Comentarios

ostraspedrín
25/02/2015
Final sucedido S. Felipe Neri.

-Padre, eso es imposible, el viento habrá arrastrado las plumas a saber dónde y yo ya no puedo recobrarlas.

S. Felipe: !Ah! Así que es imposible recuperar las plumas, pues que sepas hija mía, que los chismorreos y calumnias que tú dices de tus prójimos son como esas plumas, la fama que tú desplumas tan inconscientemente ya no se puede recuperar.

Se sospecha, aunque no consta, que a la feligresa se le quitó el vicio de un plumazo, nunca mejor dicho.

Gracias monseñor Munilla y gracias S. Felipe Neri.

Sed buenos, si podéis.
ostraspedrín
25/02/2015
Lo enlazo con S. Felipe Neri y la calumnia o difamación..

A este grandísimo santo que Dios nos regala como ejemplo para nuestras vidas y que dedicaba muchísimas horas a Confesar a sus paisanos, se le presentó una feligresa chismorreadora y maledicente y por supuesto reincidente.

Al decirle S. Felipe: Ya hemos terminado.

Ella contesta: Padre si ni siquiera me ha puesto la penitencia.

S. Felipe: !Ah! Sí, como penitencia ve al mercado compra uno de los pollos más grandes que haya, que te lo den con todas sus plumas y vienes despacio desde la plaza hasta aquí, quitándole las plumas de una en una.

Ella, algo extrañada, cumple la penitencia y regresa al confesionario:

-Padre, que ya he cumplido la penitencia, ya me puede dar la Absolución.

- Hija, has cumplido la mitad de la penitencia, ahora para cumplirla completa has de volver hasta la plaza y recoger todas las plumas del pollo sin que falte ninguna.

La mujer se echó a llorar desconsoladamente y dijo:

( continúa en ss.
La Rosa Blanca
20/02/2015
Se perdió la NOCIÓN de pecado,de este pecado tan GRAVE.
Gracias Monseñor,por esta oportuna intervención,el mal de la lengua no es pequeño,es la muerte de la vida social,familiar y/o laboral de la victima de la calumnia o difamación,(quitar la fama),y cuantos católicos no advertidos por sus párrocos y/o directores espirituales,cometen este GRAVISIMO pecado,y después COMULGAN,cosa que no harían si hubieran pecado en materia sexual,se ha omitido advertir a estos de que este pecado,no queda ABSUELTO si no se repara,si se robo dinero,dinero se debe devolver,si se roba la FAMA ,la FAMA se debe reintegrar.
Isabel
19/02/2015
Gracias.
Muchas gracias por recordarme algo tan difícil de hacer pero a la vez tan necesario y tan agradable al Señor.

Voy a intentar firmemente seguir su consejo, al menos esta cuaresma, y meditar en mi corazón sus palabras.

Telamonio
19/02/2015
Muchas gracias, monseñor.

Escelente artículo, muy necesario en estos tiempos.
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