Religión en Libertad
Otra foto: el Sol de Orán
Es Henri Michaux (1899-1984), poeta y pintor de origen belga, nacionalizado francés, quien en su obra "Voyage en Grande Garabagne" (París, 1936) narra el sacrílego destrozo de la famosa custodia.
Actualizado 31 enero 2014 - 0:21  
Victor in vínculis   

Cuenta la tradición que la parroquia toledana de Santa Leocadia se levanta sobre la casa que habitara la santa, quien fuera asesinada durante las persecuciones de Diocleciano en el año 304. Según esta teoría, la cripta que se conserva junto al pilar derecho del presbiterio sería la habitación subterránea de la casa donde la santa se encerrase habitualmente para orar. Pero si el joyero del templo sirve para recordar la presencia de Santa Leocadia, queremos hoy traer esta fotografía de la custodia llamada “Sol de Orán”.



Es Henri Michaux (1899-1984), poeta y pintor de origen belga, nacionalizado francés, quien en su obra “Voyage en Grande Garabagne” (París, 1936) narra el sacrílego destrozo de la famosa custodia.

La joya de Santa Leocadia, preciada por histórica, era el “Sol de Orán”. Se guardada en una habitación especial, que pierde todo lujo y brillo en la rapiña. Se llamaba así a la magnífica custodia que había expuesto Cisneros en Orán cuando conquistó esta plaza. Adoptaba la forma de un sol rutilante, cuajado de pedrería, y, aparte de sus valores artísticos y materiales, el solo prestigio de sus recuerdos realzaba esta joya, que resplandecía destellante de oros y chispas, en las grandes solemnidades eucarísticas de Santa Leocadia. ¿Qué sucedió con ella? A la entrada de las tropas nacionales, oculta a todas las indagaciones y pesquisas, se dio por definitivamente perdida. Más tarde, un rumor, demasiado optimista, la contaba entre lo recuperado. Efectivamente, había aparecido el “Sol de Orán”, más en seguida los primeros optimismos se convirtieron en dolor e indignación: la magnífica custodia había quedado reducida a una ínfima parte de lo que era. La joya preciada, muestra brillante del arte barroco, labrada en oro purísimo, era nada más que un trozo de la antigua aureola que la componía. Y este trozo se recuperaba machacado y retorcido. Lo demás, casi el valor íntegro de la custodia, toda la pedrería y su montaje han desaparecido con el acopio de otras joyas. Indicios posteriores hacen suponer que han sido comerciados el oro y las piedras de la custodia en la dilapidación general del tesoro español, que ha emigrado con los rojos”.

En un estudio sobre la Custodia que hace Rafael Ramírez de Arellano afirma que “la pedrería que la avalora es ajena a la alhaja y acumulada por la devoción de los toledanos que aún persevera… Las piedras contadas por un platero y joyero de la ciudad suman 333”. De aquello, no quedó nada. La foto tomada tras el macabro hallazgo lo certifica.