Religión en Libertad
La creatividad del amor es el camino. Papa Francisco
«el resultado del trabajo pastoral no se basa en la riqueza de los recursos, sino en la creatividad del amor».
Actualizado 28 julio 2013 - 0:0  
La divina proporción   
El Papa Francisco, ayer sábado, en el discurso realizado en almuerzo en el arzobispado de Río de Janeiro, en compañía de los cardenales y obispos de la región, reconoció que «tal vez hemos reducido nuestro hablar del Misterio a una explicación racional; pero en la gente, el misterio entra por el corazón». La Iglesia debe dar espacio al «misterio de Dios» de una forma en la que «pueda maravillar a la gente, atraerla. Sólo la belleza de Dios puede atraer». ¿A qué belleza se refiere el Papa Francisco? ¿Qué Misterio? 

Sin duda a la belleza que emana de lo simple, armónico y proporcionado. La belleza que lleva aparejada la humildad interna y externa de nosotros. Simplicidad en las estructuras humanas que creamos para nuestro bien y el necesario gobierno de las realidades del mundo. Misterio que nos conforma como seres humanos y que nos permite saber que nuestra naturaleza y dignidad es la misma. 

Por ello continúa indicó que, de las lecciones de Aparecida se aprende que «el resultado del trabajo pastoral no se basa en la riqueza de los recursos, sino en la creatividad del amor». Hay que ser tenaces, trabajadores, hay que saber programar y organizarse, «pero hay que saber ante todo que la fuerza de la Iglesia no reside en sí misma, sino que está escondida en las aguas profundas de Dios, en las que ella está llamada a echar las redes». 

No tenemos que creer que las redes y nuestros esfuerzos serán los que den frutos por si mismos. De igual forma que un tractor o una azada no producen el fruto de la cosecha. Son necesarios, pero la semilla y la tierra son lo primordial. No podemos dejar de echar buenas redes y trabajar en la evangelización, pero nuestras fuerzas y nuestros medios no son lo que producirán el fruto deseado. 

Es reseñable que el Papa haga referencia la capacidad de la Iglesia brasileña para aplicar «con originalidad» el Concilio, «aunque haya debido superar algunas enfermedades infantiles». Estas palabras recuerdan a una homilía en que el Papa hablaba del problema que ha padecido y padece la Iglesia: el «progresismo adolescente» ¿Adolescente?

Es una comparación muy acertada, ya que algunos piensan que la toda fe no infantil es adulta y es evidente que no es así. El adolescente necesita consolidar su propia personalidad a través de continuos retos a la autoridad. Entiende que la libertad es ruptura e ignorancia del pasado, lo que le lleva con facilidad a situaciones complicadas y hasta peligrosas. En ese camino de la ruptura, olvidan que el Misterio nos une y nos ata, porque somos humanos y no podemos dejar de serlo. Es la ruptura con el Misterio lo que condiciona la situación «difícil de quien abandona la Iglesia; de aquellos que, tras haberse dejado seducir por otras propuestas, creen que la Iglesia —su Jerusalén— ya no puede ofrecer algo significativo e importante. Y, entonces, van solos por el camino con su propia desilusión». 

Ante los problemas que tenemos que afrontar, no necesitamos una Iglesia que pierda el tiempo quejándose de lo que sucede, sino una Iglesia «capaz de acompañar, de ir más allá del mero escuchar; una Iglesia que acompañe en el camino poniéndose en marcha con la gente; una Iglesia que pueda descifrar esa noche que entraña la fuga de Jerusalén de tantos hermanos y hermanas; una Iglesia que se dé cuenta de que las razones por las que hay quien se aleja, contienen ya en sí mismas también los motivos para un posible retorno, pero es necesario saber leer el todo con valentía». 

Una Iglesia sencilla y bella, que pueda comunicar el Misterio que desvela el Evangelio, como lo que realmente es: un tesoro, una perla. ¿Qué nos dice San Buenaventura sobre el tesoro que San Francisco de Asís guardaba en si mismo? 

Entre los dones espirituales recibidos de la generosidad de Dios, Francisco obtuvo, particularmente, el de enriquecer siempre su tesoro de simplicidad gracias a su gran amor a la pobreza. Viendo que aquella que había sido la compañera habitual del Hijo de Dios había llegado a ser, a partir de entonces, objeto de una animadversión universal, la cogió como esposa y se consagró a ella con un amor eterno. No contentándose con «dejar por ella al padre y a la madre» (Gn 2,24), repartió entre los pobres todo lo que podía tener (Mt 19,21). Nadie ha guardado su dinero tan celosamente como Francisco conservó su pobreza; nunca nadie ha vigilado su tesoro más cuidadosamente como él ésta perla de la que habla el Evangelio. 

Un día que los hermanos le preguntaron cuál es la virtud que nos hace más amigos de Cristo, abriendo, por así decir, el secreto de su corazón, les respondió: «Saben, hermanos, que la pobreza espiritual es el camino privilegiado para la salvación, porque es la savia de la humildad y la raíz de la perfección; sus frutos son innumerables aunque escondidos. 

Ella es ese «tesoro escondido en el campo» que, para comprarlo, dice el Evangelio, es preciso venderlo todo y cuyo valor nos debe empujar a despreciar toda otra cosa». (San Buenaventura. Vida de san Francisco, Leyenda mayor, c. 7) 

Tras leer este texto de San Buenaventura entenderemos, menor, el siguiente párrafo del discurso del Papa Francisco: La Iglesia «no puede alejarse de la sencillez, de lo contrario olvida el lenguaje del Misterio, y no sólo se queda fuera, a las puertas del Misterio, sino que ni siquiera consigue entrar en aquellos que pretenden de la Iglesia lo no pueden darse por sí mismos, es decir, Dios mismo. A veces perdemos a quienes no nos entienden porque hemos olvidado la sencillez, importando de fuera también una racionalidad ajena a nuestra gente. Sin la gramática de la simplicidad, la Iglesia se ve privada de las condiciones que hacen posible “pescar” a Dios en las aguas profundas de su misterio». 

Las más bellas catedrales se fundamentan en sencillos, fuertes y profundos cimientos. Nadie piensa en engalanar los cimientos con arcos apuntados o con gárgolas. La sencillez es lo que debería sostener el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Después podremos construir maravillas sobre estos sencillos cimientos; pero si los despreciamos, todo lo que construyamos se caerá. 

¿Cuáles son estos cimientos? Los que se muestran en las Bienaventuranzas y en el capítulo 25 del Evangelio de San Mateo, tal como el Papa Francisco señaló a los jóvenes argentinos en la Catedral de Río. Es decir, las parábolas las Diez Vírgenes, los Talentos y el Juicio de las Naciones. Lo demás, debe ser entendido, sentido y construido sobre los cimientos de misericordia, amor y sencillez. 

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