"Tú eres el Hombre, la Razón, la Norma, tu cruz es nuestra vara, la medida del dolor que sublima, y es la escuadra de nuestra derechura: ella endereza cuando caído al corazón del hombre".
El Cristo de Velázquez. Miguel de Unamuno.
Voy a poner en mi casa, en la entrada, un crucifijo enorme que era de mi abuela. A los pies tiene una calavera, monda y lironda, sobre unas piedras, que cuando era niño me impresionaba mucho y de la que salía corriendo. Quitaremos algún jarrón o fotografía. Y en la puerta un Sagrado Corazón, para que no haya duda e ilumine el rellano de la escalera. Seguro que el cartero me dice algo, o algún vecino, o el hombre del Círculo de Lectores (aunque el de ahora es más callado). Y hablamos sobre el tema. También en el coche pondré una imagen de Cristo crucificado, discreta pero bien visible. Por mí que no quede. Será la matrícula de sus dueños, la identificación del alma que conduce. Y en mi trabajo o en la biblioteca o en el cíber, en cuanto comience a trabajar o a leer, sacaré del bolsillo mi pequeño crucifijo y lo dejaré sobre la mesa o el teclado. Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum. Junto al móvil y las gafas. Para que conste a quien mire, curioso, de frente o de reojo. Si piensan que piensen. Y de fondo de escritorio en el ordenador un Cristo, el de Velázquez sin ir más lejos, y así releeré mejor el poema de Unamuno. Y ahora que caigo, en mi dormitorio, sobre la cama, hay un hermoso tríptico de La Virgen de la Silla, de Rafael, flanqueada por dos apuestos ángeles. Pero no está Jesús clavado en la Cruz. Jesús, Dios y Hombre verdadero. No está. Pues tendrá que estar. Buscaré uno. Al lado de las estanterías puede ser un buen lugar, para que antes de apagar la luz le demos un último vistazo al Verbo. Dicen que es un símbolo el crucifijo. Y será verdad. Aunque os puedo asegurar que yo cuando lo miro lo veo vivo. Al crucificado. Hay otras muchas personas que circulan por las calles, o merodean por las tiendas, que parecen más muertas. Lo que les digo. Y por todos murió Ese que desprecian y descuelgan de las almas y paredes. Murió hasta por los mequetrefes y demás adocenados, sean políticos o no. Para que tengamos alguna posibilidad de cimentar el Cielo en la tierra, en este mundo tan inhóspito y escéptico. Ahora, mientras escribo estas líneas, tengo al Cristo delante de mí, con los brazos extendidos de Amor, desangrándose por mi escritorio, haciéndome una transfusión de Vida. ¿Un símbolo? Yo lo miro con atención -llevo puestas gafas de cerca- y le digo que cuente conmigo si Le hace falta algún crucifijo. Aunque se trate sólo de un buen deseo todos sabemos que para Él no son problema los milagros; que cada uno, si somos fieles a Dios y tenemos fe es de puro milagro. Poco mérito es el nuestro. Y esta es mi conclusión: pueden quitar todos los crucifijos que quieran. No importa, si cada católico carga sin quejas con su cruz y Le sigue. Nosotros seremos esta vez los crucifijos.
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¿Quitarlo? Peor es ignorarlo.
Haz que tenga piedad de Ti, Dios mío. Huérfano de mi amor, callas y esperas. En cuántas y andrajosas primaveras me viste arder buscando un atavío.
Vuelve donde a las rosas el rocío conduce al festival de sus vidrieras. Llaga que en tu costado reverberas, no tiene en mí ni un leve escalosfrío.
Del bosque entero harás carpintería que yo estaré impasible a tus labores encerrado en mi cruenta alfarería.
El grano busca en otro sembradío. Yo no tengo qué darte, ni unas flores. Haz que tenga piedad de Ti, Dios mío.
Soledad.
Ninguna soledad como la mía. brLo tuve todo y no me queda nada. brVirgen María, dame tu mirada brpara que pueda enderezar mi guía. brbrYa no tengo en los ojos sino un día brcon la vegetación apuñalada. brYa no me oigas llorar por la llorada brsoledad en que estoy, Virgen María. brbrDame a beber del agua sustanciosa brque en cada sorbo tiene de la rosa bry de la estrella aroma y alhajero. brbrMúdame las palabras, ven primero brque la noche se encienda y silenciosa brme pondrás en las manos un lucero.
La Gracia.
Es cuestión de gustos por lo que se vé. A mí sí que me gusta que intervenga , por muchas razones, si quiere un día se las enumero. Tiene razón en cuanto a la gracia, la envidia es sólo el medio del que se vale para abrir el corazón.
Gallardía y arrestos.
Tampoco me gusta intervenir mucho, pero me ha gustado mucho lo que ha escrito Enrique Moreno. Sólo que al final no creo que la envidia haga el resto. Creo que es más cosa de la gracia. Pero eso sí, con nuestra gallardía. Porque la alegría necesita arrestos.
Quiero eso que tú tienes.
La profunda felicidad de los verdaderos cristianos convierte a más almas que el más elaborado discurso. El camino es fácil: convertirnos nosotros primero, la envidia hará el resto.
No importa.
Pueden quitar todos los crucifijos y pueden no celebrar la Navidad, pero sí importa, me da mucha pena, por ellos, porque no me imagino cómo pueden vivir sin Dios.
Balconeras navideñas.
Y ya que estamos en Navidad, también se pueden colocar esas ´´balconeras´´, que se están poniendo de moda, para colgar en las ventanas y balcones, con la imagen del Nacimiento del Niño. Queda muy bonito ver un edificio con varias balconeras de estas. Yo ya he comprado una en mi parroquia.
Bien del mal..
Pues muy bien hecho. Quizá todas estas medidas, de estos locos frenéticos, intentando borrar lo imborrable, no sean más que el empujón que necesitamos muchos ´´cristianos´´ para hacer y sentir lo que tan profundamente estaba durmiendo en nuestro interior. Ellos mismos sin quererlo están impulsando el valor, el arrojo, el orgullo de ser cristiano, de SERLO, no de llamarse. Siempre Dios sacando bienes de los males, y colocándonos a cada uno frente a El.
El escritor y poeta Guillermo Urbizu llega a ReL con una apuesta contundente «O santo, o nada», título de su blog. Laico comprometido, Urbizu estudió Letras en la Universidad de Zaragoza y es miembro supernumerario de la prelatura del Opus Dei. Trabaja en el Colegio Mayor Universitario Miraflores de Zaragoza. Entre sus obras literarias destacan «Almateria», «Ser algo más» y «Entre dos infinitos», así como «Vía crucis para niños (y no tan niños)». Guillermo Urbizu, es autor, editor y responsable del Blog O santo o nada, alojado en el espacio web de www.religionenlibertad.com