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El grano y la paja

Jorge López Teulón

17 febrero 2012

Capítulo noveno de la obra “Los hermanos coreanos” del Padre José Spillmann de la Compañía de Jesús.
Al siguiente año de 1785 hubo de comenzar la lucha. El gran mandarín Kim-mun, después de breve enfermedad, sin recibir el bautismo, pues no siempre viene la gracia a solicitar por segunda vez al corazón del que una vez ha resistido a ella. Su muerte trajo funestas consecuencias a la naciente cristiandad. Era costumbre que el rey eligiera entonces nuevo gran mandarín de entre el partido de los Pik, pues el difunto era del partido de los Ti. De esta suerte conservaba el rey la fama de imparcial, eligiendo por turno al que había de desempeñar este cargo entre los dos partidos en que se hallaba dividida la nobleza.
Bastaba que un Ti se hubiera mostrado favorable a los cristianos, para que el nuevo gran mandarín y todos sus nuevos partidarios fuesen sus enemigos declarados. El presidente de los bonzos, Lao-lu, fue escuchado por él, cuando se quejó ante su autoridad de la difusión de la nueva doctrina y del aumento de sus secuaces, y el gobernador dio orden al mandarín del supremo tribunal que hiciera en ellos un duro escarmiento.
La-men, que después de su ignominiosa destitución se había pasado al partido de los Ti al de los Pik, obtuvo de nuevo el cargo de mandarín del supremo tribunal. No había cosa alguna que deseara con mayor anhelo que ejercitar su oficio contra los aborrecidos cristianos. Con sumo placer los habría encarcelado, atormentado y ejecutado a todos. Pero el gran mandarín, que era hombre prudente, no quería malquistarse con las familias nobles del bando contrario; por lo cual se limitó a mandar a La-men que por lo pronto llevara ante su tribunal a alguno del pueblo, pues cuando la nobleza viera cómo se aplicaban las leyes contra los prosélitos de la religión extranjera, escarmentaría en cabeza ajena y renunciaría a la nueva doctrina.
La-men, de acuerdo con la joya de su hijo, que a la sazón tenía dieciocho años y había obtenido el empleo de oficial de policía a las órdenes de su padre, le dio a éste el encargo de prender al maestro de escuela King, a quien el joven La-men había jurado sangrienta venganza por los castigos que había recibido de él, y sobre todo por la corrección que le impuso cuando se celebró el Hoan-kao del difunto gran mandarín. Fue, pues, una satisfacción para este malvado el encargo de su padre, y poseído de salvaje alegría salió a la cabeza de un piquete de soldados, decidido a apoderarse de su antiguo maestro.
-¡Vamos -dijo a los soldados- a la casa de campo de Yn! A estas horas está allí el necio del maestro, pues celebran los cristianos su diabólico culto con cánticos y oraciones: veremos la cara de imbéciles que ponen cuando nos presentemos inesperadamente.
La-men estaba bien informado. Numerosos cristianos se reunían todas las tardes en la casa de campo de Kim, pues era llegado el santo tiempo de cuaresma, y Pedro había leído en un libro de piedad que este tiempo está dedicado a conmemorar la pasión y muerte de nuestro Salvador. Rezaban todos los días los misterios dolorosos del rosario, y después leía Tomás King en voz alta algún pasaje de la pasión de Jesús. El día a que nos referimos, estaba leyendo el bueno del maestro la prisión del Salvador, cuando de repente se abrió la puerta de la sala y el joven La-men entró seguido de hombres armados.





            -Aquí tenemos -gritó- la reunión de gentes que insultan al divino Buda, conculcan la ley de Corea e introducen la abominable religión de los demonios de Occidente. Podría encadenaros a todos y entregaros al verdugo, y por mi gusto así lo haría, ¡por los demonios del infierno! Pero la benignidad del gran mandarín se contenta con uno solo de vosotros, para que todos veáis cuál será vuestra suerte y la de vuestras familias si no renunciáis a esas brujerías, volviendo a la religión del divino Buda. Como me llamo La-men, el verdugo tocará tan a compás, que todos habréis de bailar al son de nuestra ley, como veréis mañana que le sucede a mi amado King.
Y diciendo estas palabras, asió de la barba al inofensivo maestro y le lanzó de la cátedra en que estaba leyendo el Evangelio:
-Te devolveré ahora, maestrillo, con usuras los golpes que me diste, y te encerraré en una jaula mucho más preciosas que aquella con que me amenazabas hace dos años. Atadlo y ponedle el kang. Y por de pronto recibe esto en pago de aquellos golpes.
Diciendo esto, aunque el buen King no oponía resistencia a los verdugos que le encadenaban y le ponían al cuello el pesado kang, le dio tan cruel golpe en el rostro, que rompió a echar sangre por la boca y la nariz. Un grito de indignación se levantó de entre la sobrecogida multitud a la vista de aquella indigna acción. Algunos se adelantaron hacia donde estaba el maestro para defenderlo; otros, al contrario, retrocedieron aterrados, tratando de ocultarse en los rincones, y de buen grado habrían huido por las ventanas de la sala, si no hubieran estado custodiadas por hombres armados.
Entre los que se adelantaron valerosamente, se hallaban los dos niños Pablo y Jacobo, de catorce y doce años de edad, respectivamente, los cuales echaron en cara a La-men su indigna conducta con respecto a un hombre a quien sólo debía gratitud, y le pidieron que los condujera a la cárcel en compañía del maestro; pero él los rechazó con burlas y empellones, diciéndoles:
-Tened paciencia: también tengo una cuenta con vosotros, y si no entráis pronto en razón, ya os llegará vuestro turno.
Apuntó después en una hoja de papel los nombres de todos los presentes, se apoderó de la cruz episcopal de Pedro, que era de oro, y de su anillo, y de todo cuanto halló de valor, y salió de la sala burlándose de los cristianos. Por último regresó a la ciudad con su presa, a la luz de las teas que llevaban los soldados. Allí fue encerrado el maestro de escuela en una de aquellas nauseabundas cárceles que el obispo Ridel nos pinta como lugares pestíferos, donde los cristianos se hallaban entre ladrones y asesinos.
Como unos treinta -dice este obispo y confesor de la fe- hay allí encadenados noche y día, aunque todos están enfermos. Sus cuerpos se van llagados a consecuencia de asquerosas enfermedades de la piel, y las llagas se les pudren; padecen hambre, y algunos llegan a enflaquecer hasta convertirse en esqueletos vivientes… No se omite medio de ir matando lentamente a los encarcelados. Ni siquiera se les permite gozar del sueño, pues durante la noche los despiertan los guardias golpeándoles con varas. Muchas veces oíamos los golpes con que los carceleros ebrios afligían a los que ya estaban casi agonizando. El manjar consistía en una pequeña taza de arroz sin sazonar y en cantidad insuficiente, que reciben por la mañana y por la tarde; aún los que están sanos se convierten muy pronto en esqueletos. De vez en cuando veíamos sacar los cadáveres de los que habían muerto de hambre o de enfermedad. Los enfermos no deben esperar medicinas ni tampoco mejor trato; a los moribundos ni siquiera les quitan las cadenas… ¡Y qué falsos, coléricos y crueles eran los carceleros! Yo los veía reírse mientras ejercían su oficio. El estrangular a un hombre para ellos era una diversión. Con cualquier pretexto atormentaban a los presos. Sin embargo, todavía hay hombres más depravados que ellos, como son sus criados, los verdugos propiamente tales. Estos pinchan. Pellizcan y golpean los brazos y las piernas de los presos y se ríen de sus gritos de dolor y les atormentan todavía más con sus burlas. Sólo con verlos aparecer en la cárcel se llenan de terror los infelices presos. ¡Tan profundamente puede el hombre caer en la depravación y bestialidad!”.
 
Así describía aquellas prisiones el venerable obispo Ridel hace unos treinta años, y ciertamente no serían más tolerables en el tiempo a que nos referimos (el jesuita José Spillmann, autor de nuestro relato, se refiere al Obispo Félix-Clair Ridel, en la foto, que nació en Chantenay-sur-Loire, Francia, en 1830. Sacerdote de la Sociedad de Misiones Extranjeras de París. Vicario Apostólico de Corea de 1870 a 1884, sufrió de nuevo persecución y cárcel, pero pudo salvar la vida gracias a la intervención del gobierno francés que logró que se le conmutara la condena a muerte por el exilio).
Esta era la suerte que esperaba a Tomás King. Aunque él no lo ignoraba, se dejó conducir a aquel lugar de martirio, en el cual según la costumbre de Corea había de permanecer quizá muchos meses, antes de ser conducido ante el juez.
Con lágrimas en los ojos miraban Pablo y Jacobo a los soldados que se llevaban a su amado maestro.
-¿No os parece -decía Pablo- que se representa lo mismo que estábamos oyendo, que los judíos con hachas y picas conducen al Salvador, maniatado, desde el huerto de los Olivos a la ciudad?
-En efecto -respondió Jacobo-. Preguntémosle a nuestra madre si debemos presentarnos nosotros ante el tribunal cuando King sea interrogando. Tú irás también, Pedro, como obispo que eres, ¿no es verdad? Y Juan y todos los demás.
-¿Yo? -dijo Pedro, a quien le había aterrado la amenaza de la prisión y del martirio-. He de pensarlo. ¿En qué podemos ayudarle? Mejor será dirigir un escrito al gran mandarín y al rey, pidiendo que permitan practicar la religión cristiana, y que den libertad a King.
Varios de los allí presentes asintieron a esta opinión, mientras que otros declararon valerosamente que comparecerían ante el juez, pues había llegado el tiempo de confesar con fortaleza al Dios a quien había prometido fidelidad en el bautismo.

          Así, en el momento de la proximidad del primer peligro, empezó a separarse el grano de la paja.
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Jorge López Teulón
Jorge López Teulón (Madrid 1970). Tras cursar los estudios eclesiásticos en el Seminario Mayor de San Ildefonso, recibe la ordenación sacerdotal, el 25 de junio 1995. Sus años de ministerio sacerdotal los ha desarrollado en la ciudad de Talavera de la Reina (Toledo). Delegado de Medios de Comunicación Social en la Vicaría de Talavera (1996-2005). Se le encargó durante un quinquenio (1998-2002) la retransmisión para el territorio nacional de la Misa dominical retransmitida por la Cadena COPE. Desde 1996 es el Capellán del Colegio Compañía de María de la Orden de Hijas de María Nuestra Señora en Talavera.

En el año 2002 fue nombrado Postulador de una Causa de más de 900 mártires de la persecución religiosa de 1936 a 1939, para la Provincia eclesiástica de Toledo y la diócesis de Ávila.

Ha creado la página www.persecucionreligiosa.es , primera página en lengua española dedicada exclusivamente a este tema.

También ha creado la página www.cardenaldonmarcelo.es

Jorge López Teulón, jorgelteulon@gmail.com, es autor, editor y responsable del Blog Victor in vínculis, alojado en el espacio web de www.religionenlibertad.com
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