Hace unos días descubrí entre mis libros uno, de apenas sesenta páginas, que creía perdido y del que guardaba un entrañable recuerdo de su lectura. Se trata de una segunda edición del libro “Buscando a Dios” del legendario routier francés Guy de Larigaudie (el primero que unió en automóvil Francia con Indochina). En especial recordaba un pasaje que reproduzco y que, Dios lo quiera, me quede para siempre grabado en el alma:
“Me sucedió en una de las islas sembradas a voleo sobre el Pacifico y cuyo nombre es como una canción a flor de labios. Subía con unos indígenas una montaña. A la mitad, tropezamos con un torrente que caía en cascada por entre las rocas angostas. El agua estaba fría, suave como la seda.
Una tahitiana trepó atrevidamente a un saliente seis o siete metros por encima de nosotros. Muy pura de líneas, armoniosa de colores, su silueta brillaba como una luz sobre el fondo más sombrío de la pared. Ondearon sus negros cabellos y se sumergió. Apenas sacó la cabeza del agua se dirigió a mi entre risas estrepitosas: ¡A que no saltas como yo!, dijo.
El amor propio es un gran estímulo. Y aunque una altura de seis metros era demasiado para mí, subí decididamente. Vi debajo el hoyo de piedra, redondo como una minúscula copa de cristal. Algunas hojas, ocultando a medias el agua, parecían alejarlo más todavía.
Saludé a mi hermosa tahitiana, y me lancé.
Bruscamente, debido a un efecto óptico, tuve la impresión de haber calculado mal mi impulso; comprendí que me iba a estrellar contra el peñasco.
En momento así toda la vida se hace presente con una claridad meridiana. En un instante vi toda mi existencia: lo bueno y lo malo, lo luminoso y lo oscuro. Pero no se me ocurrió ni arrepentirme, ni hacer un acto de contrición.
Pensaba solamente una cosa pero con tal intensidad que impedía cualquier otro pensamiento: “Dios mío, sé que valgo poco, pero a pesar de todo os he amado”. Eso fue todo. No hubo la más mínima inquietud. Solamente una inmensa alegría.
Pero llegué prosaicamente al agua, de donde salí un poco aturdido.
Los indígenas, asombrados, reían. La tahitiana aplaudía. Yo me reía con ellos. Pero algo en mi había cambiado. Acababa de comprender que verdaderamente no hay más que una cosa importante: el amor a Dios; un amor inmenso, sin medida, un amor de chiquillo que adora a su madre, un amor total que nos arrastra por completo en cada instante de nuestra vida. Ese amor infantil, ese maravilloso amor borrará más tarde todas nuestras fealdades”
Es lo único que permanecerá de veras.
Porthos
¿Te ha gustado este artículo? Coméntaselo a tus amigos y conocidos:
José (Athos), Fran (Porthos), Jaime (Aramis) y Luis (D´Artagnan), somos católicos laicos adultos, miembros de un grupo, y que desde hace muchos años nos estamos formando en profundidad en las cuestiones más relevantes que un cristiano necesita, siempre guiados por un sabio maestro. Conscientes de la necesidad de evangelizar por todos los medios, y sólidamente fieles al Magisterio, nos proponemos con este blog ayudar a construir la Iglesia que demanda el cristiano del siglo XXI. Los Tres Mosqueteros, lostresmosqueterosblog@gmail.com, es autor, editor y responsable del Blog Los Tres Mosqueteros, alojado en el espacio web de www.religionenlibertad.com