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Actualizado 20 agosto 2011

Lucha ascética y mística

           Ambas situaciones pertenecen al desarrollo de la vida espiritual de un alma. Pero es el caso, que muchas personas no saben distinguir correctamente entre la situación ascética y la mística. Y en el momento que ven que alguien es un poco piadoso, enseguida le ponen la etiqueta de místico. Yo mismo muchas veces me he sonreído interiormente, cuando más de una vez me han escrito y me han adjetivado como místico. ¡Anda que no es difícil! llegar a esa situación. Es como si me titulasen “archipampano de las Indias”.

 

Para el que esto lea y no tenga las ideas muy claras, pensará que los místicos se dan como las hortalizas en una huerta, que solo basta con plantarlas, regarlas y se producen con tal abundancia y todas al mismo tiempo, que si uno tiene la desgracia de tener huerta, se pasa el año entero, atiborrándose de pepinos, coles, berenjenas o la hortaliza que toque según la época, y como ni él ni la familia, se las pueden comer todas, terminan regalando a sus amistades de la ciudad, lo que no son capaces de comerse, antes de que se agusanen.

 

            La mística es un producto muy raro y escaso. Es más, una gran mayoría de santos debidamente canonizados, nunca alcanzaron la categoría de místicos. Para mejor comprender que es una cosa y la otra, podemos acudir al Catecismo de la Iglesia católica, pero mucho me temo que este, tampoco nos va sacar totalmente de dudas. Así tenemos que el parágrafo 2.014, con respecto a la mística nos dice que: “El progreso espiritual tiende a la unión cada vez más íntima con Cristo. Esta unión se llama “Mística”, porque participa del misterio de Cristo mediante los sacramentos -”Los santos misterios"- y, en el, del misterio de la Santísima Trinidad. Dios nos llama a todos a esta unión íntima con Él, aunque las gracias especiales o los signos extraordinarios de esta vida mística sean concedidos solamente a algunos para manifestar así el don de la gratuito hecho a todos”. Dicho en otras palabras, hay místicos a los que sí se les nota y a otros que  no se les nota. Porque los hechos extraordinarios, que podemos observar en otras personas, nunca son méritos propios, sino dones, ya que en la vida sobrenatural  todo son dones, lo ordinario y lo extraordinario y puede ser que más de una vez lo ordinario que no vemos, sea más importante que lo extraordinario que ven los ojos de nuestra cara.

 

Y en el parágrafo siguiente en el 2015 con respecto a la ascética se nos dice que: “El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual (cf. 2Tm 4). El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas: El que asciende no cesa nunca de ir de comienzo en comienzo mediante comienzos que no tienen fin. Jamás el que asciende deja de desear lo que ya conoce (S. Gregorio de Nisa, hom. in Cant 8).”.

 

            Bueno, pues dicho todo esto, en términos más vulgares diremos que, la lucha ascética y el misticismo son dos estados del alma humana, y no son exactamente dos categorías o grados, porque la lucha ascética no se abandona jamás por el que llega a tener la categoría de místico. Mientras se está en este mundo, no hay místico que no siga luchando ascéticamente. Ocurre algo parecido a lo que sucede con la oración: La contemplación es un grado oracional muy superior a la simple oración vocal, pero no hay contemplativo que deje de rezar vocal y meditativamente por haber alcanzado ya la contemplación.

 

El Señor, tiene siempre un verdadero empeño en que en el desarrollo de su vida espiritual, nadie sepa donde se encuentra, entre otras varias razones, diciéndolo vulgarmente, para que a nadie se le suba a la cabeza. Y así podemos estar seguros de que ningún santo canonizado, sospechó ni por asomo que después de su muerte iba a subir a los altares y si el demonio le sugirió esta idea para ensoberbecerlo, seguro que él la desechó como un mal pensamiento, sabiendo perfectamente donde estaba el origen de la idea. Y en cuanto a los que en vida han conocido a un santo canonizado, muchas veces han quedado sorprendidos, pues a sus ojos, desde luego que era una buena persona, pero quizás no para tanto. Y es que a la vida espiritual, se la llama también vida interior, es nuestra intimidad con el Señor y si la rompemos perdemos su encanto. En la obra de Pemán, El divino impaciente, Ignacio de Loyola al despedir en Lisboa a Francisco Javier que parte para las Indias orientales, le da unos últimos consejos y le dice: “A grandes hazañas, vas Javier y no hay peligro más cierto, de que ese, de que arrebatado por el afán de suceso, se te derrame por fuera lo que debes de llevar dentro”. Nuestra vida interior es un tesoro que el Señor, en el gran amor que nos tiene, la comparte íntimamente con nosotros. Y si en las intimidades de amores humanos somos reservados y no damos cuenta a nadie de nada traicionando a nuestro amor humano, con cuanta más razón, estamos obligados a no traicionar a nuestro Amado celestial.

 

Todo hombre si desea amar a Dios y salvarse, ha de sostener una lucha ascética. Así el parágrafo 2.516, del Catecismo nos dice que: "En el hombre, porque es un ser compuesto de espíritu y cuerpo, existe cierta tensión, y se desarrolla una lucha de tendencias entre el "espíritu" y la "carne". Pero, en realidad, esta lucha pertenece a la herencia del pecado. Es una consecuencia de él, y, al mismo tiempo, confirma su existencia. Forma parte de la experiencia cotidiana del combate espiritual”. Sobre este parágrafo 2.516, comente Juan Pablo II en la Carta encíclica  Dominun et vivificantem. “Para el apóstol no se trata de discriminar o condenar el cuerpo, que con el alma espiritual constituye la naturaleza del hombre y su subjetividad personal, sino que trata de las obras  - mejor dicho, de las disposiciones estables - , virtudes y vicios, moralmente buenas o malas, que son fruto de sumisión (en el primer caso) o bien de resistencia (en el segundo caso) a la acción salvífica del Espíritu Santo. Por ello el apóstol escribe: si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu" (Ga 5,25).”

 

La lucha ascética del alma humana se desarrolla siempre en el plano natural, sin perjuicio que el luchador asceta, utilice en su lucha las divinas gracias que el Señor siempre le proporciona y sin ellas su lucha sería estéril. Por el contrario la mística pertenece al plano sobrenatural, el hombre no ha de hacer nada sino aceptar el regalo que Dios le otorga. De la lucha ascética es propia la oración y la meditación, del místico le es propia la contemplación. La ascética depende de nosotros mismos, la mística no depende de nosotros, podemos desearla, si es que nos creemos dignos de ella, aunque no creo que haya místico que se crea digno de ella, pero es un don un regalo del Señor y frente a Él nadie nos merecemos nada. Esa frase tan de moda en publicidad: “Vd. se lo merece”, o “nos lo merecemos”, aquí no rige. En la vida espiritual nadie se merece nada. Aquí lo único que nos merecemos es la somanta de palos, que el Señor debería de darnos, si no fuese porque tanto nos quiere. La mística se regala, la ascética se trabaja. No hay mística sin previa ascética, pero si hay ascética sin mística; la ascética es la lucha, la mística es la consecuencia.

 

Lorenzo de Scupoli, fue un fraile teatino, es decir de la orden de San Cayetano, nacido en Nápoles en 1530, cuando aquello era tierra española y escribió un libro titulado “Combate espiritual”. Resumiendo este magnífico libro sobre la lucha ascética, diremos que Scupolie nos menciona cuatro clases de armas necesarias para vencer a nuestro enemigo:

-        La primera una absoluta desconfianza en nuestras propias fuerzas, pues nuestra soberbia siempre está al acecho y nos lleva a pensar lo que el maligno quiere que pensemos, el que solos podemos vencer.

-        La confianza en Dios, que siempre será mayor en nosotros, cuanto más hayamos progresado en nuestra entrega a su amor, porque seremos más conscientes de la nada que somos, en relación a su grandeza y de la realidad de lo que nos dejó dicho: "Yo soy la vid. Vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada”. (Jn 15,5).

-        El ejercicio, sobre todo el de nuestra voluntad rechazando la ejecución de actos negativos y potenciando los positivos para así erradicar hábitos negativos, o sea vicios, y adquirir hábitos positivos, o sea virtudes.

Para Scupoli el ejercicio ha de ser:

      - Contra los defectos de la inteligencia.

      - Contra los defectos de la voluntad.

      - Contra las pasiones.

      - Contra los defectos de los sentidos.

      - Contra los engaños del demonio

      - Para alcanzar la virtud.

Y sobre todo la oración. El principio básico es el que ora ama y se salva, el que no ora no puede amar y no puede salvarse.

 

Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.

 

Otras glosas o libros del autor relacionados con este tema.

-        Libro. RELACIONARSE CON DIOS. Isbn. 978-84-612-2058-8.

-        Los mimbres del cesto. Glosa del 22-08-09

-        Vencer al mundo. Glosa del 14-06-10

-        Lo que no es posible. Glosa del 19-11-10

-        Cortar la cuerda. Glosa del 07-05-10

-        Echar raíces. Glosa del 08-06-10

-        Confiar… ¿en quién? Glosa del 17-12-10

 

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RAFAEL
20/08/2011
LA SANGRE.
NI MÍSTICA SIN ASCETICA, NI ASCETICA SIN MÍSTICA
SI HAY AMOR A CRISTO TODO VIENE COMO LA SANGRE ANDA POR LAS ARTERIAS; DE FORMA NATUAL Y EXPONTÁNEA
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Juan del Carmelo
Juan del Carmelo no es quien dice ser. O mejor dicho, es quien es, pero prefiere presentarse en su alter ego Juan del Carmelo que no es más que un seglar que, a finales de los años 80, experimentó la llamada de Dios y se vinculó al Carmelo Teresiano. Ha publicado libros de espiritualidad como «Mosaico espiritual», «Santidad en el Pontificado», o «En las manos de Dios» Como lo cortés no quita lo valiente es, además, un empresario de éxito. Y nos acompaña, con sencillez y hondura, desde «El blog de Juan del Carmelo».

Juan del Carmelo, es autor, editor y responsable del Blog El Blog de Juan del Carmelo, alojado en el espacio web de www.religionenlibertad.com
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