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El uso del preservativo

El sexo seguro no existe. Aconsejar a las personas, especialmente si lo hacen con alguien de alto riesgo, que es seguro tener relaciones genitales usando condones es falso y da un sentido erróneo de seguridad en algo que puede ocasionar una enfermedad muy grave


Actualizado 5 julio 2011  
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Hay gente que piensa que el preservativo elimina los riesgos de la relación sexual, cuando la verdad es que si se tienen relaciones sexuales, el uso del preservativo disminuye algo el peligro de contagio de enfermedades de transmisión sexual, pero no lo elimina ni mucho menos del todo, tanto más cuanto que su empleo exige habilidad, planificación y motivación, cualidades no muy frecuentes especialmente entre los adolescentes, que son más bien inmaduros y buscan la satisfacción inmediata, hasta el punto que muchos no lo utilizan en sus relaciones sexuales esporádicas, pero incluso usándolos los riesgos y la tasa de fracasos son elevados (5-15% al año).

Por ello los americanos suelen emplear la expresión “safer sex” (“sexo más seguro”, que no es lo mismo que sexo sin peligro). Si hay algo que nunca ha sido “safe” en la historia de los seres humanos, por cómo nos afecta y sus consecuencias de todo tipo, ese algo es la sexualidad. El sexo seguro no existe. Aconsejar a las personas, especialmente si lo hacen con alguien de alto riesgo, que es seguro tener relaciones genitales usando condones es falso y da un sentido erróneo de seguridad en algo que puede ocasionar una enfermedad muy grave e incluso la muerte a quien lo hace.

El preservativo no logra ni mucho menos la protección absoluta, aunque sí disminuye el riesgo de contagio, si los profilácticos son revisados y aprobados por las autoridades sanitarias competentes, pues sólo los preservativos que han superado el control de calidad no dejan pasar el virus del Sida; es preciso también que no haya caducado la fecha de su vencimiento; que el calor y la humedad no hayan alterado su calidad; y que la persona que lo use y su pareja sepan como ponerlo y retirarlo.  Todo esto son condiciones necesarias, pero no suficientes, para su eficacia. Es decir, “el llamado “sexo seguro”, propagado por la “civilización técnica”, es en realidad, bajo el aspecto de las exigencias globales de la persona, radicalmente no-seguro, e incluso gravemente peligroso” (Carta de Juan Pablo II a las familias Gratissimum Sane nº 13). Los otros métodos anticonceptivos, como la píldora, no protegen ni del sida ni de otras enfermedades de transmisión sexual.


Ante todo, pidamos a nuestros jóvenes castidad y fidelidad, siendo ésta la mejor prevención, y hagámoslo porque creemos que, especialmente en la vida sexual, la libertad y la responsabilidad no sólo son posibles, sino que son la base de la dignidad humana. Más que hablar a nuestros jóvenes del sexo libre o seguro, es preferible educar a nuestros jóvenes a que sepan ser responsables en estas cuestiones, lo mismo que les pedimos responsabilidad en lo referente a las bebidas, las drogas o el tráfico. No es suficiente informar al adolescente y al joven, hay que acompañarle y ayudarle, para que efectivamente pueda ser una persona libre, que es la que es capaz de mandar en sí misma. La verdadera solución no está en la precaución del preservativo o de la jeringa, sino en el abandono de la drogodependencia y en una auténtica educación sexual que fortalezca la voluntad y haga posible una conducta adecuada.

La mera fijación en el preservativo significa una banalización de la sexualidad, y tal trivialización es precisamente el origen peligroso de que tantas personas no encuentran ya en la sexualidad la expresión del amor, sino sólo una suerte de droga que se administran a sí mismas. Por eso la lucha contra la banalización de la sexualidad forma parte de la lucha para que la sexualidad sea valorada positivamente y pueda desplegar su acción positiva en la totalidad de la condición humana. La educación cristiana, con la ayuda de Dios, proporciona un dominio personal sobre la fuerza de los instintos que hace que la vida sexual quede integrada dentro de la vida personal y espiritual, haciendo de ella expresión y cauce del verdadero amor personal. No se trata tan solo de evitar la infección, sino de tener un estilo de vida que promueva y defienda el bien de la persona, y en la que los valores morales y religiosos tienen mucho que decir.
 
Ahora bien, dado que hay indudablemente personas que pese a la inmoralidad del acto son incapaces de fidelidad y continencia, para ellos sí parece conveniente, aunque su conducta sigue siendo inmoral, que disminuyan en lo posible riesgos, que recordemos siguen existiendo, tanto de contagio de enfermedad, como de posible embarazo con el uso de anticonceptivos. Lo que se trata de evitar es que la mala acción sea todavía peor. No olvidemos que muchas jóvenes que quedan embarazadas poseen información suficiente sobre las diversas modalidades de anticonceptivos, simplemente prescinden de usarlos. A quienes así actúan hay que recordarles que si no son castos, por lo menos que no sean tontos, siendo para estos casos la fórmula “abstinencia, fidelidad (be faithful en inglés) y condón (lo que se suele llamar fórmula ABC)”,  el consejo de los especialistas y de la Organización Mundial de la Salud. De estas tres, la abstinencia es la única absolutamente segura, la fidelidad monogámica debiera serlo también, pero puede haber sorpresas con el comportamiento de la otra parte y el condón disminuye el riesgo, pero no garantiza nada.

La postura de la Iglesia es muy clara. “La abstención de relaciones sexuales indebidas y la fidelidad mutua entre los cónyuges, constituyen la única doctrina segura generalizable frente al peligro del Sida”. “La Iglesia colabora eficaz y racionalmente en la prevención del Sida promoviendo la educación de las personas para el amor conyugal fiel y abierto a la vida, tratando de evitar de este modo las relaciones indebidas y promiscuas, que dan lugar a las llamadas situaciones de riesgo sanitario. De acuerdo con estos principios no es posible aconsejar el uso del preservativo, por ser contrario a la moral de la persona. Lo único verdaderamente aconsejable es el ejercicio responsable de la sexualidad, acorde con la norma moral”.

Me parece que una campaña institucional sobre el Sida ha de tener en cuenta estos aspectos, sin olvidar que también existen las otras enfermedades de transmisión sexual,  luchando contra el sexo prematuro y la inestabilidad sexual, causas muy  ciertas de estas enfermedades.
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Pacato
06/07/2011
Obesexión.
Padre Trevijano:
Repite usted más que las sardinas en aceite de colza: deje de mirar por el ojo de la cerradura de las alcobas, que no es cosa de célibes
prestar tanta atención a lo que allí pasa.
Pedro Trevijano
05/07/2011
La sexualidad es amor y comunicación.
Para desarrollarnos como personas, es necesario amar. Si nos fijamos bien el amor es lo único que puede dar sentido a nuestra vida todos los días y a todas horas. Los evangelios nos expresan esto al decirnos que los mandamientos principales y fundamentales son amar a Dios, al prójimo y a sí mismo (Mt 22,34-40; Mc 12,28-34; Lc 10, 25-28).
La sexualidad hay que situarla como dimensión de la persona; no es que la persona tenga una sexualidad, sino es que somos seres sexuados. Y como todo en la persona está al servicio del amor, también la sexualidad deberá estarlo. Igualmente como las fuerzas sexuales nos empujan a relacionarnos con los demás, la sexualidad está también al servicio de la comunicación, y por ello el tabú o la prohibición del incesto no es simplemente la prohibición de casarse con la madre, hermana o hija, sino que al obligar a salirse de la familia para buscar pareja nos indica que la sexualidad es comunicación, don y entrega. La sexualidad es amor, comunicación, don y entrega. Saludos Pedro Trevijano
Manuel de María
05/07/2011
Vade retro!.
Falso verdadero: llamas amor, como tu jefe, a cualquier cosa.
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