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El futuro de la Iglesia, profetizado por san Juan Bosco. El sueño de las dos columnas

César Uribarri

31 enero 2011


Don Bosco ha sido un santo excepcional, hasta en sus carismas. Su fama de milagrero era cosa pública, pero sus sueños le han dado fama perpetua. El más famoso, y no en vano, es el de las dos columnas. En él discurre el futuro de la Iglesia y del mundo de un modo plástico pero sorprendentemente acertado. Ahora dejo la sola lectura del famoso sueño –tomado del tomo 7 de sus Memorias Biográficas, páginas 169 y siguientes-. Será comentado en el próximo post para no extender más aún éste.


1. El sueño contado por don Bosco.
 

DON Bosco había prometido a los muchachos el 26 de mayo contarles algo bonito el último o el penúltimo día del mes. Y el 30 de mayo por la noche les refirió una parábola como él quiso llamarla.

 

«Os quiero contar un sueño. Es cierto que el que sueña no razona; con todo yo que os contaría a vosotros hasta mis pecados si no temiese que salieseis huyendo asustados, o que se cayese la casa, os lo voy a contar para vuestro bien espiritual. Este sueño lo tuve hace algunos días.

 

Figuraos que estáis conmigo a la orilla del mar, o mejor, sobre un escollo aislado, desde el cual no divisáis más tierra que la que tenéis debajo de los pies. En toda aquella superficie líquida se ve una multitud incontable de naves dispuestas en orden de batalla, cuyas proas terminan en un afilado espolón de hierro a modo de lanza que hiere y traspasa todo aquello contra lo cual llega a chocar. Dichas naves están armadas de cañones, cargadas de fusiles y de armas de diferentes clases; de material incendiario y también de libros, y se dirigen contra otra embarcación mucho más grande y más alta, intentando clavarle el espolón, incendiarla o al menos hacerle el mayor daño posible.

 

   A esta majestuosa nave, provista de todo, hacen escolta numerosas navecillas que de ella reciben las órdenes, realizando las oportunas maniobras para defenderse de la flota enemiga. El viento le es adverso y la agitación del mar favorece a los enemigos.

 

   En medio de la inmensidad del mar se levantan, sobre las olas, dos robustas columnas, muy altas, poco distantes la una de la otra. Sobre una de ellas campea la estatua de la Virgen Inmaculada, a cuyos pies se ve un amplio cartel con esta inscripción: Auxilium Christianorum. (Auxilio de los cristianos).

 

   Sobre la otra columna, que es mucho más alta y más gruesa, hay una Hostia de tamaño proporcionado al pedestal y debajo de ella otro cartel con estas palabras: Salus credentium. (Salvación de los que creen).

 

El comandante supremo de la nave mayor, que es el Romano Pontífice, al apreciar el furor de los enemigos y la situación apurada en que se encuentran sus leales, piensa en convocar a su alrededor a los pilotos de las naves subalternas para celebrar consejo y decidir la conducta a seguir. Todos los pilotos suben a la nave capitana y se congregan alrededor del Papa. Celebran consejo; pero al comprobar que el viento arrecia cada vez más y que la tempestad es cada vez más violenta, son enviados a tomar nuevamente el mando de sus naves respectivas.

 

   Restablecida por un momento la calma, el Papa reúne por segunda vez a los pilotos, mientras la nave capitana continúa su curso; pero la borrasca se torna nuevamente espantosa.

 

   El Pontífice empuña el timón y todos sus esfuerzos van encaminados a dirigir la nave hacia el espacio existente entre aquellas dos columnas, de cuya parte superior penden numerosas áncoras y gruesas argollas unidas a robustas cadenas.

 

   Las naves enemigas dispónense todas a asaltarla, haciendo lo posible por detener su marcha y por hundirla. Unas con los escritos, otras con los libros, con materiales incendiarios de los que cuentan gran abundancia, materiales que intentan arrojar a bordo; otras con los cañones, con los fusiles, con los espolones: el combate se torna cada vez más encarnizado. Las proas enemigas chocan contra ella violentamente, pero sus esfuerzos y su ímpetu resultan inútiles. En vano reanudan el ataque y gastan energías y municiones: la gigantesca nave prosigue segura y serena su camino.

 

   A veces sucede que, por efecto de las acometidas de que se le hace objeto, muestra en sus flancos una larga y profunda hendidura; pero, apenas producido el daño, sopla un viento suave de las dos columnas y las vías de agua se cierran y las brechas desaparecen.

 

   Disparan entre tanto los cañones de los asaltantes, y, al hacerlo, revientan, se rompen los fusiles, lo mismo que las demás armas y espolones. Muchas naves se abren y se hunden en el mar. Entonces, los enemigos, llenos de furor, comienzan a luchar empleando el arma corta, las manos, los puños, las injurias, las blasfemias, maldiciones, y así continúa el combate.

 

   Cuando he aquí que el Papa cae herido gravemente. Inmediatamente los que le acompañan acuden a ayudarle y le sujetan. El Pontífice es herido por segunda vez, cae nuevamente y muere. Un grito de victoria y de alegría resuena entre los enemigos; sobre las cubiertas de sus naves reina un júbilo indecible. Pero apenas muerto el Pontífice, otro ocupa el puesto vacante. Los pilotos reunidos lo han elegido inmediatamente de suerte que la ((171)) noticia de la muerte del Papa llega con la de la elección de su sucesor. Los enemigos comienzan a desanimarse.

 

   El nuevo Pontífice, venciendo y superando todos los obstáculos, guía la nave hacia las dos columnas, y, al llegar al espacio comprendido entre ambas, las amarra con una cadena que pende de la proa a una áncora de la columna de la Hostia; y con otra cadena que pende de la popa la sujeta de la parte opuesta a otra áncora colgada de la columna que sirve de pedestal a la Virgen Inmaculada.

 

   Entonces se produce una gran confusión. Todas las naves que hasta aquel momento habían luchado contra la embarcación capitaneada por el Papa, se dan a la fuga, se dispersan, chocan entre sí y se destruyen mutuamente. Unas al hundirse procuran hundir a las demás. Otras navecillas, que han combatido valerosamente a las órdenes del Papa, son las primeras en llegar a las columnas donde quedan amarradas.

 

   Otras naves, que por miedo al combate se habían retirado y se encuentran muy distantes, continúan observando prudentemente los acontecimientos, hasta que, al desaparecer en los abismos del mar los restos de las naves destruidas, bogan aceleradamente hacia las dos columnas, y allí permanecen tranquilas y serenas, en compañía de la nave capitana ocupada por el Papa. En el mar reina una calma absoluta.

 

   Al llegar a este punto del relato, don Bosco preguntó a don Miguel Rúa:

 

   -Qué piensas de esta narración?

 

   Don Miguel Rúa contestó:

 

   -Me parece que la nave del Papa es la Iglesia de la que es cabeza: las otras naves representan a los hombres y el mar al mundo. Los que defienden a la embarcación del Pontífice son los leales a la Santa Sede; los otros, sus enemigos, que con toda suerte de armas intentan aniquilarla. Las dos columnas salvadoras me parece que son la devoción a María Santísima y al Santísimo Sacramento de la Eucaristía.

 

   Don Miguel Rúa no hizo referencia al Papa caído y muerto y don Bosco nada dijo tampoco sobre este particular. Solamente añadió:

 

   -Has dicho bien. Solamente habría que corregir una expresión. Las naves de los enemigos son las persecuciones. Se preparan días difíciles para la Iglesia. Lo que hasta ahora ha sucedido es casi nada en comparación de lo que tiene que suceder. Los enemigos de la Iglesia están representados por las naves que intentan hundir la nave principal y aniquilarla si pudiesen. íSólo quedan dos medios para salvarse en medio de tanto desconcierto! Devoción a María. Frecuencia de sacramentos: comunión frecuente, empleando todos los recursos para practicarlos nosotros y para hacerlos practicar a los demás siempre y, en todo momento. ¡Buenas noches!».

  

2. Conjeturas de sus hijos.

 

   Las conjeturas que hicieron los jóvenes sobre este sueño fueron muchísimas, especialmente, en lo referente al Papa; pero Don Bosco no añadió ninguna otra explicación.

 

  Entre tanto los clérigos Boggero, Ruffino, Merlone y el señor César Chiala escribieron este sueño y conservamos sus manuscritos. Dos de ellos fueron escritos al día siguiente de la narración de don Bosco y los otros dos, más tarde; pero están perfectamente de acuerdo y solamente varían en algún detalle que uno omite y otro señala.

 

   Aún así, hay que observar cómo en este caso y en otros semejantes, si bien lo expuesto por don Bosco fuese redactado enseguida con la mayor fidelidad posible, no obstante, podía escaparse alguna imperfección.

 

   Un discurso de media hora de duración, y a veces de una hora, naturalmente debía quedar resumido en pocas páginas, y anotando las ideas principales y precisas. Alguna frase no había sido bien percibida por el oído, otra no se recordaba; la cabeza se cansaba, el orden de los hechos se confundía y, por consiguiente, más bien que hacer al azar una amplificación, se omitía aquello de lo que no se estaba cierto.

 

   De ahí procedían algunas oscuridades en los temas, poco claros por su naturaleza en muchos puntos, particularmente cuando se referían a cosas futuras: de ahí las discusiones y explicaciones diversas y contradictorias. Y esto ocurrió también respecto al sueño o parábola por nosotros referida. Dijo alguno que los papas que se sucedieron en el gobierno de la nave fueron tres y no dos. De este parecer es el canónigo Juan María Bourlot, que fue párroco de Cambiano, el cual, siendo estudiante de filosofía en 1862, se hallaba presente cuando don Bosco contó el mencionado sueño. Vino éste al Oratorio el año 1886 y, hablando con don Bosco durante la comida sobre las impresiones de la juventud, después de afirmar que estaba seguro de la fidelidad de su memoria, empezó a describir el sueño de las dos columnas en medio del mar y afirmó que los papas caídos fueron dos. Que a la caída del primero, gritaron los pilotos: ´´-¡Démonos prisa! íHay que reemplazarlo pronto!´´ Y que a la caída del segundo, acudieron los pilotos, mas sin pronunciar esta frase.

 

Quien redacta estas memorias estaba distraído en aquel instante conversando con su vecino de mesa y don Bosco le dijo:
 

3. Una importante interpretación de don Bosco.

  
-Escucha y atiende a lo que dice Bourlot.

 

   Aquél contestó que conocía bastante bien el hecho por los documentos que poseía, y que, según él, los papas de la nave eran solamente dos. Don Bosco le replicó:

 

   -Te digo que no sabes nada.

 

   En 1907 volvió el canónigo Bourlot por el Oratorio y repitió con exactitud, señal de su buena memoria, después de cuarenta y ocho años, la narración del sueño y sostuvo que el número de los papas eran tres, recordando nuestra respuesta a sus afirmaciones y las palabras que don Bosco nos dijo.

 

   Con todo esto, cuál de las dos versiones es la legítima, la de la Crónica o la del canónigo Bourlot? Tal vez los acontecimientos den la solución de la duda. Debemos concluir diciendo que César Chiala con los otros, y son sus precisas palabras, lo entendió como una auténtica visión y profecía, aun cuando don Bosco no pareció tener más objeto al contarla, que inducir a los jóvenes a rezar por la Iglesia y por el Sumo Pontífice y atraerles a la devoción del Santísimo Sacramento y de María Inmaculada."



x      cesaruribarri@gmail.com

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Comentarios

cesar uribarri
06/02/2011
a Sergei.
En eso estamos de acuerdo desde un principio. De hecho como anécdota actual recuerdo el sufrimiento de don Gobbi y cuantos le seguían con aquello del año 2000. La fecha exacta es peligrosa, pero no los tiempos.
Sergei
05/02/2011
César....
César: Hay que tener cuidado con conceder pleno crédito a las interpretaciones, profecías o avisos, incluso de los santos.

El Venerable Holzhauser merece el mayor respeto, y la correspondencia que establece entre las 7 iglesias y las 7 edades, estando según él hoy en la 6 edad que terminará con el Gran Monarca y el Gran Papa, aparece a primera vista como plausible, pero hay que tener cuidado, porque todo un San Vicente Ferrer, por ejemplo, predicaba con gran arrebato en el siglo XIV un ´´fin del mundo inminente´´ y mira dónde estamos. No significa del todo que se equivocase, porque, efectivamente, la tensión esjatológica hace que los cristianos tengamos que percibir el fin del mundo como inminente.

A lo que voy es a que hay que tomar con extremo cuidado, en mi opinión personal, aquellas interpretaciones o profecías que dan fechas, como en el caso del Venerable Holzhauser.
cesar uribarri
03/02/2011
a Sergei.
1. Sí, ese fue el objeto, pero porque sabía que venían tiempos muy duros para la Iglesia y por eso les urgía a sus hijos a la oración y a la devoción.

2. ¿el número es indiferente? Bueno, no, es un atractivo que dispara la curiosidad y, por tanto, la escucha. A don Bosco tampoco se lo parecía, que bien ´´abroncó´´ (a su dulce estilo) al bueno de Bourlot cuando dijo que 2. Y años depués el mism Bourlot habló de los 3 papas de don Bosco. Algo tendrá el número, desde luego. Para mi no es despreciable.

3. tiempos o estados. Pues quizá ambas cosas, y más, estados personales del alma. Desde luego. Pero muchos santos (entiéndase, beatos, venerables, con fama de santidad... o sin ella, simples profetas) han hablado de las etapas de la Iglesia. A vuela pluma: santa Hildegarda, San Vicente Ferrer, di Fiore, Venerable Mariana de Agreda, Venerable Holzshauser.... Y grandes comentadores del Apocalipsis también lo han visto claro: el P. Arteaga era uno de ellos.
Lo curioso, a mi entender, es que don Bosco encaja perfectamente con Sardes como etapa histórica de la Iglesia. Aunque no lo comparta, lea los primeros capítulos del apocalípsis así y verá qué sugerente. Al menos se habrá dado un gusto estético.
Sergei
03/02/2011
....
Don Bosco no tuvo más objeto al contar su sueño, como dice el texto, que inducir a los jóvenes a rezar por la Iglesia y por el Sumo Pontífice y atraerles a la devoción del Santísimo Sacramento y de María Inmaculada.

Que fuesen dos o tres Papas es indiferente, por cuanto no sabemos cuál fue o será el primero de estos papas (¿Juan Pablo II, Benedicto XVI?)

¿Hay que tomar en sentido literal el número de los Papas del sueño?

El resto de elucubraciones sobre si estamos en la Iglesia de Sardes, Filadelfia o Laodicea, aparte de que no hay total seguridad de que puedan ser períodos históricos, pues pueden ser simplemente estados espirituales de la Iglesia que no tienen por qué corresponderse con una sucesión cronológica, no se ajustan a lo manifestado en este sueño de Don Bosco.

cesar uribarri
02/02/2011
a José Manuel Campos Gallardo.
1 sobre el sueño: entraré a comentarlo en el post posterior. A éste me remito.

2 sobre san Malaquias: dado que no es el tema, propiamente, del sueño -aunque entiendo que también se tratará incidentalmente en el post posterior- algo puedo adelantar:

a) de la profecía de san Malaquias soy un entusiasta. Estudió mucho y profundamente sobre ello el sacerdote jesuita P. Igartua (sus dos libros al respecto fueron reeditados hace un años, poco más). Los recomiendo.

b) Lo de Bertone, en fin, mejor un tupido velo. Petrus Romanus no deja de ser alegoría de algo que desconocemos, no nombre exacto del Papa profetizado. ¿Un Papa al estilo evangélico -pobreza, misión, fuerza carismática-? No lo sabemos. Todo son conjeturas. Pero -hay un pero- el P. Igartua intentó abolir la falsa impresión de que tras el lema Gloria Olivae, vendría Petrus Romanus. No, hay un intermedio, In persectuine extrama. Nombre alegórico que, de nuevo, indica años duros para la Iglesia. Más aún, muy duros.

c) san Malaquias merece muchos post. Más de uno tengo intención de dedicarle.

Tema apasionante.
José Manuel Campos Gallardo
02/02/2011
¿Tenemos derecho a creer y esperar el Reino en este mundo del Mesías, como los antiguos judíos?.
Da qué pensar cuáles podrían ser los últimos dos o tres Papas. Si como algunos pensamos que estamos al final de la etapa de la Iglesia de Sardes y a punto de entrar en la penúltima de Filadelfia y después la última de Laodicea, mientras exista sucesor de Pedro hay Iglesia, por lo que queda mucho tiempo hasta que se acaben los Papas. A no ser... que hubiera una Iglesia nueva en el mundo guiada tras el Día de Yahvé, cuando se hiciera su voluntad en la tierra como en el cielo, hasta el final, el Día del Señor. Don César, ¿conoce usted las profecías de San Malaquías de Irlanda? Según algunas interpretaciones, el actual sería el penúltimo Papa, antes de un Petrus Romanus, posiblemente Tarcisio PIETRO Evasio Bertone, de ROMANO Canavese, Turín. ¿Qué opina? Gracias, don César, por responder siempre.
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César Uribarri
Nació en Madrid mi cuerpo, porque mi alma debió venir de Ávila, o cuanto menos allí tengo mi corazón, en esas calles empedradas de caballeros y de santos, en la siempre mística y guerrera. Y como la Santa gusto decir, mirando atrás en mi vida, “misericordias Domini, in aeternum cantabo”, porque misericordia sobre misericordia el Señor me ha bendecido en mi mujer y en mis hijos quizá justo por mis desmerecimientos. Pero estas son las cosas del de Arriba, de las que no me quejaré ni levantaré proceso. Y para que no se dijera que uno decide (que en cuanto he decidido todo me ha salido rana, y en cuanto me ha venido dado -principalmente mis amores, que no he elegido sino sólo secundado- puedo ver la misericordia del Señor) fui embarcado sin pretenderlo (¿o sí?) en el estudio de los signos de los tiempos y los hechos extraordinarios con los que gusta jugar quien no encuentra otro modo de llamarnos hacia Sí. De aquello surgieron varios libros (y los que surgirán si Dios da fuerza, inteligencia y paciencia) y el claro convencimiento de que todo es paja, humo, nada -aunque bien se nos pega en el cuerpo- y que estas glorias del hombre están hoy edificadas sobre un barro pronto a caer. No es nada nuevo, que ya lo lloró nuestro Señor al entrar por última vez a Jerusalén “y te abatirán al suelo a ti y a los hijos que tienes dentro, y no dejarán en ti piedra sobre piedra por no haber conocido el tiempo de tu visitación”.

César Uribarri, es autor, editor y responsable del Blog No quedará piedra sobre piedra, alojado en el espacio web de www.religionenlibertad.com
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